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lunes, 12 de mayo de 2014

EN BOCA CERRADA NO ENTRAN MOSCAS. Reflexiones acerca de la vida cotidiana jesuítica a partir de una fuente oral


Por: Juan Camilo Biermann. 
22 de mayo de 2003


INTRODUCCIÓN

Cuando se plantea un trabajo sustentado en una fuente oral, además de procurar los medios y la bibliografía pertinente sobre el tema, se debe tener en cuenta las implicaciones que este tipo de investigaciones guarda dentro de sí. La cuestión de que las fuentes hablen –ya no metafóricamente-, tengan una voz, un sonido, un tono y un timbre, una entonación y un énfasis particular, brinda al investigador nuevos elementos de análisis e información que –sin querer comparar- ofrecen nuevas dimensiones y nuevas subjetividades que pueden ampliar el horizonte del estudio y profundizar, más allá de los meros hechos, en la vida humana experimentada y vivida, en la memoria misma que se funde y se confunde en su propio marasmo y que da al texto un aliento de viento a partir del cual la labor del historiador puede sentirse más humana, más tangible, más sensible.

El trabajo que aquí se presenta tiene como objetivo ingresar a la vida jesuítica durante un día; caminar unos minutos por sus pasillos, sentir su disciplina y buscar aquellas sensaciones, vivencias y creencias que sirvieron de urdimbre dentro de esa particularísima mentalidad religiosa que tuvo (y tiene aún) mucho que ver con el desenvolvimiento y desarrollo de diversas políticas en muchísimos países, incluido entre éstos Colombia.  De esta manera, logré contactar a un jesuita retirado quien, muy amablemente, se prestó para una serie de preguntas sobre un tema que quizá parezca nimio, pero en el que yo veo una fuente potencial para posteriores análisis y comprensiones. Fue éste la rutina “conventual” durante la etapa de preparación (noviciado), a través de la cual traté de urdir un poco esa cotidianidad disciplinada y silenciosa de la que tan poco se sabe y se habla.
El trabajo está organizado de la siguiente manera. Arranco de una reflexión metodológica, en la que expondré las dificultades con que tropecé y algunas de las facilidades que el método utilizado (entrevista grabada) me brindó. A continuación, presento la trascripción de la entrevista; finalizo el trabajo con un sucinto análisis de lo dicho por el entrevistado y trato de insinuar posibles profundizaciones sobre este apasionante tema.

                                                                                                                     



Metodología

Los pasos que me planteé para este estudio fueron los siguientes: (1) Elección del tema; (2) Entrevistar a una persona que pudiera hablarme de ello desde su propia vivencia; (3) Analizar sucintamente lo dicho en la entrevista, sopesando las ventajas y desventajas que implica el trabajo con fuentes orales. Esos fueron, básicamente, los puntos que guiaron mi trabajo investigativo. A continuación hablaré un poco de ellos, adelantándome un poco a la cuestión referente a las dificultades y bondades de la metodología planteada.

Para elegir el tema tuve que tener presente su accesibilidad; es decir, que existiera una posibilidad real (y realizable) de entrevista a alguien que pudiera contarme sobre ello. De esta manera, el punto (1) y el (2) están íntimamente ligados. La persona que se prestó para la entrevista (Pedro Carlos Ortiz) logré contactarla a través de mi padre, quien lo conocía de años atrás; no obstante, la confianza que ellos se tienen no pudo generarse entre nosotros en cuestión del par de días que tuve la posibilidad de hablar con él. Esto se vio reflejado en una serie de advertencias y restricciones que me hizo antes de comenzar la entrevista; entre ellas, que no pensaba contestar nada sobre su vida presente, que de él no diría más allá de su nombre y otro par de datos –con los que precisamente comienza la entrevista que presentaré a continuación-; así pues, desde el comienzo, el campo de interrogaciones se vio limitado.
La entrevista que pensé contaba con dos partes: la inicial, en la que trataba de averiguar un poco sobre el entrevistado y sobre el proceso general que debía atravesar un novicio hasta el sacerdocio y, la segunda, una aproximación mucho más específica a la cuestión de la rutina diaria. Así pues, traté primero de hacer un trabajo extensivo, que abarcara un buen periodo cronológico, para después tender más hacia lo puntual profundo, mezclando de esta forma –aunque no totalmente- lo diacrónico con lo sincrónico.


ENTREVISTA

E= Entrevistador
P= Pedro Carlos Ortiz (entrevistado)

