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lunes, 12 de mayo de 2014

EN BOCA CERRADA NO ENTRAN MOSCAS. Reflexiones acerca de la vida cotidiana jesuítica a partir de una fuente oral


Por: Juan Camilo Biermann. 
22 de mayo de 2003


INTRODUCCIÓN

Cuando se plantea un trabajo sustentado en una fuente oral, además de procurar los medios y la bibliografía pertinente sobre el tema, se debe tener en cuenta las implicaciones que este tipo de investigaciones guarda dentro de sí. La cuestión de que las fuentes hablen –ya no metafóricamente-, tengan una voz, un sonido, un tono y un timbre, una entonación y un énfasis particular, brinda al investigador nuevos elementos de análisis e información que –sin querer comparar- ofrecen nuevas dimensiones y nuevas subjetividades que pueden ampliar el horizonte del estudio y profundizar, más allá de los meros hechos, en la vida humana experimentada y vivida, en la memoria misma que se funde y se confunde en su propio marasmo y que da al texto un aliento de viento a partir del cual la labor del historiador puede sentirse más humana, más tangible, más sensible.

El trabajo que aquí se presenta tiene como objetivo ingresar a la vida jesuítica durante un día; caminar unos minutos por sus pasillos, sentir su disciplina y buscar aquellas sensaciones, vivencias y creencias que sirvieron de urdimbre dentro de esa particularísima mentalidad religiosa que tuvo (y tiene aún) mucho que ver con el desenvolvimiento y desarrollo de diversas políticas en muchísimos países, incluido entre éstos Colombia.  De esta manera, logré contactar a un jesuita retirado quien, muy amablemente, se prestó para una serie de preguntas sobre un tema que quizá parezca nimio, pero en el que yo veo una fuente potencial para posteriores análisis y comprensiones. Fue éste la rutina “conventual” durante la etapa de preparación (noviciado), a través de la cual traté de urdir un poco esa cotidianidad disciplinada y silenciosa de la que tan poco se sabe y se habla.
El trabajo está organizado de la siguiente manera. Arranco de una reflexión metodológica, en la que expondré las dificultades con que tropecé y algunas de las facilidades que el método utilizado (entrevista grabada) me brindó. A continuación, presento la trascripción de la entrevista; finalizo el trabajo con un sucinto análisis de lo dicho por el entrevistado y trato de insinuar posibles profundizaciones sobre este apasionante tema.

                                                                                                                     



Metodología

Los pasos que me planteé para este estudio fueron los siguientes: (1) Elección del tema; (2) Entrevistar a una persona que pudiera hablarme de ello desde su propia vivencia; (3) Analizar sucintamente lo dicho en la entrevista, sopesando las ventajas y desventajas que implica el trabajo con fuentes orales. Esos fueron, básicamente, los puntos que guiaron mi trabajo investigativo. A continuación hablaré un poco de ellos, adelantándome un poco a la cuestión referente a las dificultades y bondades de la metodología planteada.

Para elegir el tema tuve que tener presente su accesibilidad; es decir, que existiera una posibilidad real (y realizable) de entrevista a alguien que pudiera contarme sobre ello. De esta manera, el punto (1) y el (2) están íntimamente ligados. La persona que se prestó para la entrevista (Pedro Carlos Ortiz) logré contactarla a través de mi padre, quien lo conocía de años atrás; no obstante, la confianza que ellos se tienen no pudo generarse entre nosotros en cuestión del par de días que tuve la posibilidad de hablar con él. Esto se vio reflejado en una serie de advertencias y restricciones que me hizo antes de comenzar la entrevista; entre ellas, que no pensaba contestar nada sobre su vida presente, que de él no diría más allá de su nombre y otro par de datos –con los que precisamente comienza la entrevista que presentaré a continuación-; así pues, desde el comienzo, el campo de interrogaciones se vio limitado.
La entrevista que pensé contaba con dos partes: la inicial, en la que trataba de averiguar un poco sobre el entrevistado y sobre el proceso general que debía atravesar un novicio hasta el sacerdocio y, la segunda, una aproximación mucho más específica a la cuestión de la rutina diaria. Así pues, traté primero de hacer un trabajo extensivo, que abarcara un buen periodo cronológico, para después tender más hacia lo puntual profundo, mezclando de esta forma –aunque no totalmente- lo diacrónico con lo sincrónico.


ENTREVISTA

E= Entrevistador
P= Pedro Carlos Ortiz (entrevistado)

E: ¿Cómo es su nombre?
P: Pedro Carlos Ortiz
E: ¿En dónde nació y en qué fecha?
P: Bogotá, 2 de agosto de 1939
E: ¿Dónde llevó a cabo su educación primaria y secundaria?
P: En Bogotá, en el Colegio San Bartolomé; pero no terminé bachillerato allá
E: ¿Entonces dónde?
P: Allá donde los jesuitas
E: ¿Qué hacían sus padres?
P: El padre era arquitecto y la madre ama de casa
E: ¿Cuándo entra usted al seminario?
P: Eso no se llamaba seminario… se llamaba noviciado de los jesuitas, es decir, de la Compañía de Jesús en Colombia; y se llamaba la Provincia de Colombia. Fue exactamente… bueno, no me acuerdo exactamente de las fechas pero… fue fines de enero, hacia el 29 de enero de… hasta donde yo me acuerdo 1955.
E: ¿Cuánta gente entró con usted en esa ocasión?
P: Había muchas fechas de ingreso, ésta fue la de… es que habría que explicar un poquito… es que hubo algo previo que llamaban postulantado, que eran doce días antes de entrar uno propiamente en el noviciado. Eso fue fines de enero de ese año
E: ¿Cuánta gente entraba más o menos por año?
P: Bueno había… en esa época no sé… sería un grupo de seis tal vez… había otras fechas de ingreso muy importantes en diciembre, que eran fiestas de santos o de santas, y yo creo que el ocho de diciembre, fiesta de la Virgen María, entraba mucha gente… sí, había una pocas fechas, que eran clásicas. El 2 de febrero era una fecha oficial de entrada al noviciado
E: ¿Más o menos cuántos novicios?
P: Bueno, en esa época era un florecimiento increíble. Yo creo que en ese año habían entrado, hablando en números redondos, unos cincuenta. Ese y el año anterior, fueron años récord de las estadísticas de muchos años… Tanto que, al poco tiempo, tuvieron que abrir otro noviciado -además del de Santa Rosa de Viterbo- cerca a Río Negro, en La Ceja, y algunos de mis compañeros alcanzaron a ser los fundadores de ese otro noviciado, lo cual también coincidió con la división de la Provincia de la Compañía de Jesús de Colombia. Por eso años hicieron la división, porque habían crecido tanto que cada provincia tenía su noviciado…
E: ¿Y quién coordinaba cada noviciado?
P: Si quiere entro a explicar todo eso… porque había toda una jerarquía, era una organización increíble…la Provincia… el que era la cabeza de la Provincia se llamaba el padre provincial, y muchísimos de los términos que voy a usar eran en latín; la lengua oficial era el latín… después del noviciado, venía un periodo que llamaba el juniorado –de juniores, los jóvenes- y se estudiaba muchos años latín clásico y llegábamos a hablar el latín claramente, un latín muy elegante, y leíamos cantidad de autores en latín, y escribíamos y hablamos entre nosotros en latín.  Entonces, después había un viceprovincial… yo no me acuerdo bien de toda esa jerarquía… venía después un padre que se llamaba el socio, que era como el secretario privado del provincial. Había sedes también… la casa de la Provincia colombiana oriental, que estaba en Bogotá; y la de la occidental, estaba en Medellín. Cada casa, cada sede, tenía una jerarquía; había el superior o el director. Y el colegio también tenía eso, que ya no era el director sino el rector, el vicerrector, jefe de disciplina, jefe académico y había los sacerdotes, los padres, los estudiantes y un grupo más o menos grande, que eran los hermanos legos o coadjutores, que eran los ayudantes que se encargaban de los oficios domésticos y otra clase de oficios. Pero también había un padre ecónomo, encargado de llevar las cuentas de la casa o la sede, y que era el que manejaba la plata, que era bastante…  a pesar de que ellos se decían que eran pobres.
E: ¿Solían ser colombianos los miembros de la plana mayor de la Provincia?
P: Sí, la mayoría, eran colombianos, sobre todo las directivas… Sí había algunos extranjeros; yo recuerdo algunos vascos, que habían venido al país en la época de Franco o desde antes tal vez… y había algunos pocos de Ecuador y padres como visitantes. Ya dentro de los estudiantes, a partir del juniorado, había muchos estudiantes extranjeros que venían de la viceprovincia de Venezuela…
E: Regresemos un poco a lo del noviciado, ¿dónde hizo usted el noviciado?
P: En Santa Rosa de Viterbo… voy a explicar un poco cómo fue ese período… había unos días de prueba, en los que llegaba uno, que era el postulantado… uno venía humildemente a solicitar el ingreso a la comunidad jesuítica. Entonces, uno estaba recluido y no podía hablar con nadie, tenía una habitación propia; había, entre los novicios, uno muy especial, que se distinguía por sus cualidades, que era el encargado de los postulantes. Todavía se hablaba en español, y lo iba introduciendo a uno en las reglas de la comunidad… Después de esos días era lo que se llamaba el ingreso al noviciado, un noviciado que duraba dos años, y que era un proceso de prueba. Eso se lo decían a uno continuamente.  Ahí recibía uno lo que llamaban antiguamente el hábito, la sotana.  Dos años de prueba bajo una disciplina terrible; la disciplina militar se quedaba en rines, no tenía punto de comparación.
E: ¿Cómo era eso?
P: Había un primer año, en el que había un horario especial, y se estudiaba mucho. También una cantidad de reglas, de disciplina… El segundo año era cuando uno ya era un poco más antiguo; y en ese segundo año existían las llamadas pruebas…
E: ¿Cuáles eran los requisitos para entrar a la Compañía?
P: Bueno, tal vez ellos se fijaban en las referencias: dónde estudió, de qué familia viene, que padre lo recomienda. Yo creo, a la hora de la verdad, tenían mucho que ver unos padres que trabajaban en vocaciones, vocaciones sacerdotales, que trabajaban muchas veces en los colegios de los mismos jesuitas o en otros colegios a los que iban. Ellos conocían desde antes a los candidatos, y la condición principal era el deseo de servir a Dios, a Jesucristo, la vida perfecta, la salvación de las almas; y era todo un lenguaje basado en la Biblia y en citas del Nuevo Testamento que Jesucristo decían que Él llamaba a muy pocos. Entonces insistían mucho con que uno era una persona escogida por Dios y que lógicamente eso tenía toda una sustentación religiosa, teológica. Yo creo que la mayoría… las condiciones eran aceptar… bueno, primero conocer las condiciones, exigencias, y finalmente, después de los dos años había una serie de exámenes o de conclusión, de análisis por parte del maestro de novicios, que era la gran autoridad, y también había un padre espiritual, y el rector… y todos esos se reunían  y daban el visto bueno. Y después de los dos años, sí venía el compromiso serio: los tres votos perpetuos: pobreza, castidad y obediencia.
E: ¿Pero se seguía viviendo en Santa Rosa?
P: La segunda etapa, que también físicamente era en un edificio muy grande, estaban separados. No había comunicación, entre los juniores y los novicios; no podían hablar, porque la regla del silencio era muy importante y se cumplía. Uno tenía que pedir permiso… para todo había que pedir permiso; entonces la autoridad era real, era diaria, no era una autoridad teórica. Si a usted le dan una orden, obedézcala. Continuamente, había órdenes habladas y escritas, y el que no cumplía órdenes tenía un castigo.
E: ¿Cuántos años estuvo usted de jesuita?
P: Muchos años, muchos… por lo menos quince años.
E: Tratemos de separar por fases, para que me cuente un poco de cada una… Estaba hablando de los dos primeros años
P: Sí, sí…
E: ¿Después qué vino?
P: ¿La segunda fase?
E: Sí
P: Duraba tres años, pero depende… teóricamente duraba tres años, para los que no eran bachilleres. Y yo no era bachiller… Para los que ya eran bachilleres, se les acortaba uno o dos años.  Y los que no éramos bachilleres, en parte como requisito del Ministerio de Educación, completábamos con creces una formación clásica sumamente buena. Yo creo que única en todo el país. Tiene que tener en cuenta que estoy hablando del final de la década del 50, comienzos del 60, porque yo creo que eso ya no existe, eso habrá cambiado mucho. No creo que todavía exista esa disciplina, en eso han cambiado mucho… no creo que estudien mucho latín… y griego ni hablar.
E: ¿Y después?
P: Después venía un año intermedio, que llamaban el año de ciencias, que era como muy local. Era una intensificación de materias que de hecho no tenían que ver directamente con la formación clásica, sino con materias que no se habían visto en el bachillerato, concretamente en esa época lo que era quinto y sexto de bachillerato. Por ejemplo todo lo que fuera matemáticas, física, química… básicamente eso. Entonces era un pénsum muy especial y muy intenso porque en un año se tenía que estudiar lo que en los colegios se estudiaba en dos. Y después venía, que también era muy importante, tres años de filosofía, filosofía escolástica. A mí me tocó la transición, cuando ya algunas clases las dictaban en español. Y terminaba uno, y se graduaba uno también como estudiante, inscrito en la Universidad Javeriana, en la Facultad de… lo que llamaban las Facultades Eclesiásticas; era entonces filosofía escolástica estricta y uno terminaban con la Licenciatura en Filosofía y Letras. Después llegaba otro periodo, que era tomado como una de las grandes pruebas, que llamaban el magisterio; eran dos o tres años que iba uno de profesor a los colegios jesuitas, con una carga docente muy fuerte y también con mucha disciplina y muchas exigencias como profesor… por lo general, eso no era ley escrita, cuando uno se portaba muy bien se reducía a dos años; pero a veces, algunos no se portaban bien, tenían problemas, eran muy laxos, y les ponían un tercer año de magisterio que, para muchos, lo consideraban como un castigo.
E: ¿Y después de la docencia…?