E: ¿Cómo es su nombre?
P: Pedro Carlos Ortiz
E: ¿En dónde nació y en qué fecha?
P: Bogotá, 2 de agosto de 1939
E: ¿Dónde llevó a cabo su educación primaria y secundaria?
P: En Bogotá, en el Colegio San Bartolomé; pero no terminé bachillerato allá
E: ¿Entonces dónde?
P: Allá donde los jesuitas
E: ¿Qué hacían sus padres?
P: El padre era arquitecto y la madre ama de casa
E: ¿Cuándo entra usted al seminario?
P: Eso no se llamaba seminario… se llamaba noviciado de los jesuitas, es decir, de la Compañía de Jesús en Colombia; y se llamaba la Provincia de Colombia. Fue exactamente… bueno, no me acuerdo exactamente de las fechas pero… fue fines de enero, hacia el 29 de enero de… hasta donde yo me acuerdo 1955.
E: ¿Cuánta gente entró con usted en esa ocasión?
P: Había muchas fechas de ingreso, ésta fue la de… es que habría que explicar un poquito… es que hubo algo previo que llamaban postulantado, que eran doce días antes de entrar uno propiamente en el noviciado. Eso fue fines de enero de ese año
E: ¿Cuánta gente entraba más o menos por año?
P: Bueno había… en esa época no sé… sería un grupo de seis tal vez… había otras fechas de ingreso muy importantes en diciembre, que eran fiestas de santos o de santas, y yo creo que el ocho de diciembre, fiesta de la Virgen María, entraba mucha gente… sí, había una pocas fechas, que eran clásicas. El 2 de febrero era una fecha oficial de entrada al noviciado
E: ¿Más o menos cuántos novicios?
P: Bueno, en esa época era un florecimiento increíble. Yo creo que en ese año habían entrado, hablando en números redondos, unos cincuenta. Ese y el año anterior, fueron años récord de las estadísticas de muchos años… Tanto que, al poco tiempo, tuvieron que abrir otro noviciado -además del de Santa Rosa de Viterbo- cerca a Río Negro, en La Ceja, y algunos de mis compañeros alcanzaron a ser los fundadores de ese otro noviciado, lo cual también coincidió con la división de la Provincia de la Compañía de Jesús de Colombia. Por eso años hicieron la división, porque habían crecido tanto que cada provincia tenía su noviciado…
E: ¿Y quién coordinaba cada noviciado?
P: Si quiere entro a explicar todo eso… porque había toda una jerarquía, era una organización increíble…la Provincia… el que era la cabeza de la Provincia se llamaba el padre provincial, y muchísimos de los términos que voy a usar eran en latín; la lengua oficial era el latín… después del noviciado, venía un periodo que llamaba el juniorado –de juniores, los jóvenes- y se estudiaba muchos años latín clásico y llegábamos a hablar el latín claramente, un latín muy elegante, y leíamos cantidad de autores en latín, y escribíamos y hablamos entre nosotros en latín.  Entonces, después había un viceprovincial… yo no me acuerdo bien de toda esa jerarquía… venía después un padre que se llamaba el socio, que era como el secretario privado del provincial. Había sedes también… la casa de la Provincia colombiana oriental, que estaba en Bogotá; y la de la occidental, estaba en Medellín. Cada casa, cada sede, tenía una jerarquía; había el superior o el director. Y el colegio también tenía eso, que ya no era el director sino el rector, el vicerrector, jefe de disciplina, jefe académico y había los sacerdotes, los padres, los estudiantes y un grupo más o menos grande, que eran los hermanos legos o coadjutores, que eran los ayudantes que se encargaban de los oficios domésticos y otra clase de oficios. Pero también había un padre ecónomo, encargado de llevar las cuentas de la casa o la sede, y que era el que manejaba la plata, que era bastante…  a pesar de que ellos se decían que eran pobres.
E: ¿Solían ser colombianos los miembros de la plana mayor de la Provincia?
P: Sí, la mayoría, eran colombianos, sobre todo las directivas… Sí había algunos extranjeros; yo recuerdo algunos vascos, que habían venido al país en la época de Franco o desde antes tal vez… y había algunos pocos de Ecuador y padres como visitantes. Ya dentro de los estudiantes, a partir del juniorado, había muchos estudiantes extranjeros que venían de la viceprovincia de Venezuela…
E: Regresemos un poco a lo del noviciado, ¿dónde hizo usted el noviciado?
P: En Santa Rosa de Viterbo… voy a explicar un poco cómo fue ese período… había unos días de prueba, en los que llegaba uno, que era el postulantado… uno venía humildemente a solicitar el ingreso a la comunidad jesuítica. Entonces, uno estaba recluido y no podía hablar con nadie, tenía una habitación propia; había, entre los novicios, uno muy especial, que se distinguía por sus cualidades, que era el encargado de los postulantes. Todavía se hablaba en español, y lo iba introduciendo a uno en las reglas de la comunidad… Después de esos días era lo que se llamaba el ingreso al noviciado, un noviciado que duraba dos años, y que era un proceso de prueba. Eso se lo decían a uno continuamente.  Ahí recibía uno lo que llamaban antiguamente el hábito, la sotana.  Dos años de prueba bajo una disciplina terrible; la disciplina militar se quedaba en rines, no tenía punto de comparación.
E: ¿Cómo era eso?
P: Había un primer año, en el que había un horario especial, y se estudiaba mucho. También una cantidad de reglas, de disciplina… El segundo año era cuando uno ya era un poco más antiguo; y en ese segundo año existían las llamadas pruebas…
E: ¿Cuáles eran los requisitos para entrar a la Compañía?
P: Bueno, tal vez ellos se fijaban en las referencias: dónde estudió, de qué familia viene, que padre lo recomienda. Yo creo, a la hora de la verdad, tenían mucho que ver unos padres que trabajaban en vocaciones, vocaciones sacerdotales, que trabajaban muchas veces en los colegios de los mismos jesuitas o en otros colegios a los que iban. Ellos conocían desde antes a los candidatos, y la condición principal era el deseo de servir a Dios, a Jesucristo, la vida perfecta, la salvación de las almas; y era todo un lenguaje basado en la Biblia y en citas del Nuevo Testamento que Jesucristo decían que Él llamaba a muy pocos. Entonces insistían mucho con que uno era una persona escogida por Dios y que lógicamente eso tenía toda una sustentación religiosa, teológica. Yo creo que la mayoría… las condiciones eran aceptar… bueno, primero conocer las condiciones, exigencias, y finalmente, después de los dos años había una serie de exámenes o de conclusión, de análisis por parte del maestro de novicios, que era la gran autoridad, y también había un padre espiritual, y el rector… y todos esos se reunían  y daban el visto bueno. Y después de los dos años, sí venía el compromiso serio: los tres votos perpetuos: pobreza, castidad y obediencia.
E: ¿Pero se seguía viviendo en Santa Rosa?
P: La segunda etapa, que también físicamente era en un edificio muy grande, estaban separados. No había comunicación, entre los juniores y los novicios; no podían hablar, porque la regla del silencio era muy importante y se cumplía. Uno tenía que pedir permiso… para todo había que pedir permiso; entonces la autoridad era real, era diaria, no era una autoridad teórica. Si a usted le dan una orden, obedézcala. Continuamente, había órdenes habladas y escritas, y el que no cumplía órdenes tenía un castigo.
E: ¿Cuántos años estuvo usted de jesuita?
P: Muchos años, muchos… por lo menos quince años.
E: Tratemos de separar por fases, para que me cuente un poco de cada una… Estaba hablando de los dos primeros años
P: Sí, sí…
E: ¿Después qué vino?
P: ¿La segunda fase?
E: Sí
P: Duraba tres años, pero depende… teóricamente duraba tres años, para los que no eran bachilleres. Y yo no era bachiller… Para los que ya eran bachilleres, se les acortaba uno o dos años.  Y los que no éramos bachilleres, en parte como requisito del Ministerio de Educación, completábamos con creces una formación clásica sumamente buena. Yo creo que única en todo el país. Tiene que tener en cuenta que estoy hablando del final de la década del 50, comienzos del 60, porque yo creo que eso ya no existe, eso habrá cambiado mucho. No creo que todavía exista esa disciplina, en eso han cambiado mucho… no creo que estudien mucho latín… y griego ni hablar.
E: ¿Y después?
P: Después venía un año intermedio, que llamaban el año de ciencias, que era como muy local. Era una intensificación de materias que de hecho no tenían que ver directamente con la formación clásica, sino con materias que no se habían visto en el bachillerato, concretamente en esa época lo que era quinto y sexto de bachillerato. Por ejemplo todo lo que fuera matemáticas, física, química… básicamente eso. Entonces era un pénsum muy especial y muy intenso porque en un año se tenía que estudiar lo que en los colegios se estudiaba en dos. Y después venía, que también era muy importante, tres años de filosofía, filosofía escolástica. A mí me tocó la transición, cuando ya algunas clases las dictaban en español. Y terminaba uno, y se graduaba uno también como estudiante, inscrito en la Universidad Javeriana, en la Facultad de… lo que llamaban las Facultades Eclesiásticas; era entonces filosofía escolástica estricta y uno terminaban con la Licenciatura en Filosofía y Letras. Después llegaba otro periodo, que era tomado como una de las grandes pruebas, que llamaban el magisterio; eran dos o tres años que iba uno de profesor a los colegios jesuitas, con una carga docente muy fuerte y también con mucha disciplina y muchas exigencias como profesor… por lo general, eso no era ley escrita, cuando uno se portaba muy bien se reducía a dos años; pero a veces, algunos no se portaban bien, tenían problemas, eran muy laxos, y les ponían un tercer año de magisterio que, para muchos, lo consideraban como un castigo.
E: ¿Y después de la docencia…?