P: Después venía lo que era como lo máximo, que era cuatro años de teología, de escolástica. Y al terminar el tercer año de teología se llegaba a la cumbre: la ordenación sacerdotal; porque siempre se insistía, a lo largo de los años, toda esa formación tan completa era enfocada hacia la meta del sacerdocio, el servicio a Dios y el servicio a las almas; ésa era otra cuestión que repetían todos los días. Entonces una vez uno recibiera la licenciatura en teología, ya se suponía que uno iba a trabajar en muchos campos, especialmente en la educación en los colegios.
E: ¿Cuántos años le tomó a usted hacer todo ese recorrido?
P: Habría que hacer las cuentas… por ahí unos quince años
E: Todo ese proceso hasta el sacerdocio, más o menos hasta el año 70…
P: Si más o menos hasta el 70…
E: ¿Cuál era la perspectiva a futuro como sacerdote, con licenciatura?
P: Ya uno salía con dos licenciaturas que tenían validez frente al Ministerio colombiano; entonces eso varía… los que eran muy capaces, muy esforzados, académicamente hablando, se suponía que éstos se especializaban; entonces, iban a Europa, a Estados Unidos, tal vez a las mejores universidades… en Alemania, yo estuve en Alemania concretamente, a sacar una especialización, un doctorado en algo… en filosofía moral o en teología… qué sé yo… Y luego regresaban a engrosar las filas de los profesores de filosofía y de teología… en ese sentido había una retroalimentación.
E: ¿Una estructura cerrada?
P: Cerrada pero bien abierta al mundo… un diálogo con el mundo…
E: ¿Pero había presencia laica dentro del profesorado?
P: A veces sí… yo estoy hablando de esa época… por lo menos el primer laico aparecía en algunos cursos especiales de filosofía… sobre psicología o conductismo… uno asistía también a muchas conferencias de laicos… y los laicos se veían como que no eran de los nuestros, porque existía un sentido de cuerpo, de pertenencia… saliéndome un poco del tema… es que la administración era a nivel mundial… era como una especie de multinacional [risas], de mafia blanca… Y entonces, se usaba el término nostri, de los nuestros… había un sentido de cuerpo, de solidaridad… eso no quiere decir que no hubiera pugnas intestinas; claro que las había… eran seres humanos… Me acuerdo que a veces se armaban unos conflictos terribles, por los años 60, sí… ¿usted conoce algo de eso? Era la Iglesia Católica de América Latina con todo el problema de la teología de la liberación… de una tendencia bastante aproximada al marxismo…
E: Sigamos ahora con la rutina dentro del noviciado…
P: Sí
E: De toda esta parte, de los quince años, si puede elegir un período… cómo era la rutina diaria
P: Hasta donde yo me acuerdo, porque había muchos muchos detalles
E: Sí
P: Algo que atravesó todo ese tiempo, algo clave, era la disciplina, el espíritu ignaciano, y era que todos los años uno tenía la obligación de hacer ocho días de ejercicio espiritual… siempre había sacerdotes especializados… era el ejercicio espiritual según el método de San Ignacio. Eran ocho días de encierro total y silencio absoluto… no exagero… se tomaba muy en serio. Era tomar el librito de San Ignacio, con todas sus consideraciones llamadas meditaciones; era un reforzar es. Esos ocho días cada año, era volver y profundizar y remachar lo que a uno le habían dicho en el noviciado… Que después la gente se relajaba y se volvía más laxa, más libre y hacía interpretaciones a su acomodo…
E: Sí, pero sobre la rutina…
P: Sí, sí. Ubiquémonos rápidamente… Era en Santa Rosa de Viterbo, un edificio grande, construido por los jesuitas; no por las manos de los jesuitas pero sí encargado por los jesuitas…
E: Una cosa, antes de seguir. ¿Dónde queda Santa Rosa de Viterbo?
P: Queda cerca de Duitama
E: ¿Y el clima?
P: Frío, muy frío…
E: ¿Llovía mucho?
P: No, no llovía mucho, pero por las mañanas hacía mucho frío y por las noches también. Pero uno aguantaba frío, aguantaba calor, aguantaba todo…
E: Sí
P: Había una campana grande; la campana era la voz de Dios, vox Dei. Estoy hablando del noviciado. La campana sonaba a las cinco cero cero. Los novicios, que en mi época eran como 100, salían todos al tiempo… Estaban distribuidos en camarillas, que eran cuartos como de dos metros y medio de alto, separados por tabiques de dos metros; adentro de éstos había una cama de tablas con un colchoncillo muy delgado… y una cobija. Al lado había una palangana y una jarra de agua, siempre fría. Había también un pequeño pupitre, con un par de libros adentro: libros de doctrina, el misal, y otras cosas.
E: Bueno, sonaba la campana y qué pasaba?
P: Sí, sonaba la campana. El más antiguo dentro del dormitorio era el encargado de prender la luz de todas las camarillas. Entones uno se levantaba, se lavaba las manos y la cara con un poquito de jabón…
E: ¿Y cuál era la primera actividad del día?
P: Uno se ponía la sotana y se llevaba el rosario… siempre un rosario en la mano. Salía del cuarto, saludaba a un cuadro de la Virgen María que había en uno de los corredores… luego subía uno a la capilla, porque el noviciado tenía su propia capilla; y allí se hacía lo que se llamaba el ofrecimiento de obras, que duraba como cinco minutos y que eran oraciones aprendidas de memoria
E: ¿Y el desayuno?
P: Antes del desayuno, a las cinco y media en punto sonaba otra vez la campana. Uno ya debía estar en su cubículo donde tenía que llevar a cabo sus meditaciones con base en los textos de la Biblia… eso duraba como una hora… después, a las seis y media, sonaba un timbre. Entonces se bajaba en fila, siempre en absoluto silencio… todo el día había silencio… Se iba de la capilla grande, que era muy bonita, todo muy limpio, muy limpio… como una buena cárcel… Entonces llegaba la misa, con cantos, en latín, y toda la cosa. A eso de las siete se bajaba al comedor…
E: ¿Y allí desayunaban?
P: Sí. Todo totalmente en silencio. Se tomaba a veces chocolate con un pancito… un desayuno muy sobrio...
E: ¿Cómo era la dinámica durante el desayuno?
P: Bueno, silencio absoluto y uno meditaba. Se suponía que en el silencio uno pensaba en Dios, en San Ignacio, en los santos… siempre se rezaba, antes y después… Uno desayunaba muy rápidamente y luego a las siete y media u ocho comenzaba el estudio; porque todo el día estaba separado por horas… el estudio de media hora, primero… luego, al comienzo del noviciado, las clases de latín… con un profesor, ¡de eso sí me acuerdo!, de un neurótico… el padre Rojas. Cuando alguien se equivocaba pegaba un grito: “¡Hermanito, fíjese! ¡Es que usted no se fija, anda distraído!…”
E: ¿Clase sólo de latín?
P: No. Venía primero la de latín; luego una de griego, o algo así… y después otra hora en la que le explicaban a uno las reglas… Cada uno tenía su cuaderno, su esferito, su lápiz, y tomaba nota de lo que se decía en clase...
E: ¿Clase hasta el mediodía?
P: Sí. Al mediodía, a las doce del día, se rezaba el Angelus y luego seguía el examen de conciencia; entonces uno tenía que preguntarse: esta mañana ¿yo qué hice? Repasaba uno desde que se levantaba hasta ese minuto… ¿Cometí errores?… Si no, le agradezco a Dios…
E: ¿Y quién marcaba esos tiempos? Es decir, ¿la campana sonaba avisando lo que se debía ir haciendo a cada momento?
P: No. Era el timbre…
E: ¿Y a qué horas almorzaban?
P: Después del examen de conciencia. Uno bajaba, siempre en silencio, llegaba al comedor… En el comedor siempre había lectura, excepto los días festivos… Todo eso estaba calculado. Todas las actividades estaban muy bien organizadas según un tablero grandísimo… que unos hacían el almuerzo, otros servían… mientras otros leían… Y una vez se terminaba el almuerzo venía la primera quiete; quiete es descanso en latín
E: ¿Cómo era eso?
P: Todo estaba organizado… Uno salía en grupos de a tres; esos grupos los organizaba el hermano distributario, que tenía mucha autoridad dentro de los novicios; era como la mano derecha del maestro de novicios.  Entonces salía uno del almuerzo e iba por los parques, por los jardines; todos muy bien cuidados…
E: ¿Siempre de a tres?
P: Sí, siempre. Claro, a veces sobraba uno, entonces era la cuaterna…
E: ¿Nunca por pares?
P: Nunca.
E: ¿Y qué hacían?
P: Uno hablaba de cosas edificantes… que había leído no sé quién…
E: ¿Era como una reflexión peripatética después de almuerzo?
P: Más o menos. Era hablar y caminar; uno no se podía sentar… Y después venía la segunda quiete, en la que uno dormía siesta, pero yo nunca dormía siesta… yo tenía un libro, entonces leía y a veces me cogía el sueño
E: ¿A qué hora terminaba la segunda quiete?
P: A las dos y media
E: ¿Qué se hacía por las tardes?
P: Bueno, venían algunas clases más, creo… Y por las tardes había otra actividad que se llamaba manualidades o una cosa así… y más tarde la merienda, las onces. Entonces, iba uno al comedor y era agua de panela con alguna cosa… y después venía un pequeño recreo
E: ¿Hasta qué horas, más o menos?
P: Hasta las seis, porque venían los rezos… Y como a las siete y cuarto o siete y media era la cena.
E: ¿Y qué comían?
P: Comida muy corriente, qué sé yo, una sopa o algo así… muy sobrio todo. Y ya después de la comida, venía otro descanso; entonces uno iba por los corredores, otra vez, hablando cosas bonitas hasta las nueve, que era otra vez el examen de conciencia. Y después había algo que se llamaba puntos para la meditación; entonces, con libros especiales, por temas, hacía uno sus meditaciones…
E: ¿Hasta qué hora?
P: A las nueve y media se apagaba la luz y terminaba el día
E: Teniendo en cuenta todo esto que me ha contado, y ya para concluir la entrevista, ¿qué comentarios se podrían hacer acerca de la posición de los jesuitas frente al clero secular? ¿Qué importancia tenía esta formación? ¿Qué implicaba?
P: Pues, en teoría, era la misma Iglesia, al servicio del Papa, al servicio de los hombres, de los cristianos, de mucha gente…  Pero yo creo que la formación que nos daban era como de comando, de grupo elite. Había, no obstante, colaboraciones… pero es que los del clero secular, en cuanto a formación no le daban ni a los tobillos a los jesuitas.  Había mucho desprecio…






HUMILDES COMENTARIOS SOBRE EL SILENCIO


En este trabajo me planteé el objetivo de adentrarme un poco en la cotidianidad de la vida “monacal” jesuítica. Pero para no repetir lo ya dicho en las entrevista –y no hacer más extenso este trabajo de lo que ya es-, me limitaré a llamar la atención sobre un punto recurrente a lo largo de lo dicho por Pedro y que pueden ilustrar aquel mundillo distinto y distante que se esconde tras la vida de un miembro de la Compañía de Jesús. No obstante, considero pertinente mencionar que este punto por mí elegido no es en ningún momento resumen o síntesis de toda esa vida; es, sencillamente, un aspecto que me llamó fuertemente la atención y que creo que pone de manifiesto un poco de esa especificidad tras la que voy detrás y que sirvió de motor motivante de este trabajo.
Así pues, para no dar vueltas, el punto que elegí es el siguiente: el silencio. Éste es mencionado abierta y recurrentemente por Pedro a lo largo de la entrevista[1], y será a partir de esas alusiones sobre las que apoyaré mis reflexiones.

¿Qué es el silencio? ¿Es éste acaso solamente una ausencia de ruido, de voces, una carencia? ¿O hay algo más allá? Sería demasiado superficial afirmar que el silencio es simplemente callarse la boca, sellar los labios, apagar la lengua. Es cierto que estas palabras no carecen de razón; algo implican, pero omiten el doble sentido del término: el silencio es algo que va, pero también que viene. Es decir, el silencio no sólo es callar; es también no escuchar. Aquí creo que radica la importancia de esto y el vínculo que brinda coherencia a la reflexión que suscito.

¿Qué dice Pedro sobre el silencio? El silencio es el espacio de contacto con Dios, a través del cual uno ha­bla con Él;  es la oración, la meditación, toda esa serie de palabras aprendidas de memoria en un len­gua­je ci­frado (el latín) que le brinda a esta particular comunicación un carácter sagrado y secreto, personal e ín­ti­mo. Es un encuentro con ese Dios por el que uno se sacrifica, por el que uno se esfuerza; por el que uno vive.
¿Qué implica esta visión teológica del silencio? Desde lo escuchado a Pedro, considero que debió ser a tra­vés de esa disciplina del silencio que se obligaba a una introversión que alimentaba una vida interior; al con­vertirse esto en una obligación, luego en un hábito y, finalmente, en una costumbre –por ejemplo, a través de los exámenes diarios de conciencia- se cultivaba en el jesuita un profundo “autocono­cimiento”  de sí mismo; y pongo esto entre comillas porque significaba un constante machacar, remachar y confirmar las enseñanzas y las reglas que continuamente les repetían. En términos algo maquiavélicos, una hermosa forma de generar convicción: en boca cerrada no entran dudas vestidas de mosca.
¿Pero no podría verse este gran silencio como un arma de doble filo? Tanto silencio es sospechoso; si uno no dice lo que piensa, no se puede saber lo que el cerebro esconde. Pero, ¿puede ser ésta una real preo­cupación para los altos mandos jesuíticos? No tenía porque serlo, si ese silencio tenía un doble sentido: el silencio que es callar la boca y “callar” también los oídos. Como anteriormente sugerí, era éste un silencio que no se limitaba a sellar los labios, sino también a no oír “la voz del diablo”, la voz de la duda. De esta manera, no podía autogenerarse una autocrítica porque no se tenían elementos externos para comparar o editar las cosas desde otra perspectiva.
Vuelvo a un punto mencionado en un párrafo anterior: el silencio significaba una comunicación con Dios, hablar con Él. Esto es importante destacarlo, más si se tiene en cuenta que era considerado punible el decir que uno hablaba consigo mismo.  De igual forma, implicaba que al tener el hábito del silencio, se tenía tam­bién un hábito de hablar con Dios mismo, circunstancia que hacía ver al clero secular como menores de edad espiritual, y verse a sí mismos como los pocos elegidos –entre los muchos llamados-; en otras palabras, usando palabras de Pedro, se sentían parte de un “grupo elite, un comando”.
Pero volvamos a la prohibición de hablar consigo mismos. ¿Por qué esto? ¿Qué tenía de malo echarse, de vez en cuando, una charlita amena con el amigo que se esconde tras el espejo? Para que haya una conversación se necesitan dos, comúnmente diferentes en algo sobre lo que se constituye el tema de la charla. Si estaba Dios, dirían los altos mandos, ¿para qué hablar con uno mismo? Uno es solo eso: uno. De esta manera desvirtuaban –y evitaban-, siguiendo rígidos principios teológicos, las charlas internas, los enfrentamientos entre los habitantes del individuo. Uno es solo uno, principio tajante y castrante, medio para la consecución de una admirable disciplina y convicción a prueba de indeseables voces externas.

Como puede verse, el silencio no fue solamente una muestra de disciplina, sino también una herramienta en sí para apoyar la convicción, la creencia. Esto a través de una “fachada” teológica, que mostraba el silencio como un encuentro con Dios; en palabras textuales de Pedro: “se suponía que en el silencio uno pensaba en Dios, en San Ignacio, en los santos…”. Pero al entender el silencio como no hablar y no oír, se construye una doble barrera, un muro de dos caras: la cara interna –que no deja salir nada-, y la externa –que impide el ingreso de “la voz del diablo”-; de esta manera, los únicos que tienen acceso a la atención del jesuita –por lo menos durante el noviciado- son especialmente los mentores, el maestro de novicios, los profesores y toda esa suerte de cuadros dentro de la jerarquía jesuítica, y cuya obligación consistía en formar –darle forma-  al pensamiento de los novicios. Si esto no fuera así, el riesgo que se correría sería muy alto: se despertaría un sentido de autocrítica y una crítica al sentido de todo lo que se hacía. Así que si la convicción no era absoluta, la entrega no era total, de repente todo se despedazaba, caía el prometedor castillo de cristal de don Ignacio y el novicio -o el sacerdote- tenía que llorar la muerte de una ilusión.



[1] La entrevista a Pedro tuvo una duración aproximada de noventa minutos. El texto que se presentó anteriormente sólo cubre una parte de la totalidad de la entrevista; esto lo hice por dos razones: (1) porque al ser tan extensa y tan rica en datos dificultaba la labor que me había propuesto y podía convertir este trabajo en un enorme océano de dos milímetros de profundidad; (2) por lo dispendioso que habría sido para mí el haber trascrito toda la entrevista y el riesgo que esto im­plicaba: convertir a la entrevista en cuerpo y cabeza del trabajo al limitar el tiempo disponible para su análisis y comentario.

sábado, 22 de febrero de 2014

PERRO SIN DIENTES NO MUERDE. Imágenes de Gaitán en el billete de 1000 pesos

Introducción

El trabajo que aquí se plantea tiene como objetivo interpretar algunas de las imágenes presentes en el billete de mil pesos. Para esto, voy a describir sucintamente los objetos que en éste aparecen representados, para después adentrarme en la labor de su interpretación y posibles significados.

Terminaré este ensayo –a partir de los resultados de mi interpretación- planteando algunas de las implicaciones de las imágenes plasmadas en el billete.

A manera de contextualización, me valí de dos libros: Gaitán: Vida, muerte y permanente presencia,  de J. A. Osorio Lizarazo (Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1979) y Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia de Herbert Braun (Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1987).

Rostros y rastros en el billete de 1000 pesos
El billete de mil pesos surgió, por segunda vez en nuestra “historia numismática”, en el año 2001 ante el inaudito e incontrolable aumento de moneda falsa de mil pesos. Estas últimas, aparecidas a mediados de la década de 1990, reemplazaron a su vez a un billete de 1000 que mostraba sobre sí el rostro de Simón Bolívar, bajo un fondo azul.



Así pues, y casi podría decirse por la “malicia” misma de un determinado grupo perteneciente al pueblo colombiano, Gaitán había terminado sustituyendo a Bolívar en un billete, cambiando, de paso, el azul rey por un pardo rojizo, cercano a un rojo moderado.

Claro que ahora, el billete de mil no vale (ni cuesta) lo que hace diez años. Es, en este tiempo, el de menor denominación, pero al mismo tiempo el más abundante. El que más se ve en los buses y cafeterías, en los bolsillos modestos y las billeteras menos gruesas. Es, por así decirlo, el billete más popular.

Durante la década de los 60’s (más exactamente, a partir de 1965), comenzó a circular en Colombia la moneda de 20 centavos que llevaba, estampada en una de sus caras, el rostro de Jorge Eliécer Gaitán. Aparecía de perfil, bien peinado y con la boca cerrada. Ésa fue la primera vez que el caudillo apareció en los bolsillos colombianos. Ahora, casi cuarenta años después, surge de nuevo por un homenaje que el Banco de la República desea concederle. Un homenaje a un caudillo liberal, asesinado en las calles bogotanas hace más de cincuenta años. Alguien que encarnó en sí una nueva forma de interpretar  “la voluntad popular”, poniendo el acento en la pequeña burguesía, dándole a su ideología un cariz de particular socialismo[1].

¿Pero hasta qué punto logra este homenaje transmitir esa memoria que celosamente guarda un importante número de colombianos que vieron en él una esperanza de verdadera representación política, de modelo a seguir? ¿Qué es lo que realmente pretenden transmitir las imágenes estampadas en este billete? ¿Qué se recuerda y qué parece que se olvida?

A continuación pasaré a describir y analizar algunas de las imágenes que más me llamaron la atención, aprovechando para resaltar también aquéllas que, por razones que desconozco, aparecen en el plan original del billete pero que, en la “versión final, no aparecen[2].