P: Después venía lo que era como lo máximo, que era cuatro años de teología, de escolástica. Y al terminar el tercer año de teología se llegaba a la cumbre: la ordenación sacerdotal; porque siempre se insistía, a lo largo de los años, toda esa formación tan completa era enfocada hacia la meta del sacerdocio, el servicio a Dios y el servicio a las almas; ésa era otra cuestión que repetían todos los días. Entonces una vez uno recibiera la licenciatura en teología, ya se suponía que uno iba a trabajar en muchos campos, especialmente en la educación en los colegios.
E: ¿Cuántos años le tomó a usted hacer todo ese recorrido?
P: Habría que hacer las cuentas… por ahí unos quince años
E: Todo ese proceso hasta el sacerdocio, más o menos hasta el año 70…
P: Si más o menos hasta el 70…
E: ¿Cuál era la perspectiva a futuro como sacerdote, con licenciatura?
P: Ya uno salía con dos licenciaturas que tenían validez frente al Ministerio colombiano; entonces eso varía… los que eran muy capaces, muy esforzados, académicamente hablando, se suponía que éstos se especializaban; entonces, iban a Europa, a Estados Unidos, tal vez a las mejores universidades… en Alemania, yo estuve en Alemania concretamente, a sacar una especialización, un doctorado en algo… en filosofía moral o en teología… qué sé yo… Y luego regresaban a engrosar las filas de los profesores de filosofía y de teología… en ese sentido había una retroalimentación.
E: ¿Una estructura cerrada?
P: Cerrada pero bien abierta al mundo… un diálogo con el mundo…
E: ¿Pero había presencia laica dentro del profesorado?
P: A veces sí… yo estoy hablando de esa época… por lo menos el primer laico aparecía en algunos cursos especiales de filosofía… sobre psicología o conductismo… uno asistía también a muchas conferencias de laicos… y los laicos se veían como que no eran de los nuestros, porque existía un sentido de cuerpo, de pertenencia… saliéndome un poco del tema… es que la administración era a nivel mundial… era como una especie de multinacional [risas], de mafia blanca… Y entonces, se usaba el término nostri, de los nuestros… había un sentido de cuerpo, de solidaridad… eso no quiere decir que no hubiera pugnas intestinas; claro que las había… eran seres humanos… Me acuerdo que a veces se armaban unos conflictos terribles, por los años 60, sí… ¿usted conoce algo de eso? Era la Iglesia Católica de América Latina con todo el problema de la teología de la liberación… de una tendencia bastante aproximada al marxismo…
E: Sigamos ahora con la rutina dentro del noviciado…
P: Sí
E: De toda esta parte, de los quince años, si puede elegir un período… cómo era la rutina diaria
P: Hasta donde yo me acuerdo, porque había muchos muchos detalles
E: Sí
P: Algo que atravesó todo ese tiempo, algo clave, era la disciplina, el espíritu ignaciano, y era que todos los años uno tenía la obligación de hacer ocho días de ejercicio espiritual… siempre había sacerdotes especializados… era el ejercicio espiritual según el método de San Ignacio. Eran ocho días de encierro total y silencio absoluto… no exagero… se tomaba muy en serio. Era tomar el librito de San Ignacio, con todas sus consideraciones llamadas meditaciones; era un reforzar es. Esos ocho días cada año, era volver y profundizar y remachar lo que a uno le habían dicho en el noviciado… Que después la gente se relajaba y se volvía más laxa, más libre y hacía interpretaciones a su acomodo…
E: Sí, pero sobre la rutina…
P: Sí, sí. Ubiquémonos rápidamente… Era en Santa Rosa de Viterbo, un edificio grande, construido por los jesuitas; no por las manos de los jesuitas pero sí encargado por los jesuitas…
E: Una cosa, antes de seguir. ¿Dónde queda Santa Rosa de Viterbo?
P: Queda cerca de Duitama
E: ¿Y el clima?
P: Frío, muy frío…
E: ¿Llovía mucho?
P: No, no llovía mucho, pero por las mañanas hacía mucho frío y por las noches también. Pero uno aguantaba frío, aguantaba calor, aguantaba todo…
E: Sí
P: Había una campana grande; la campana era la voz de Dios, vox Dei. Estoy hablando del noviciado. La campana sonaba a las cinco cero cero. Los novicios, que en mi época eran como 100, salían todos al tiempo… Estaban distribuidos en camarillas, que eran cuartos como de dos metros y medio de alto, separados por tabiques de dos metros; adentro de éstos había una cama de tablas con un colchoncillo muy delgado… y una cobija. Al lado había una palangana y una jarra de agua, siempre fría. Había también un pequeño pupitre, con un par de libros adentro: libros de doctrina, el misal, y otras cosas.
E: Bueno, sonaba la campana y qué pasaba?
P: Sí, sonaba la campana. El más antiguo dentro del dormitorio era el encargado de prender la luz de todas las camarillas. Entones uno se levantaba, se lavaba las manos y la cara con un poquito de jabón…
E: ¿Y cuál era la primera actividad del día?
P: Uno se ponía la sotana y se llevaba el rosario… siempre un rosario en la mano. Salía del cuarto, saludaba a un cuadro de la Virgen María que había en uno de los corredores… luego subía uno a la capilla, porque el noviciado tenía su propia capilla; y allí se hacía lo que se llamaba el ofrecimiento de obras, que duraba como cinco minutos y que eran oraciones aprendidas de memoria
E: ¿Y el desayuno?
P: Antes del desayuno, a las cinco y media en punto sonaba otra vez la campana. Uno ya debía estar en su cubículo donde tenía que llevar a cabo sus meditaciones con base en los textos de la Biblia… eso duraba como una hora… después, a las seis y media, sonaba un timbre. Entonces se bajaba en fila, siempre en absoluto silencio… todo el día había silencio… Se iba de la capilla grande, que era muy bonita, todo muy limpio, muy limpio… como una buena cárcel… Entonces llegaba la misa, con cantos, en latín, y toda la cosa. A eso de las siete se bajaba al comedor…
E: ¿Y allí desayunaban?
P: Sí. Todo totalmente en silencio. Se tomaba a veces chocolate con un pancito… un desayuno muy sobrio...
E: ¿Cómo era la dinámica durante el desayuno?
P: Bueno, silencio absoluto y uno meditaba. Se suponía que en el silencio uno pensaba en Dios, en San Ignacio, en los santos… siempre se rezaba, antes y después… Uno desayunaba muy rápidamente y luego a las siete y media u ocho comenzaba el estudio; porque todo el día estaba separado por horas… el estudio de media hora, primero… luego, al comienzo del noviciado, las clases de latín… con un profesor, ¡de eso sí me acuerdo!, de un neurótico… el padre Rojas. Cuando alguien se equivocaba pegaba un grito: “¡Hermanito, fíjese! ¡Es que usted no se fija, anda distraído!…”
E: ¿Clase sólo de latín?
P: No. Venía primero la de latín; luego una de griego, o algo así… y después otra hora en la que le explicaban a uno las reglas… Cada uno tenía su cuaderno, su esferito, su lápiz, y tomaba nota de lo que se decía en clase...
E: ¿Clase hasta el mediodía?
P: Sí. Al mediodía, a las doce del día, se rezaba el Angelus y luego seguía el examen de conciencia; entonces uno tenía que preguntarse: esta mañana ¿yo qué hice? Repasaba uno desde que se levantaba hasta ese minuto… ¿Cometí errores?… Si no, le agradezco a Dios…
E: ¿Y quién marcaba esos tiempos? Es decir, ¿la campana sonaba avisando lo que se debía ir haciendo a cada momento?
P: No. Era el timbre…
E: ¿Y a qué horas almorzaban?
P: Después del examen de conciencia. Uno bajaba, siempre en silencio, llegaba al comedor… En el comedor siempre había lectura, excepto los días festivos… Todo eso estaba calculado. Todas las actividades estaban muy bien organizadas según un tablero grandísimo… que unos hacían el almuerzo, otros servían… mientras otros leían… Y una vez se terminaba el almuerzo venía la primera quiete; quiete es descanso en latín
E: ¿Cómo era eso?
P: Todo estaba organizado… Uno salía en grupos de a tres; esos grupos los organizaba el hermano distributario, que tenía mucha autoridad dentro de los novicios; era como la mano derecha del maestro de novicios.  Entonces salía uno del almuerzo e iba por los parques, por los jardines; todos muy bien cuidados…
E: ¿Siempre de a tres?
P: Sí, siempre. Claro, a veces sobraba uno, entonces era la cuaterna…
E: ¿Nunca por pares?
P: Nunca.
E: ¿Y qué hacían?
P: Uno hablaba de cosas edificantes… que había leído no sé quién…
E: ¿Era como una reflexión peripatética después de almuerzo?
P: Más o menos. Era hablar y caminar; uno no se podía sentar… Y después venía la segunda quiete, en la que uno dormía siesta, pero yo nunca dormía siesta… yo tenía un libro, entonces leía y a veces me cogía el sueño
E: ¿A qué hora terminaba la segunda quiete?
P: A las dos y media
E: ¿Qué se hacía por las tardes?
P: Bueno, venían algunas clases más, creo… Y por las tardes había otra actividad que se llamaba manualidades o una cosa así… y más tarde la merienda, las onces. Entonces, iba uno al comedor y era agua de panela con alguna cosa… y después venía un pequeño recreo
E: ¿Hasta qué horas, más o menos?
P: Hasta las seis, porque venían los rezos… Y como a las siete y cuarto o siete y media era la cena.
E: ¿Y qué comían?
P: Comida muy corriente, qué sé yo, una sopa o algo así… muy sobrio todo. Y ya después de la comida, venía otro descanso; entonces uno iba por los corredores, otra vez, hablando cosas bonitas hasta las nueve, que era otra vez el examen de conciencia. Y después había algo que se llamaba puntos para la meditación; entonces, con libros especiales, por temas, hacía uno sus meditaciones…
E: ¿Hasta qué hora?
P: A las nueve y media se apagaba la luz y terminaba el día
E: Teniendo en cuenta todo esto que me ha contado, y ya para concluir la entrevista, ¿qué comentarios se podrían hacer acerca de la posición de los jesuitas frente al clero secular? ¿Qué importancia tenía esta formación? ¿Qué implicaba?
P: Pues, en teoría, era la misma Iglesia, al servicio del Papa, al servicio de los hombres, de los cristianos, de mucha gente…  Pero yo creo que la formación que nos daban era como de comando, de grupo elite. Había, no obstante, colaboraciones… pero es que los del clero secular, en cuanto a formación no le daban ni a los tobillos a los jesuitas.  Había mucho desprecio…