 

Cara A



Destacan en esta cara, según mi opinión, las siguientes imágenes: la figura en primer plano de Jorge Eliécer Gaitán, el “pueblo”, de fondo, expectante y atento; y la balanza inscrita en una circunferencia. Voy a dejar de lado las dos frases ubicadas en el extremo superior izquierdo, así como en la firma, para centrar mi atención únicamente en las imágenes mencionadas.

Gaitán en primer plano, el pueblo tras él


Tomada de la página 339 del quinto volumen de la Historia de Colombia de la Editorial Oveja Negra ([s.f.])[3], destacan, a mi parecer, la boca entreabierta, el brazo derecho levantado –a manera de saludo a la multitud-, la mano derecha sosteniendo un sombrero que apenas se alcanza a ver, el brazo izquierdo pegado al cuerpo, pétreo e inmóvil; el pelo brillante y bien peinado, el rostro esbozando un gesto afectado, poco natural. Es, según percibo, un Gaitán bastante parco, elegante y bien arreglado, que no mira directamente a la multitud; es más, le da la espalda: quizá dirigiéndola hacia alguna parte o, tal vez, presentándola frente a algo o alguien.


En el billete, Gaitán está sobre la multitud, más arriba, más grande, mejor enfocado (a pesar de ser el pueblo superior a sus dirigentes); no está entre ellos, no está rodeado por ellos. No se mezcla con el pueblo, no se confunde con él. Está sobre ellos, ocupando un primer plano generoso, cubriendo de paso a la gente a sus espaldas.

Por su parte, la gente observa curiosa hacia un lugar que parece acercarse al punto en el que se pierde la mirada del caudillo. Escucha, no habla entre sí. Esta imagen corresponde, precisamente, a una foto tomada de la manifestación del silencio, que dirigió Gaitán en Febrero de 1948 en la ciudad de Bogotá[4].

La multitud está compuesta en su gran mayoría por hombres de sombrero y corbata, mestizos, de rasgos aindiados, acompañados a su vez por algunas banderas que se levantan a manera de estandartes. No son ya las banderas negras del luto por los muertos de la violencia partidista –como en aquella manifestación se demostró-, sino telas que más parecen hacer alusión a un apoyo sin escudos ni pancartas escritas; son sólo banderas, quizás del partido liberal; quizá, simplemente, telas levantadas sin mayor significado.

La balanza


Según la exposición en la Casa de la Moneda, el espacio ocupado por esta balanza estaba reservado a un pequeño micrófono. Según la misma fuente, buscaban a través de esta imagen hacer alusión a los viernes culturales, jornadas durante las cuales Gaitán  daba extensas conferencias sobre múltiples temas en el teatro que ahora lleva su nombre (ubicado en la carrera séptima con calle 24, en Bogotá). Pero, y unas vez más por razones que desconozco, este pequeño micrófono no se incluyó en la “versión final”, cediendo su espacio a una balanza que bien puede hacer referencia a la formación en derecho del caudillo liberal o bien a alguna consigna que Gaitán hiciera como una manera de buscar una mayor equidad al interior de la sociedad colombiana. No creo que represente la justicia que fue incapaz de aclarar, tras tantos años, los móviles claros y verídicos de la muerte del protagonista del billete.

Lo que faltó

Para finalizar con esta descripción y  sucinto análisis de la primera cara, considero pertinente mencionar uno de los objetos que no fue finalmente incluido en esta faz, pero que sin embargo aparece presente en la exposición que presenta el Banco de la República en su Casa de la Moneda.
El elemento que hace falta constituye un motivo que ocupaba parte del fondo del billete (en la versión que conoce el público, ese espacio se encuentra ahora en blanco; ver ilustración junto a este texto). El papel aparece allí sin adorno alguno, después de que se había pensado para él un pequeño y delicado dibujo de un racimo de bananos que, al repetirse, constituía un detallado tapete que representaba, según lo que se presenta en la Casa de la Moneda, toda la cuestión referente a la matanza de las bananeras y a la amplía labor que llevó a cabo Gaitán como abogado para darla a conocer.


CARA B


En esta otra cara del billete, considero como imágenes importantes el rostro de Gaitán, la muche­dumbre tras su imagen y, debido a su ausencia,  una serie de elementos que no terminaron saliendo en el billete que ahora circula por el país.

Gaitán y la muchedumbre


Lo primero que salta a la vista al observar esta cara del billete es la gran cabeza del caudillo liberal. Viste, hasta donde se permite ver, con elegancia;  su pelo no presenta arrugas, su peinado no muestra im­perfecciones. Mira al frente, pero no es una mirada que despierte resquemores ni rencillas; es una mi­rada parca, tranquila, como de quien escucha sin afán de interrumpir. Su nariz ancha apunta hacia aba­jo; no enseña las fosas, aquéllas que se abrían de par en par cuando daba sus largos discursos frente a las masas que se reunían a aclamarlo. La boca está cerrada, silenciosa (silenciada?), algo torcida, pe­ro más por lo que parece ser un rasgo físico inherente al personaje, que un gesto intencional de des­precio o asco. Casi parece que fuera a sonreír, al verle la comisura de labios apretada de esa manera.
Los dientes no aparecen. Ya en la imagen de la cara anterior se esbozaban tímidamente. Aquí no aparecen, ni siquiera se sugieren en el gesto. Están ausentes, bien guardados.
Refiriéndose a los dientes de Gaitán, Braun los entiende como “símbolo de agresión”: “sus dientes eran símbolo de su personalidad: agudos, incisivos, caninos” [5]. Así, de esta forma, se puede ver que el re­trato que se presenta en el billete no invita en ningún momento a la agresión. No se muestra, ni si­quie­ra, como un individuo agresivo. Tampoco bonachón y vivo; es sencillamente una imagen de bi­lle­te más, en tanto quieta, aplomada y seria. Es un recuerdo estático que no tiene por qué hacerse mover.

Tras la enorme cabeza de Gaitán, se ve, ya más numerosa, una muchedumbre que lo observa curiosa, sonriente, expectante y, me parece a mí, llena de esperanza. Compuesta por hombres y mujeres, la imagen muestra a un grupo de gente que, levantando la cabeza hacia la imagen del caudillo, atiende atenta a quien parece que los representa.
Una vez más, Gaitán le da la espalda a su pueblo. Pero está vez, a diferencia de la cara anterior, se le percibe más unido a la masa que lo acompaña detrás. No obstante, continúa situado en una posición más alta, mejor enfocado y detallado; diferenciado de los demás.

Lo que faltó

Grande fue mi sorpresa al ver, en la Casa de la Moneda, que se tenía pensado incluir un pequeño di­bu­jo al carboncillo que Gaitán había pintado en su adolescencia y en el que representaba una pietá. Y no só­lo esto: estaba dentro de los planes rodear este pequeño dibujo con la dedicatoria que había escrito el cau­dillo en su tesis de grado de la Universidad Nacional de Colombia. Ésta rezaba así: “ A mi madre: con el tributo pleno de mi amor ardentísimo a ella, faro en mis tinieblas, puerta en mis naufragios, cari­dad y bálsamo en el dolor cruel de mis heridas”[6].

Una pietá y la referencia explícita a la madre… La mezcla perfecta para hacer de Gaitán una imagen me­siánica, un Jesucristo mártir colombiano. Afortunada o desafortunadamente, tanto la imagen como el texto se omitieron. Habría podido despertar sentimientos de añoranza demasiado fuertes. La sola idea de Gaitán como Salvador podría haber implicado la búsqueda de un culpable al que se le tildaría de “anti-Cristo”. Pero esto ya es un poco exagerado; no creo que un billete pudiera despertar un sen­ti­mien­to que durante más de medio siglo ha sido domesticado.  Aunque sí considero que, no ya una reac­ción violenta, sí hubiera podido generar un malestar por la muerte del presunto enviado divino. Y ade­más, y más peligroso de todo, habría sido una legitimación –demasiado sutil- del levantamiento del 9 de Abril de 1948 –y días subsiguientes-, en tanto el pueblo había reaccionado legítimamente ante se­me­jante asesinato, siguiendo un poco su imaginario católico.
Pero, como mencioné desde el comienzo, estos detalles fueron omitidos. Así como aquel pequeño y de­­licado motivo que adornaba el fondo del billete (de forma semejante a como se explicó para la cara an­terior), que representaba una semilla germinando, imagen que aludía, según lo que se presenta en la Ca­sa de la Moneda, a la idea de que Gaitán no murió en vano al dejar germinando muchas de sus ideas.