HUMILDES COMENTARIOS SOBRE EL SILENCIO


En este trabajo me planteé el objetivo de adentrarme un poco en la cotidianidad de la vida “monacal” jesuítica. Pero para no repetir lo ya dicho en las entrevista –y no hacer más extenso este trabajo de lo que ya es-, me limitaré a llamar la atención sobre un punto recurrente a lo largo de lo dicho por Pedro y que pueden ilustrar aquel mundillo distinto y distante que se esconde tras la vida de un miembro de la Compañía de Jesús. No obstante, considero pertinente mencionar que este punto por mí elegido no es en ningún momento resumen o síntesis de toda esa vida; es, sencillamente, un aspecto que me llamó fuertemente la atención y que creo que pone de manifiesto un poco de esa especificidad tras la que voy detrás y que sirvió de motor motivante de este trabajo.
Así pues, para no dar vueltas, el punto que elegí es el siguiente: el silencio. Éste es mencionado abierta y recurrentemente por Pedro a lo largo de la entrevista[1], y será a partir de esas alusiones sobre las que apoyaré mis reflexiones.

¿Qué es el silencio? ¿Es éste acaso solamente una ausencia de ruido, de voces, una carencia? ¿O hay algo más allá? Sería demasiado superficial afirmar que el silencio es simplemente callarse la boca, sellar los labios, apagar la lengua. Es cierto que estas palabras no carecen de razón; algo implican, pero omiten el doble sentido del término: el silencio es algo que va, pero también que viene. Es decir, el silencio no sólo es callar; es también no escuchar. Aquí creo que radica la importancia de esto y el vínculo que brinda coherencia a la reflexión que suscito.

¿Qué dice Pedro sobre el silencio? El silencio es el espacio de contacto con Dios, a través del cual uno ha­bla con Él;  es la oración, la meditación, toda esa serie de palabras aprendidas de memoria en un len­gua­je ci­frado (el latín) que le brinda a esta particular comunicación un carácter sagrado y secreto, personal e ín­ti­mo. Es un encuentro con ese Dios por el que uno se sacrifica, por el que uno se esfuerza; por el que uno vive.
¿Qué implica esta visión teológica del silencio? Desde lo escuchado a Pedro, considero que debió ser a tra­vés de esa disciplina del silencio que se obligaba a una introversión que alimentaba una vida interior; al con­vertirse esto en una obligación, luego en un hábito y, finalmente, en una costumbre –por ejemplo, a través de los exámenes diarios de conciencia- se cultivaba en el jesuita un profundo “autocono­cimiento”  de sí mismo; y pongo esto entre comillas porque significaba un constante machacar, remachar y confirmar las enseñanzas y las reglas que continuamente les repetían. En términos algo maquiavélicos, una hermosa forma de generar convicción: en boca cerrada no entran dudas vestidas de mosca.
¿Pero no podría verse este gran silencio como un arma de doble filo? Tanto silencio es sospechoso; si uno no dice lo que piensa, no se puede saber lo que el cerebro esconde. Pero, ¿puede ser ésta una real preo­cupación para los altos mandos jesuíticos? No tenía porque serlo, si ese silencio tenía un doble sentido: el silencio que es callar la boca y “callar” también los oídos. Como anteriormente sugerí, era éste un silencio que no se limitaba a sellar los labios, sino también a no oír “la voz del diablo”, la voz de la duda. De esta manera, no podía autogenerarse una autocrítica porque no se tenían elementos externos para comparar o editar las cosas desde otra perspectiva.
Vuelvo a un punto mencionado en un párrafo anterior: el silencio significaba una comunicación con Dios, hablar con Él. Esto es importante destacarlo, más si se tiene en cuenta que era considerado punible el decir que uno hablaba consigo mismo.  De igual forma, implicaba que al tener el hábito del silencio, se tenía tam­bién un hábito de hablar con Dios mismo, circunstancia que hacía ver al clero secular como menores de edad espiritual, y verse a sí mismos como los pocos elegidos –entre los muchos llamados-; en otras palabras, usando palabras de Pedro, se sentían parte de un “grupo elite, un comando”.
Pero volvamos a la prohibición de hablar consigo mismos. ¿Por qué esto? ¿Qué tenía de malo echarse, de vez en cuando, una charlita amena con el amigo que se esconde tras el espejo? Para que haya una conversación se necesitan dos, comúnmente diferentes en algo sobre lo que se constituye el tema de la charla. Si estaba Dios, dirían los altos mandos, ¿para qué hablar con uno mismo? Uno es solo eso: uno. De esta manera desvirtuaban –y evitaban-, siguiendo rígidos principios teológicos, las charlas internas, los enfrentamientos entre los habitantes del individuo. Uno es solo uno, principio tajante y castrante, medio para la consecución de una admirable disciplina y convicción a prueba de indeseables voces externas.

Como puede verse, el silencio no fue solamente una muestra de disciplina, sino también una herramienta en sí para apoyar la convicción, la creencia. Esto a través de una “fachada” teológica, que mostraba el silencio como un encuentro con Dios; en palabras textuales de Pedro: “se suponía que en el silencio uno pensaba en Dios, en San Ignacio, en los santos…”. Pero al entender el silencio como no hablar y no oír, se construye una doble barrera, un muro de dos caras: la cara interna –que no deja salir nada-, y la externa –que impide el ingreso de “la voz del diablo”-; de esta manera, los únicos que tienen acceso a la atención del jesuita –por lo menos durante el noviciado- son especialmente los mentores, el maestro de novicios, los profesores y toda esa suerte de cuadros dentro de la jerarquía jesuítica, y cuya obligación consistía en formar –darle forma-  al pensamiento de los novicios. Si esto no fuera así, el riesgo que se correría sería muy alto: se despertaría un sentido de autocrítica y una crítica al sentido de todo lo que se hacía. Así que si la convicción no era absoluta, la entrega no era total, de repente todo se despedazaba, caía el prometedor castillo de cristal de don Ignacio y el novicio -o el sacerdote- tenía que llorar la muerte de una ilusión.



[1] La entrevista a Pedro tuvo una duración aproximada de noventa minutos. El texto que se presentó anteriormente sólo cubre una parte de la totalidad de la entrevista; esto lo hice por dos razones: (1) porque al ser tan extensa y tan rica en datos dificultaba la labor que me había propuesto y podía convertir este trabajo en un enorme océano de dos milímetros de profundidad; (2) por lo dispendioso que habría sido para mí el haber trascrito toda la entrevista y el riesgo que esto im­plicaba: convertir a la entrevista en cuerpo y cabeza del trabajo al limitar el tiempo disponible para su análisis y comentario.

martes, 23 de abril de 2013

INFLUENCIA DE LA RELIGIÓN, LOS MITOS Y LAS CREENCIAS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD DE LA ELITE INCA



El Pensamiento Incaico
Dentro del pensamiento incaico existían tres aspectos principales que definían la cosmovisión y el sentido del Tahuantinsuyu. Éstos eran: Viracocha, el mundo (Pacha) y el hombre (Runa).