A manera de conclusión

 Se ha visto a lo largo de este recorrido cómo la imagen que aparece del caudillo liberal despierta una sensación de parquedad, de calma; nunca de agresividad. La ausencia de sus dientes grandes y violentos, del sudor que le bajaba por la frente en la mitad de sus discursos, sus ojos desorbitados por la emoción; su cara de “indio” o de “negro”, con su pelo enmarañado y su voz invitando al pueblo a seguirlo. Se muestra, en cambio, un Gaitán frío, distante, en demasía serio.  Tieso, inmóvil, sobre un pueblo que ve en él su gran esperanza de mejoramiento de las condiciones de vida.

Además de esto, es importante decir que el billete está dedicado al Gaitán vivo, no al muerto. Es decir, no hace en ningún momento alusión al “Bogotazo” (aquí habría que preguntarse una vez más por qué omitieron el racimo de bananos, la pietá, la dedicatoria de la tesis y la semilla germinando); para ellos la vida de Gaitán no tiene nada que ver con su muerte. Gaitán no vivió su muerte, su muerte no fue vivida con Gaitán.

Considero que hay un intento consciente –por parte de aquellos que diseñaron el billete- de brindar una imagen viva de Gaitán. Un Gaitán que sea sinónimo de socialista utópico, de hijo del pueblo e incluso hasta del mejor político de la historia de Colombia. Pero nunca sinónimo del 9 de Abril, ni del vandalismo ni de la violencia que despertó su desaparición.

El pueblo que aparece acompañándolo es un pueblo tranquilo, reflexivo y curioso. No violento ni insatisfecho con el mal gobierno. Es, como el espectador del billete puede corroborar, un pueblo sin manos o, mejor dicho, de brazos caídos; tranquilo, con el aire amable del campesino gentil o del rolo bien educado. Y, además, silencioso, con la boca cerrada para poder escuchar mejor las consignas de su líder, estampadas en una de las caras del billete.

Un trabajo admirable de manipulación de imagen, de creación de memoria a partir de la cotidiana presencia entre la gente. Bien lograda, muy sobria y lo suficientemente conciliadora para no despertar rencillas ni oscuras sospechas. Definitivamente, y con esto termino, un trabajo que vale más de mil pesos.






[1] Braun, H. Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1987. Braun escribe: “Gaitán significó para un amplio y numeroso sector popular colombiano una nueva forma de entender la participación política en Colombia.[…] Él logró hacer que el pueblo se sintiera escuchado y representado en el gobierno nacional”. (p. 91)
[2] Cuando hablo aquí del plan original me refiero a lo que se muestra en la exposición de la Casa de la Moneda (del Banco de la República, carrera 6ª con calle 11), en la que se presentan y describen las diferentes partes constitutivas del billete. (Fecha de visita: 12 de junio de 2003).
[3] Según la exposición de la Casa de la Moneda.
[4] Foto tomada de: Historia de Bogotá, Tomo III. Salvat Villegas Editores, [s.f]. p. 65. Esta información la saque de la exposición en la Casa de la Moneda.
[5] Braun, H. Op. Cit. p. 158
[6] Esta información la tomé de la exposición de la Casa de la Moneda, en Bogotá.

SOBRE GEORGES DUBY Y LA TERCERA GENERACIÓN DE LOS ANNALES.


En esta entrada hablaré de los principales puntos desarrollados en dos textos: un fragmento de La historia continúa, de Georges Duby y el capítulo correspondiente a la tercera generación de los Annales del libro de Bourde y Martín, Las Escuelas Históricas. Comenzaré con este segundo texto, como una manera de contextualizar un poco el “momento historiográfico”, para después adentrarme en los planteamientos de Duby.

Con el desarrollo y la consolidación de la escuela de los Annales, empieza ésta a convertirse en una poderosa institución que apoya sus pilares, primero, en una sólida base universitaria, en la que se conjugan enseñanza e investigación; y, segundo, en un posicionamiento en diversos medios masivos de comunicación que funcionan como puentes de comunicación entre las investigaciones y una mayor gama de lectores.

La escuela de los Annales centra su atención prioritariamente en la Europa occidental y sus dependencias en un periodo que va desde la Edad Media hasta el Sigo de las Luces. Esto lo hace siguiendo las pautas ya establecidas por sus fundadores, alimentando lo que Bourde y Martin denominan “hegemonía de la reputación”. Esta hegemonía también implica un culto a los antepasados; es decir, un respeto y enaltecimiento de figuras como Marc Bloch y L. Febvre, fundadores de la escuela.


Siguiendo su ejemplo, se abandona la inclinación a la sistematización, proclamándose la primacía de la investigación científica sobre las opciones filosóficas. Esto conlleva a un desarrollo de nuevas técnicas de investigación e interpretación de documentos y fuentes y abre el espacio a una historia comparada que se encarga de valorar los documentos por su relación entre sí, constituyendo series documentales de datos comparables. Asimismo, implica una nueva elasticidad de las fuentes históricas, en tanto la relación entre historiador y documento cambia, y aparece la posibilidad y la justificación para llevar a cabo extensos ejercicios de relectura de fuentes ya conocidas.

Hay que sumarle a estas nuevas dimensiones, la cuestión relativa al tiempo histórico. Desde su “redefinición” , con los trabajos de F. Braudel, se busca ahora llevar a cabo análisis de periodos muy amplios, coherentes en su organización social y económica, coronado por un sistema homogéneo de representaciones.

Entonces, se tiene que esta nueva historia, heredada de los Annales, se caracteriza por un (re)aprovechamiento y “reciclaje” de diversas fuentes, que lleva consigo una redefinición de la relación entre historiador y fuente histórica; de igual forma, prevalece la idea de una larga duración de los fenómenos históricos estudiados. No obstante, y creo que esto no es lo más saludable, es una historia que, al no poderse desprender lo suficiente de la sociedad en la que se desarrolla, cae también en la tentación del capital; es decir, se somete ante las leyes del mercado, estudiando aquello por lo que puede ser mejor remunerada. Bourde y Martín denominan esto como una caída en el show bussiness.

Es muy interesante ver el contraste entre el panorama que dan Bourde y Martin y aquél que brinda un historiador como Georges Duby. Frente a una imagen ciertamente crítica de los dos primeros autores, Duby antepone una llena de vida, de fronteras trascendidas y metas a realizar.



Es posible que Duby no sea el “paradigma” de los historiadores de la tercera generación de los Annales;  pero sí es importante en tanto su ejemplo ha trascendido las fronteras francesas y su amplísima producción no se ha quedado en las exclusivistas bibliotecas de los especialistas y científicos sociales.

No obstante, a pesar de sus propias especificidades, no puede negarse que Duby forma parte y define algunas de las características antes mencionadas sobre la tercera generación. Pero no considero que pueda vérselo como un “hijo” de Braudel, como un de sus pupilos directos; Duby es, más bien, un historiador criado bajo la tutela de las enseñanzas de Bloch y, en especial, de L. Febvre. Viéndolo así, parece como, tal cual como reza la segunda ley de Mendel, los caracteres que no aparecieron en la segunda generación aparecieron en la tercera. Puede comprobarse en buena medida esto que aquí planteo no sólo por el vínculo estrecho que Duby no niega haber tenido con los fundadores de los Annales; también, en ese empeño, en esa búsqueda de lo mental tras lo material que ya Febvre había esbozado a lo largo de su carrera, así como en la intención de sumar a la reflexión y a la erudición algo de imaginación que llenara los vacíos y lagunas que los documentos no podían llenar, y en su deseo de constituir en torno a la investigación también un lugar de enseñanza a través del cual lo aprendido con la experiencia no se perdiera y pudiera conocer nuevos horizontes y nuevas perspectivas de análisis.

Considero que el análisis de Bourde y Martín sobre la nueva historia heredera de los Annales flaquea al hablar sobre las innovaciones que ésta trajo consigo. Desde un punto de vista ciertamente sesgado, no dedican mayor atención a figuras como Duby que no sólo produjo una enorme cantidad de textos y libros de historia, sino que consiguió dar un nuevo impulso a la historia, al darle una dimensión geográfica, mental y narrativa que la hizo más asequible, menos aburrida y, en cierta medida, más completa.

Destaco, para finalizar, uno de los que, desde mi opinión, es de los mayores aportes de Duby al trabajo del historiador: ante la encrucijada entre la vida y la escritura de la historia, este historiador francés elige ambas; el historiador debe salir de su cuarto, no encerrarse en su burbuja de presunta objetividad. Caminar y conocer los lugares en los que acaecieron los hechos que se ha dado a estudiar, abriéndose a sí mismo la posibilidad de ser él también parte de esa extensa narración de los hechos que, de una u otra manera, también lo cubren. No es negar la vida con la abstracción, ni la abstracción con el placer de sentir la vida; es, sin caer en un eclecticismo barato, saber encontrar un punto medio en el que el historiador se sienta tan ser humano como los hombres y las mujeres sobre las que investiga y escribe.


Es para mí siempre un enorme placer leer a Duby. Su ejemplo, sus palabras, en más de una ocasión me han ayudado ha apaciguar angustias “históricas”, a desenredar profundos nudos, a enfrentar las dudas que, cada tanto, trae consigo este quehacer. A él le debo el seguir estudiando esta carrera, así como el hecho de saber que hay cosas que pueden ser cambiadas, llenándolas de vidas. Profunda gratitud y respeto, para los cuales las palabras de poco sirven si no se ven reflejadas con actos y hechos.

Sobre los marxistas británicos


En esta entrada quiero referirme directamente a dos textos: Sobre la historia, de Eric J. Hobsbawm y un fragmento del texto de Julián Casanova, La historia social y los historiadores. Para ello, trataré de hacer un esbozo de la contexto que describe Casanova para, después, intentar circunscribir a éste el pensamiento de Hobsbawm.

Además de la escuela francesa de los Annales, puede verse en el panorama historiográfico de Europa occidental los trabajos llevados a cabo por histo­riadores tanto de Alemania como de Inglaterra. En el primero de estos países, según lo que expone Casanova, se mantuvo el historicismo cuyas raíces se encontraban en el siglo XIX. Era una historia que se detenía en lo nacional y clavaba su atención en el periodo en el que había surgido el Estado germano-prusiano. Ajeno a los avances en historia social que se habían llevado a cabo en su país vecino, mantuvo un particular tradicionalismo historiográfico que impidió el divorcio con la cuestión política; fue así como se desarrollo una historia política socialmente fundamentada, de la cual la revista Geschichte und Gesellschaft (fundada en 1975) fue uno de sus mayores exponentes.



Para el caso de Inglaterra, Casanova explica el porqué de su atraso respecto frente a la historia; para ello se basa en tres grandes razones: (1) El peso de la tradición empírica, (2) el peso de el individualismo metodológico (que hizo imposible el desarrollo de investigaciones interdisciplinarias) y (3) la interpretación whig de la historia. Sería con el desarrollo de la historia “desde abajo” (desde mediados del siglo XX) que la historia social se iría convirtiendo en un campo de estudio específico. Esta historia “desde abajo”, cuya importancia ya se había hecho ver desde finales del siglo XVIII cuando el pueblo asumió un rol preponderante en la configuración y la comprensión de la estructura de las sociedades europeas, tomó un buen número de pautas establecidas por el análisis marxista de la historia. Fue así como se empezó a estudiar la relación y las luchas entre clases, definiendo los límites de esas luchas y la adaptación de las clases menos favorecidas al orden que se establecía desde arriba.

Uno de los primeros y más importantes exponentes de esta corriente historiográfica fue Georges Rudé, quien trató de identificar el comportamiento de la multitud y su composición para reivindicar para ella su justo sitio como protagonista de la historia.

Es en el marco de esta historia “desde abajo”, que puede verse y comprenderse mejor la labor de un historiador como Eric J. Hobsbawm. De filiación claramente marxista, este historiador ha intentado, siguiendo en muy buena medida los patrones de análisis históricos marxistas, hacer una historia de la sociedad completa que logre abarcar las diversas clases, las condiciones materiales y las implicaciones de los diversos acontecimientos históricos en las transformaciones al interior de la sociedad.




En su libro Sobre la historia, explica y expone  a lo largo de veintiún ensayos su postura frente a la historia, algunos de sus patrones metodológicos de investigación, así como algunos de sus gustos y disgustos con la historiografía de su tiempo. Estos ensayos pueden clasificarse en tres grandes grupos: (1) aquellos que hablan de los usos y abusos de la historia tanto en la sociedad como en la política, al tiempo que se encarga de darle un peso importante a la historia frente al quehacer de otras disciplinas; (2) aquellos que hacen referencia a la relación entre historiadores y otros eruditos que investigan el pasado y (3) los que hacen alusión a los problemas fundamentales a los que deberían hacer frente todos los historiadores serios.

Sería muy dispendioso y excesivamente extenso exponer aquí todo lo que expone Hobsbawm en su libro. Es por eso que he decidido hablar de tres grandes temas que, a pesar de no cubrir la totalidad de pensamiento de este historiador británico, sí permiten por lo menos tener una idea bastante completa de su postura frente al quehacer del historiador. Estos tres grandes temas son: (1) Historia:  pasado, presente y futuro; (2) historia, economía y Karl Marx y (3) bondades y desavenencias del quehacer del historiador.

Hobsbawm parte de la premisa de que el pasado, el presente y el futuro forman un continuo; en este orden de ideas, entonces, el historiador tendría la capacidad, desde su conocimiento, de aventurarse al futuro a partir del pasado y el presente que lo precede. No se trata, no obstante, de que el historiador se ponga en la labor de adivino, sino, más bien, que a través de su investigación sea capaz de responder a la pregunta qué puede pasar después, pero no a la cuestión de cuándo ni cómo exactamente. Es decir, que tenga la posibilidad de plantear las preguntas que traerá el futuro, sin que esto signifique que pueda darles una respuesta.

En cuanto al aporte de la economía a la historia, Hobsbawm critica fuertemente a la cliometría, por su imposibilidad de aportar elementos reales que expliquen el porqué de una situación histórica determinada; según él, los cliómetras sólo se preocupan por hipótesis contrafactuales que corren el riesgo de caer en fuertes anacronismos, y en vanas explicaciones sobre lo que no ocurrió. En cuanto a Marx, Hobsbawm es categórico al decir que, a pesar de algunos infortunados análisis históricos de este pensador alemán, su importancia radica en el marco que construyó para entender lo que ocurre a partir de una estructura dinámica que se fundamenta en la importancia de una concepción materialista de la historia. Es precisamente esta concepción materialista de la historia –entendida por lo menos como punto de arranque de la investigación- la que hace que la obra de Marx sea imprescindible en la biblioteca de cualquier historiador.

Sobre las bondades y desavenencias del quehacer del historiador, Hobsbawm se detiene para apuntar que la historia no es sólo una simple disciplina de estudio del pasado, sino que su labor implica una interpretación que puede llegar a ser peligrosa cuando es mal utilizada por una ideología política que ve en ella una forma de legitimar su accionar. Pero por otra parte, es precisamente la misión del historiador evitar que este tipo de cosas ocurra; no puede convertirse en esclavo de ideólogos. Esto, teniendo en cuenta que el pasado es una dimensión permanente de la conciencia humana, un componente obligado de las instituciones, a partir del cual se genera un molde que da forma al presente.

Eric John Ernest Hobsbawm (Alejandría, Egipto, 9 de junio de 1917 - Londres, Inglaterra, 1 de octubre de 2012)



Como una de las figuras más reconocidas entre los historiadores contemporáneos, la figura y ejemplo de Hobsbawm no puede pasarse desapercibida. Se nota que no se dedica a la teoría por la teoría misma, sino que fundamenta sus aseveraciones en largos años de investigación y reflexión que le brindan una autoridad moral suficiente como para ganar credibilidad. Estudiosos como Hayden White deberían aprender eso de él: para hablar sobre la investigación histórica no basta con pararse en la orilla del río y hablar de los peces que se alcanzan a ver o que se suponen que allí viven; hay que sumergirse, trabajar directamente con fuentes, para ser capaces de hablar con la suficiente propiedad y sensatez, con el suficiente respeto por los temas y las gentes que se estudian.