Viracocha

A partir de las primeras averiguaciones de los cronistas españoles al llegar al territorio del Perú actual, empezó a aparecer (y a tomar un papel central) para los recién llegados, la imagen de Viracocha (o Wiraqocha). Así fue como, poco a poco, a medida que avanzaban las investigaciones de los españoles sobre la religión del Imperio Inca, Viracocha fue considerado como la entidad de máxima jerarquía en el mundo prehispánico andino. Esto se debió, en gran medida, a que los cronistas lo comparaban con la imagen de su dios cristiano, dándole así continuidad  como máxima entidad religiosa.
La imagen de Viracocha fue conocida en el ámbito andino desde mucho antes de la consolidación del Imperio Inca. Aunque siempre estuvo presente, ofrecía una característica peculiar: se daba tem­poral­men­te, desenvolviéndose en el tiempo y nunca como algo acabado, fijo o conocido. Por el contrario, iba sien­do enriquecido poco a poco por aquellos grupos étnicos que lo incluyeran dentro de su  panteón. Toda es­ta serie de cambios que a través del tiempo fue sufriendo Viracocha le dieron un carácter fluido; es decir, aunque poderoso como creador, actuaba perfeccionando y rectificando su obra. Este aspecto del carácter de Viracocha se ve claramente reflejado en el voluminoso libro escrito por Guaman Poma, en el que él le trata de  explicar al monarca español del momento, la historia de los Andes y del pueblo Inca. Él menciona la existencia (antes de la llegada de los españoles) de cuatro grandes creaciones intercaladas con tres grandes destrucciones, cada una de estas últimas marcando el final de un ciclo y el comienzo de otro nuevo. La llegada y conquista de los españoles  la interpreta él como la última destrucción.
Al caracterizar a Viracocha como una deidad de carácter fluido, se infiere que existían diferentes conceptualizaciones de éste. En general, se podría decir que esta divinidad andina era vista, por parte de los naturales, como un ente divino bipolar; es decir, que alternaba dos facetas diferentes entre sí, pero que tanto una como otra, definían su carácter. La primera era una concepción cerrada y definida en cuanto se le adjudicaba lo creado en el universo y en el mundo; y la segunda, una concepción abierta e indefinida en cuanto a entidad enigmática (Rivara de Tuesta, 1992:137). Así mismo, Viracocha gozaba de cinco grandes definiciones, que se complementaban mutuamente[1].  Éstas eran la de Viracocha como hacedor y creador, como incomprensible dios, como movedor y causa de las demás causas, como el principio y como poder y mando de todo lo existente. De igual forma, este aspecto de Viracocha se ve claramente en la multiplicidad de nombres que los naturales le dieron. Entre ellos se encuentran Wiracochachayacháchic (que significa el hacedor o enseñador del mundo), Pachacámac (creador de la tierra), Runahuallpa (creador del hombre), Illa Tecce Wiracocha (creador de la luz) y Tecsi Wiracocha (incomprensible dios). Cada uno de los nombres indicaba una de sus funciones, pero en sí todas remitían a Viracocha como deidad única y más grande. Viracocha era uno solo (ibídem: 141).
El mito atribuye a Viracocha la creación del universo y del mundo. El orden y clasificación del mundo y la naturaleza también son efectuados y dados por él y sus ayudantes o hijos.
Algo muy importante que destacar es la relación existente entre el carácter fluido de Viracocha y el carácter cambiante de la religión andina. Quizá, muy probablemente fue esa la razón por la cual la reconstrucción de la historia y los mitos (tan común con cada ascenso de un nuevo Inca), no se vio en ningún momento mal, e incluso, quizá, se convirtió en una obligación de cada nuevo gobernante. Así mismo, esto también tuvo repercusiones en la vida e identidad del natural, ya que su religión propugnaba el principio de la rectificación, permitiéndole al individuo equivocarse, volver sobre sus pasos y enmendar su error. Como posible prueba de esto, se podría mencionar la existencia de "confesores", sacerdotes encargados de escuchar a los "pecadores", con el fin de castigarlos por sus errores, pero al mismo tiempo, dándoles una nueva oportunidad para su regeneración.
Pacha - El Mundo
Para los incas, el espacio universal estaba dividido en tres suelos. Estos eran el suelo de arriba (Hanan Pacha), el suelo de abajo (Hurin Pacha) y el suelo celestial (Hinan Pacha), equivalente cada uno de ellos con la bóveda celeste ilimitada, el mundo objetivo real visible y el plano invisible (Ucu Pacha), respectivamente.
Al Hurin  Pacha también se le denominaba como mundo de la generación y corrupción de la vida y la muerte y se le atribuía un centro u ombligo por donde atravesaban dos líneas imaginarias (en sentido vertical y horizontal) que daban origen a las cuatro grandes zonas de la tierra o puntos cardinales. Así es como el Hurin Pacha ofrecía una división en cuatro sectores; este cuatro ha de repetirse en muy diferentes aspectos de la organización incaica: la división del Imperio en cuatro suyus, cuatro caminos, cuatro partes del mundo, cuatro calles principales que salen del Cusco, cuatro fiestas solemnes, la principal fiesta duraba cuatro días, los incas tenían consigo cuatro señores orejones muy principales que eran su consejo, en cada pueblo, por pequeño que fuera, no podían existir menos de cuatro quipucamayos (ibídem:144).


Runa - el Hombre
A partir de las reformas de Pachacútec, se nota claramente que existió el propósito de darle carácter divino a la tribu dominadora (en este caso el pueblo inca), a la cual se le daba la facultad de mejorar el estado cultural de los hombres, estableciendo a través del mito una conexión entre divinidad, élite y súbditos.
El indígena inca se reconocía en sus limitaciones gnoscitivas[2] como un ser angustiado e imperfecto, cuya más alta posibilidad era la de alcanzar el estado de reflexión (Rivara de Tuesta, 1992:147)
De igual forma, existía una gran preocupación en el plano ético. La élite imperial cusqueña, se "autonombraba"[3] como la encargada de reglamentar el orden moral del pueblo . Por lo tanto  el aspecto gnómico estaba íntimamente vinculado al orden jurídico[4]. Es decir, que se legislaba también para el orden moral y ésta es la razón para que no se observe una separación tajante entre ley y moralidad, sino que ambos aspectos se den dentro de un solo orden. La consecuencia más importante de esto era que la élite era la encargada de determinar las actividades tanto de trabajo como de relaciones sociales, controlando la vida privada de los habitantes a fin de que el trabajo y la relaciones sociales no sufrieran menoscabo.


Principales manifestaciones de la cosmovisión inca

El culto a los muertos: Una creencia Panandina

Si existió en algún momento una creencia que lograra identificar y cubrir la gran mayoría del territorio andino, ésa fue el culto a los muertos. La creencia  que los espíritus de los muertos desempeñaban un papel activo y crucial en el mundo se extendió desde muchos años antes de la consolidación del Tahuantinsuyu. Esta creencia obligaba a la veneración de los antepasados, por su papel como protectores de los clanes (organizaciones sociales iniciales comparables con los ayllus) y sus cuerpos eran tratados como objetos sagrados.
La expresión típica de estas creencias incluía sacrificios a los muertos y la repetición periódica de ritos funerarios, en los que se renovaban las ofrendas en las sepulturas (Conrad y Demarest, 1993 : 114). Esta creencia se enraizará después en el propio corazón de la religión inca.
El culto a la muerte y a los muertos era una fuerza enormemente conservadora en la sociedad inca primitiva; ataba a los individuos al jefe del clan, a la tierra del ayllu y a las pautas tradicionales de conduc­ta, generando así, más que una identidad panandina, una identidad muy local, un sentido de pertenencia a una parte y no a un todo. Esto influyó notoriamente en lo que se podría llamar la unidad inca: la religión que propugnaba el Estado no era más que un intento por unir todas esas creencias alrededor del Sol, pero sin llegar a lograrlo completamente. Era un factor de unidad ficticio, impuesto por invasores que no logró penetrar las enraizadas costumbres y creencias de los pueblos andinos conquistados por los incas.
Aunque todo lo contrario ocurría en el Cusco, donde el culto al Sol beneficiaba a los gobernantes incas. Como observó Garcilaso, la veneración de Inti significaba que cuando el pueblo adoraba a su dios tributaba asi­mis­mo culto a su rey[5]. El patronazgo divino contribuyó a darle a los cusqueños (en especial a la élite) una sen­sa­ción de identidad como pueblo, de constituir un grupo aparte de sus vecinos y les asignó un lugar especial entre los pueblos de la tierra.
Otro aspecto que resaltar en cuanto a la relación entre el culto a los muertos y el culto al Sol, es que este último no le restó importancia al primero. Por ejemplo, a un gobernante inca del pasado, no se le consideraba muerto en el sentido "occidental" de la palabra. Los descendientes de un rey mantenían el rango de éste, le hacían constantes ofrendas y sacrificios, lo llevaban a las principales ceremonias del estado, hablaban con él y hasta lo llevaban a visitar a sus amigos. En resumen, las panacas continuaban tratando a los reyes muertos como si aún siguieran con vida (Conrad y Demarest, 1993: 148)

Mitos de creación
En todo el mundo habitado, en todos los tiempos y en todas las circunstancias, han florecido los mitos del hombre; han sido la inspiración viva de todo lo que haya  podido surgir de las actividades del cuerpo y de la mente humanos. No sería exagerado decir que el mito es la entrada secreta por la cual las inagotables energías del cosmos se vierten en las manifestaciones culturales humanas. Las religiones, las filosofías, las artes, las formas sociales del hombre primitivo e histórico, los primeros descubrimientos científicos y tecnológicos, las propias visiones que atormentan el sueño, emanan del fundamental anillo mágico del mito[6].
El mito siempre ha sido definido como una explicación de ciertos fenómenos naturales, de ciertas actitudes del hombre y los animales y, primordialmente, como explicación del origen del hombre y su posible futuro.
El estudio de los mitos (y de la mitología en general) ayuda al análisis de las diferentes culturas existentes, brindando herramientas para construir una imagen más completa e integral de la sociedad en la que se desa­rro­lla­ron. No obstante, en la actualidad es interpretada de diferentes maneras, dependiendo de la especialidad del in­vestigador o de su campo de acción[7]
En los Andes, los mitos sobre el origen del mundo y el hombre eran diversos y dependían básicamente de la ubicación geográfica y posición socioeconómica de los pueblos.
Las principales versiones del origen cusqueño, fueron recogidas, inicialmente, por los principales cronistas españoles que llegaron junto con los conquistadores. Entre ellos se destacan Juan de Betanzos, Cieza de León y el Inca Garcilaso. Estos cronistas se alimentaban, casi exclusivamente, de los relatos de las élites cusqueñas.  De ahí, que todas las versiones tengan en común un papel central de la Viracocha (deidad de suma impor­tan­cia entre las altas esferas cusqueñas), así como del Cusco, como centro del mundo y punto donde el universo se dividía en cuatro partes iguales.
Existen, principalmente, tres versiones del origen cusqueño. La primera, narra la historia de Manco Capac y sus siete hermanos. La segunda habla de los hermanos Ayar. La tercera explica el origen a partir de la creación solar. Se narran las hazañas de Viracocha y la imagen de Manco Capac también aparece. Esta última versión es la que manejaba el estado incaico, lo que le daba un carácter elitista y exclusivo, mientras que las otras dos versiones tenían un tinte más popular.
Hay que tener muy en cuenta que, como se dijo anteriormente, estas versiones fueron recogidas por cronistas después del contacto entre españoles y naturales, además de ser, en su mayoría, relatos provenientes de la cosmovisión de las clases dominantes en el Imperio Inca, lo que abre un interrogante muy grande acerca de cómo eran estas versiones en un tiempo anterior a la consolidación del Tahuantinsuyu, y qué partes de cada versión fueron reemplazadas por otras nuevas con el fin de que el mito fuera coherente con la organización sociopolítica del momento. Es muy difícil dar respuesta a estas cuestiones, ya que lastimosamente, el pueblo inca era ágrafo; sin embargo, cada panaca tenía como obligación ir acumulando la historia de su casta, generando así una especie de registro histórico oral, del que se alimentaron los cronistas. Pero esta visión, estaba sesgada de por sí, porque implicaba que cada panaca recordaba lo que le era grato (o, en otras palabras, lo que le convenía), dejando de lado gran cantidad de hechos y eventos que se perdieron en el oblivion.


La religión antes y después de Pachacútec. Connotaciones sociales, políticas y económicas de las reformas de Pachacútec

La religión y los mitos que conocieron los primeros conquistadores del Imperio Inca, no fueron, en su ma­yo­ría, más que nuevas adaptaciones de mitos y creencias que existían desde mucho antes de la conso­li­da­ción del Ta­huantinsuyu. En una etapa primitiva (antes de las guerras contra los chancas, a comienzos del siglo XV), el pue­blo inca no era más que uno de los tantos grupos étnicos que poblaban el Valle del Cusco. Los pue­blos que allí habitaban se debían muy posiblemente a movimientos migratorios después de la caída de la civi­li­za­ción de Tiahuanaco. Ésta se había desarrollado a orillas del Titicaca y al caer se habría dividido en dos grandes nú­cleos étnicos; uno de ellos se habría mantenido en las proximidades del Titicaca, mientras que el otro se ha­bría visto obligado a migrar hacia zonas fértiles del Valle del Cusco, el sur del actual Perú, el norte de lo que hoy es Chile y Argentina y algunas otras zonas donde pudieran encontrar un hábitat favorable para su de­sa­rro­llo y supervivencia. Es importante la referencia que a esto hace la mitología cusqueña. Sus mitos  explican sus orí­genes a orillas del Titicaca así como una migración en busca de la "tierra  prometida", que terminaría siendo la zona del Cusco. El inca Garcilaso, refiriéndose al mito de creación, escribió:

[…]puso nuestro padre el sol estos dos hijos suyos en la laguna Titicaca, que está ochenta leguas de aquí, y les dijo que fuesen por do[nde] quisiesen, do[nde] quiera que parasen a comer o a dormir, procurasen hincar en el suelo una barrilla de oro, de media vara en largo y dos dedos en grueso, que les dio para señal y muestra que donde aquella barra se les hundiese, con sólo un golpe que con ella diesen en tierra, allí quería el sol nuestro padre, que parasen e hiciesen su asiento y corte.[8]

Hay que tener en cuenta que esta versión data ya del tiempo posterior a la Revolución de Pachacútec[9]. Él, después de la victoria de su pueblo ante los chanca, asumió el máximo rango jerárquico, desde el cual llevó a cabo una serie de reformas en los principales estamentos políticos, sociales y religiosos. Comenzó por declarar  inválida la antigua religión, acabando de paso con parte de la clase sacerdotal existente hasta ese momento. El cambio religioso en el Cusco no afectaba la veneración dada a las múltiples huacas e ídolos existentes en el ámbito andino. Pachacútec quiso que las principales huacas permanecieran en el Cusco y les otorgó servido­res, tierras y bienes; era la manera de controlar posibles rebeliones pues los naturales no se alzaban por temor a las represalias que podían ejercer sobre sus ídolos.[10]
También hizo reconstruir las versiones históricas del pasado, apoyándose de paso en éstas, no sólo para justi­fi­car los cambios que quería llevar a cabo sino también para instaurar una nueva deidad central: el Sol. Éste se con­virtió en la divinidad oficial del nuevo Imperio, y razón para su expansión. Así mismo, Pachacútec reorga­ni­zó espacialmente el Cusco, dándole a aquellos que le habían ayudado en su victoria (curacas tanto incas co­mo de etnias cercanas) tierras junto a la parte central del Cusco mismo, obligando a la migración de sus pri­me­ros habitantes. También aprovechó para ordenar la construcción de múltiples edificios para los nuevos "buró­cra­tas" del Imperio así como palacios para su recreo (como lo fue el caso del Guaman Marca).
Pero lo que desde mi punto de vista, mayor trascendencia tuvo para el futuro del Tahuantinsuyu,  fue la oficialización de la herencia partida. Ésta consistía en que el nuevo gobernante no recibía herencia material de su predecesor, lo que lo obligaba a procurarse sus propias riquezas; el método más utilizado para conseguirlas era la expansión del Imperio, apropiándose de nuevas tierras y nueva mano de obra.
Como una forma de asegurarse nuevas tierras y más fuerza de trabajo, el Inca se veía en la obligación de apo­yar­se en la antiguo principio de la reciprocidad[11]. Así, a cambio de algunos privilegios que él concedía a los curacas de otros grupos étnicos que iban anexionándose al Imperio, el Inca aseguraba la lealtad de ellos, evitando rebeliones en contra suya.
Pachacútec no llevó a cabo toda esta serie de reformas solamente para procurarse un lugar privilegiado dentro de su sociedad, sino que colaboró con la construcción de una sensación de identidad, constituyendo una conciencia de "grupo aparte"  de sus vecinos, dentro de los habitantes del naciente Tahuantinsuyu, así como le asignó al pueblo inca un lugar especial entre los demás pueblos de la tierra. Así mismo, logró consolidar la unidad militar y política que necesitaba para mantenerse en el escenario, cada vez más competitivo, del altiplano sur (Conrad y Demarest, 1993:141).


La llegada de los españoles y el mito de Inkarrí

Para el año de 1532, el Tahuantinsuyu llevaba como Imperio de naturaleza expansiva aproximadamente un siglo. De igual forma,  vivía el Imperio uno de sus enfrentamientos más sangrientos, al haberse enfrentado Huascar contra Atahualpa por la sucesión en el poder, dividiendo el territorio en dos grandes núcleos, en donde, en un comienzo, cada uno de ellos apoyaba a uno de los dos contendores. Este conflicto, que produjo, además de mucha bajas en ambos bandos, el caos y la desorganización en los diferentes estamentos sociales, políticos y económicos, le fue de gran ayuda a los conquistadores, que notando el desorden predominante y el descontento de algunas poblaciones y clanes pertenecientes al Imperio, se apoyaron en esto para derrocar, sin mayor esfuerzo, a Atahualpa (ganador en la contienda contra Huascar), e imponer sus sistemas político, económico, social y religioso. En este ensayo nos encargaremos principalmente de las connotaciones que tuvo la imposición de la religión cristiana a los naturales.
En las áreas alejadas del Cusco, los españoles no tuvieron mayores dificultades para eliminar las creencias puramente incaicas, reemplazándolas de paso, por la religión cristiana. Ésta, a pesar de haber sido impuesta y aceptada, nunca logró terminar de arraigarse, siendo vista por los indios como algo foráneo, que no les pertenecía (sensación semejante, quizá, a la que les despertaba el dios cusqueño).
A partir de la segunda mitad del siglo XVI, con la llegada del virrey Francisco de Toledo, la campaña de extirpación de idolatrías se llevó a cabo de una forma metódica y sistemática, destruyendo cuanto lugar y objeto sagrado tuvieran los naturales: templos, huacas, momias, etc. Toledo había sido enviado por la Corona española con el fin de controlar los impuestos y el alto grado de corrupción y depravación de las diferentes autoridades españolas presentes en el Nuevo Mundo. Él, buscando una excusa para subyugar a los incas, los acusó de haber maltratado y explotado a pueblos inocentes del ámbito andino. Una de las consecuencias más relevantes que todo esto tuvo fue la ejecución de Túpac Amaru en 1572, en la Plaza de Armas del Cusco.
Pero a pesar del gran éxito que tuvo la campaña de extirpación de idolatrías frente a la religión y los cultos exclusivamente incaicos, fue poco lo que logró contra los conceptos religiosos antiguos y ampliamente difundidos en los Andes, como lo era el caso del culto a los muertos (supra).
Inicialmente,  para muchos de los habitantes originales de los Andes los españoles eran una especie de salvadores, cuya misión era la de librarlos del yugo de la élite cusqueña y el de sus ejércitos. Pero esta esperanza no les duró mucho al darse cuenta de que los españoles eran, incluso, mucho peores que los mismos incas. De ese sentimiento de decepción y tristeza por lo perdido, nació el mito de Inkarrí. Y con él una serie de levantamientos, como el de Taqui Onqoy, que expresaban su rechazo ante lo europeo así como una añoranza por el pasado mejor.
Inkarrí, hijo del Sol, una vez vencido por la deidad europea, decide huir al subsuelo de donde algún día resurgirá de nuevo, siempre y cuando tenga la aprobación del dios cristiano.
La importancia de este mito (desde la perspectiva de los vencidos) radica en varios puntos. Primero, los indígenas aceptan la derrota de su dios, lo que conlleva a que ellos deban aceptar a la divinidad cristiana como superior. Segundo, el escape de Inkarrí al subsuelo y su ansiado retorno puede representar que su imagen no ha sido totalmente desterrada de las creencias andinas. Tercero,  es importante destacar el carácter extranjero, foráneo de la divinidad europea; ella no pertenece al mundo andino sino que fue impuesta por invasores externos. Cuarto, la imagen de Inkarrí, en los mitos, encarna todos los poderes de diferentes deidades andinas, lo que podría llevar a pensar en la aparición, finalmente, de una divinidad panadina con la que se identifican todos los pobladores naturales de los Andes.


A manera de síntesis

A lo largo de lo ya mencionado, se observa una fuerte tendencia  a utilizar el mito como un medio para justificar la organización sociopolítica existente. Para los incas, gran parte de su visión histórica estaba fuertemente atravesada por la mitología. Mediante ésta se explicaban el origen del pueblo y el porqué de su situación. La religión servía, no sólo para aplacar las dudas de los naturales sino también para justificar las divisiones sociales y políticas de la sociedad en la que vivían; así pues, era quien controlara la religión, los mitos y los rituales, quien mayor poder podía llegar a alcanzar.
La narración de la historia incaica se vio influenciada, primero, por los puntos de vista del narrador y de aquel  que, gracias a su poder, podía cambiarla, trastocarla de forma que quedase agradable para sus oídos. Segundo, ya durante el período de la conquista y la colonia los relatos sufrieron una muy fuerte influencia de la religión cristiana, llegando incluso a aparecer en ellos características típicas de la filosofía religiosa europea.
Para los incas, como para muchos otros pueblo sobre la faz de la tierra, el pasado se convertía en fundamento de un presente que necesitaba urgentemente unas bases sobre las cuales definir su identidad. Un Estado necesita justificar sus posturas y políticas recurriendo a un punto común a todas sus partes: el origen. Así pues, se inserta a todos en un tronco común. De ahí, se desarrolla toda una mitología que sea capaz, de una forma coherente, de unir ese origen lejano con el presente diario. Y será precisamente aquel que tenga la capacidad de manejar y difundir esos mitos a su gusto, quien detentará el poder, ya que no le será difícil incluirse en el relato como uno de los privilegiados, uno de los superiores que tienen el derecho (y el deber) de gobernar a los otros y decidir cómo se llevarán a cabo las cosas.
Es importante resaltar cómo aquel que detente el poder sobre los mitos controlará, de igual forma, la memoria colectiva.
Sería obviamente imposible que un pueblo entero acatara una regla que prohibiera la libertad de pensamiento, ya que, como es natural, cada individuo tiene una forma particular  de ver el mundo y una manera determinada de sacar sus propias conclusiones, lo suficientemente establecidas como para dejarse limitar por una simple ley.
Pero cuando esta ley va acompañada por todo un discurso religioso, que juega con los miedos de la gente y que en buena medida logra responder de una forma consistente y coherente aquellas preguntas sobre su origen y existencia que el individuo se hace, entonces, esa ley inicial pasa a convertirse en controladora de pensamientos[12];  ya que, a partir de ese momento, no sólo está en juego la obediencia  a aquel que posea el poder real, sino que también el miedo a un castigo de carácter divino, hace que la persona se sienta observada constantemente, no sólo exterior, sino interiormente también.
Y ese es el fin máximo de aquel que tiene el poder en sus manos: controlar al máximo a todos y cada uno de los individuos que dirige.
Pero ¿qué ocurre cuando todo este intento por el control mental y espiritual de la gente no se logra en su totalidad? ¿De qué otros medios se puede valer el gobernante para asegurar su poder sobre los demás?
Como en el caso del Tahuantinsuyu, al darse cuenta la élite cusqueña de que los principios religiosos que querían imponer en todo el territorio del Imperio no lograban enraizarse como ellos hubieran deseado, tuvieron dos grandes caminos que tomar. El primero, y creo más utilizado, la antigua tradición de la reciprocidad, por medio de la cual, de una forma bastante cortés y oportunista, se ganaba el favor de algún grupo étnico. A pesar de que esto no conllevaba directamente a la imposición de la religión cusqueña sobre el otro pueblo, por lo menos lograba que no se produjeran rebeliones ni levantamientos contra el Cusco.
Como segundo camino, estaba la vía coercitiva. A aquellos con los que no se pudiera llegar a un acuerdo de mutua colaboración, el Imperio "se veía forzado" a atacarlo con todo su poder militar. Pero esta medida, incluso quizá menos que la anterior, no permitía la imposición  en el pueblo subyugado de la religión cusqueña.
La última esperanza que podría haber tenido el Tahuantinsuyu era la de esperar. Esperar a que los conceptos religiosos se difundieran solos, que la gente se identificase con ellos poco a poco, sin tantas presiones, sin miedos. Pero en esto, el Imperio llevaba las de perder. Cabe resaltar en este punto que debido a la corta duración del Tahuantinsuyu, no se logró consolidar una identidad religiosa homogénea dentro del ámbito andino.
Pero no sólo el tiempo perjudicó la iniciativa cusqueña. También los diferentes medios donde cada pueblo se había desarrollo, su ubicación geográfica, sus huacas o deidades locales que permitían a los individuos sentirse identificados sólo con una pequeña porción de tierra y gente, el gran tamaño que logró abarcar el Imperio, así como la dificultad para transportarse de una esquina a la otra del territorio inca dificultaron esta labor.
En pocas palabras se puede concluir que el Imperio Inca no logró la tan anhelada unión religiosa que pretendía establecer para fortalecerse desde dentro. No obstante, es importante resaltar que el papel central del Sol en el panteón inca colaboró  para la consolidación de una unidad militar y económica, a pesar de lo poco que logró en los campos social y religioso, donde se esperaba que actuase con mayor fuerza.
Para los españoles no fue difícil vencer a un Imperio que se encontraba  casi en plena guerra civil, desmembrado por los diferentes conflictos ideológicos, políticos y económicos entre el Cusco y una serie de pequeñas etnias que se resistían a ser absorbidas al Tahuantinsuyu, así como una ausencia de verdadera unión entre sus miembros.
En ese momento, la ya mencionada unidad militar jugó un papel de arma de dos filos. A pesar de que la imagen de Atahualpa lograba mantener a los ejércitos unidos, al caer éste, la gente se dispersó y no supo como volverse a reunir para atacar a los invasores europeos. No sería sino hasta la total conquista y colonización de todo el territorio andino, que los naturales  intentaron unirse bajo una misma consigna para luchar juntos contra su enemigo común.
Esta añoranza, este deseo por volver a lo que alguna vez fue el Imperio Inca, tuvo importantes exponentes mucho después, incluso, del levantamiento de Taqui Onqoy. Como ejemplo está la insurrección de Juan Gabriel Túpac Amaru (también llamado Túpac Amaru II) que intentó defender los derechos de los indios frente a los abusos y atropellos de los encomenderos, a finales del siglo XVIII.


BIBLIOGRAFÍA

BAUDIN, L.  1961: Daily Life in Peru. Under the last Incas. Londres. George Allen and Unwin Ltd.
CAMPBELL, J. 1949: El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito. México. Fondo de Cultura Económica
CONRAD, G. y DEMAREST, A.: 1993: Religión e Imperio. Cambridge. Cambridge University Press
LAVIANA CUETOS, M.L. 1990: Túpac Amaru. Sevilla. Colección Forjadores de América. Editoriales Andaluzas Unidas
MURRA, J.  1972:  Formaciones económicas y políticas del mundo andino. pp: 23-43.Lima. Instituto de Estudios Peruanos
PEASE, F. 1973: El Dios Creador Andino. Lima. Mosca Azul Editores
RIVARA DE TUESTA, María Luisa 1992: El pensamiento incaico. En : FILOSOFÍA IBEROAMERICANA EN LA ÉPOCA DEL ENCUENTRO. Edición de Laureano Trotta. pp. 131-152. Madrid. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Quinto Centenario
ROSTWOROWSKI, M. 1988: Historia del Tahuantinsuyu. Lima. Instituto de Estudios Peruanos
           








[1] Ante esto, Rivara de Tuesta dice que "la cautelosidad del pensar indígena no encierra a Viracocha en una [sola] definición" (ibídem:139)
[2] Gnosticismo: Doctrina según la cual es posible conocer alguna realidad en sí, última o absoluta (Ferrater Mora, 1998: Tomo II E-J)
[3] Nos referimos con este término, a que esta misión que se le asignaba estaba justificada por los mitos y creencias cusqueños, reformados por Pachacútec
[4] El término griego gnome significa "medio de conocer", "señal mediante la cual una cosa es conocida" y por extensión es "juicio". El término griego gnomon  significa "conocedor", "juez", "intérprete". Gnómico es el nombre que se da a un autor que dice o escribe sentencias de carácter moral. (Ferrater Mora, 1998:TomoII.E-J)
[5] Garcilaso, lib. 6, cap. 20, 1945: vol. 2, págs 46-7, 1956: 356. Citado por Conrad y Demarest, 1993:140
[6] Campbell, 1949:11
[7] La mitología ha sido interpretada por el intelecto moderno como un torpe esfuerzo primitivo para explicar el mundo de la naturaleza (Frazer); como una producción de fantasía poética de los tiempos prehistóricos, mal entendida por las edades posteriores (Müller); como un sustitutivo de la instrucción alegórica para amoldar el individuo a su grupo (Durkheim); como un sueño colectivo, sintomático de las urgencias arquetípicas dentro de las profundidades de la psique humana (Jung); como el vehículo tradicional de las instituciones metafísicas más profundas del hombre (Coomaraswamy); y como la Revelación de Dios a Sus hijos (la Iglesia) (Campbell, 1949:336-337)
[8] Mito de creación cusqueño según versión del inca Garcilaso (en Garcilaso de la Vega [1609]1960:Lib. I, Caps. XV y XVI) citada por Pease, 1973:110
[9] A pesar de que el término revolución en este caso pueda sonar un poco anacrónico, se pretende con esta palabra expresar una mudanza o nueva forma en el estado o gobierno del Imperio Inca, que, básicamente, consistió en una múltiple reforma en los campos social, político, económico y religioso del Tahuantinsuyu.
[10]  Rostworowski, 1988:76
[11] Rostworowski define la reciprocidad como un sistema organizativo socioeconómico que regulaba las prestaciones de servicios a diversos niveles de engranaje en la producción y distribución de bienes. Era un ordenamiento de las relaciones entre los miembros de una sociedad cuya economía desconocía el uso del dinero. (Rostworowski, 1988:61). Ya al describir sus características, Murra (1972) distingue dos niveles en la reciprocidad: por una parte las comunidades rurales (ayllus) unidas entre sí por lazos de parentesco y regidas por un principio de reciprocidad y, por otra parte, el Estado inca, rodeado de un aparato militar y administrativo, beneficiario de las prestaciones de servicio de sus súbditos y cuyos excedentes eran redistribuidos.
[12] Se le podría denominar también a esto como el paso de la invención a la convicción