martes, 23 de abril de 2013

TRABAJO CON DOCUMENTO ESCRITO: “Die Küchenuhr” de WOLFGANG BORCHERT




INTRODUCCIÓN

El presente trabajo tiene como objetivo llevar a cabo una primera aproximación al análisis de un do­cu­men­to escrito y, en especial, a un texto literario. Se busca plantear una metodología que pueda ser apli­ca­ble para este tipo de labores y que, al mismo tiempo, funcione como el mayor aporte de este sucinto tex­to. Con las herramientas que se explicarán en renglones ulteriores se pretende también hacer del cuen­to que aquí se analiza un escrito exotérico, aprovechando esa capacidad de W. Borchert para explicar, ex abundantia cordis, un eviterno sentimiento –como lo es aquel malestar ineluctable que produce la gue­rra- en los hombres. Es una aproximación a lo ominoso, lo siniestro del ser humano desde su dolor, desde lo que quedó después de los bombardeos, desde esa generación convertida en ruinas y despojos y, a una mis­ma vez, a aquella esperanza exangüe que prevalece bajo los escombros y que grita, late y se retuerce por ser escuchada. Asimismo, y dentro de mi intencionalidad consciente al escribir estas líneas, está pre­sen­te la necesidad de dar a conocer a este eximio escritor alemán cuya vida, desa­for­tu­na­da­mente corta, lo­gró darle una imagen y una sensación a su momento histórico; es decir, este tra­ba­jo es también un ho­me­naje a Wolfgang Borchert, a su vida y su obra, a su capacidad de abrirnos los ojos a una realidad mu­chas veces distorsionada y desvirtuada, pero que es, a pesar de la constante negación del hombre a su pro­pia capacidad de destrucción, una situación -más allá de excogitable–  real y repetible, plausible en ca­da instante, mortífera para cada uno de nosotros.
El texto está organizado de la siguiente manera: consta de una parte inicial en la que se presenta el cuen­to con que se trabajará (Die Küchenuhr – El reloj de cocina), llamando la atención sobre ciertos tér­mi­nos que se destacarán junto con la palabra que aparece en el texto original en alemán. Se seguirá la tra­duc­ción hecha por Yolanda Steffens de la Escuela de Letras de la U. C. V., hecha en el marco de la cá­tedra “Traducción Dirigida de Literatura Alemana” y publicada por FUNDARTE/ Alcaldía de Ca­ra­cas en 1996. No obstante, y en la medida de lo posible, se tratará de explicar –a través de las notas al pie- algunas de las palabras claves y de las posibles acepciones que determinadas palabras puedan tener y cuyo conocimiento pueda colaborar a una mejor comprensión del texto.
La segunda parte se centra esencialmente en la contextualización del momento por el que pasaba Alemania durante el periodo en el cual el cuento fue escrito. Esto como un segundo frente de enfoque a todo aquello implícito que rodea al cuento y que hace de él un documento en buena medida críptico por su alta carga simbólica.
Siguiendo la intención de la segunda parte, la tercera rememora algunas de las palabras más importantes destacadas en el texto inicial, para llevar a cabo con ellas un ejercicio de análisis a partir del cuadro semiótico explicado en clase.
Se finalizará este ensayo dando un panorama global de los elementos que aporta el cuento, que abarque todo el proceso llevado a cabo y que se detenga, brevemente y como una manera de no dejar ningún cabo suelto, en la metodología que se usó y en sus limitaciones y posibilidades para nuevos estudios de índole semejante.



1. El reloj de Cocina, por Wolfgang Borchert

Ya de lejos lo vieron acercarse a ellos porque llamaba la atención. Tenía un rostro muy viejo (ein ganz altes Gesicht), pero por su modo de caminar se notaba que sólo tenía veinte años (dass er erst zwanzig war).Y con su rostro de viejo se sentó con ellos en el banco. Y luego les mostró lo que llevaba en la mano.
Esto era nuestro reloj de cocina (Küchenuhr), dijo, y los miró a cada uno, a los que estaban sentados en el banco, al sol. Sí, lo encontré. Él se salvó (Sie ist übriggeblieben)[1].
Sostuvo delante de sí un reloj redondo, blanco como un plato de cocina, y con el dedo tocó las cifras pintadas en azul.
No tiene ningún valor, dijo disculpándose, eso lo sé yo también. Tampoco es muy bello. Sólo es un plato, esmaltado de blanco Pero de todos modos se ven muy bonitas las cifras azules, me parece. Las manecillas, por supuesto, no son sino de hojalata. Y ahora no andan. No. Es por dentro que está roto (Innerlich ist sie kaputt)[2], de eso no hay duda. Pero todavía luce como siempre. Aunque ya no anda.
Con la punta del dedo siguió cuidadosamente el contorno del reloj-plato (Telleruhr) y dijo en voz baja: Y él se salvó.
Los que estaban en el banco sentados al sol no lo miraron. Uno se miró los zapatos y la mujer miró su cochecito de niño. Luego alguien dijo:
¿Usted como que lo perdió todo (alles verloren)?
Sí, sí, dijo él alegremente (freudig). Imagínese, ¡absolutamente todo! Sólo él está todavía; él se salvó. Y levantó de nuevo el reloj, como si los demás aún no lo conocieran.
Pero si ya no anda, dijo la mujer
No, no, eso no. Roto sí está; eso ya lo sé (Kaputt ist sie, das weiss ich wohl). Pero aparte de eso está como siempre: blanco y azul. Y les mostró de nuevo su reloj. Y lo mejor (Und was das schönste ist), continuó exaltado, no se lo he contado todavía. Lo mejor (Das Schönste) viene ahora. Imagínense, se paró a las dos y media, justo a las dos y media, imagínense.
Entonces, seguramente su casa fue bombardeada a las dos y media, dijo el hombre, y con aire de importancia sacó el labio inferior hacia adelante. Lo he oído muchas veces (das habe ich schon oft gehört). Cuando la bomba cae, los relojes se paran. Es por la presión.
Él miró su reloj y meneó la cabeza como quien está más enterado. No, estimado señor, se equivoca usted. Eso no tiene nada que ver con las bombas. No. A las dos y media pasaba algo muy distinto, sólo que usted no lo sabe. Eso es lo gracioso (Das ist nämlich der Witz), que se haya parado justamente a las dos y media. Y no a las cuatro y cuarto o a las siete. Porque a las dos y media yo siem­pre volvía a casa. Quiero decir, de noche. Casi siempre a las dos y media. Eso es precisamente lo gra­cio­so (Das ist ja gerade der Witz).
Miró a los otros, pero ellos habían apartado la vista de él. No los encontró. Se volvió entonces a su reloj, asintiendo con la cabeza (Da nickte er seiner Uhr zu[3]): Entonces, por supuesto, tenía hambre, ¿verdad? Y siempre iba de inmediato a la cocina. Entonces eran casi siempre las dos y media. Y luego, pues, llegaba mi madre. Por más cuidado que ponía por abrir la puerta sin hacer ruido, ella siempre me oía. Y cuando buscaba en la cocina oscura algo de comer, se prendía de repente la luz. Entonces estaba ella ahí, con su chaqueta de lana y envuelta en chal rojo. Y descalza. Siempre descalza. Considerando que nuestra cocina tenía piso de baldosas. Y los ojos los tenía casi cerrados porque la luz la encandilaba. Porque ya había dormido. Después de todo, era de noche.
Tan tarde otra vez, decía [entonces] (So spät wieder, sagte sie dann). Nunca decía más que eso. Sólo: tan tarde otra vez. Y entones me calentaba la cena y miraba cómo comía. Se refregaba los pies uno contra otro, porque las baldosas eran tan frías. Nunca se ponía zapatos de noche. Y se sentaba conmigo hasta que estaba satisfecho. Después, todavía la oía guardando los platos cuando yo ya había apagado la luz en mi cuarto. Todas las noches era igual (Jede Nacht war es so). Y casi siempre a las dos y media. Era completamente natural (selbstverständlich), si siempre lo hacía[4]. Y nunca dijo más que: tan tarde otra vez. Pero lo decía todas las veces. Y yo creía que eso no terminaría nunca (Und ich dachte, das könnte nie aufhören). Me parecía tan natural. Todo eso. Pues siempre había sido así (Es war doch immer so gewesen).
Por unos instantes hubo completo silencio en el banco. Entonces él dijo en voz baja: ¿y ahora? Miró a todos. Pero no los encontró (Aber er fand sie nicht). Entonces se dirigió en voz baja a la redonda faz blanca y azul del reloj: Ahora sé que era el paraíso. El verdadero paraíso (Jetzt, jetzt weiss ich, dass es das Paradies war. Das richtige Paradies).
En el banco reinaba completo silencio. Luego la mujer preguntó: ¿Y su familia?
Él sonrío confundido: Ah, ¿quiere decir mis padres? Ellos también desaparecieron. Todo desapareció (Alles ist weg). Todo, imagínese. Todo desapareció.
Él sonrió confundido mirándolos uno tras otro. Pero ellos no lo miraron.
Entonces levantó otra vez el reloj y rió (und er lachte). Se rió: Solamente él. Él se salvo. Y lo mejor del caso es que se haya parado justamente a las dos y media. Justamente a las dos y media.
Después no dijo nada más. Pero tenía una cara muy vieja. Y el hombre que estaba sentado a su lado se miraba los zapatos. Pero no veía sus zapatos. Sólo pensaba todo el tiempo en la palabra paraíso (Er dachte immerzu an das Wort Paradies).


2.  Contextualización

Para el tiempo que Wolfgang Borchert escribía este cuento Alemania vivía la fase final de la Segunda Guerra Mundial. Poco faltaba para la caída definitiva del III Reich; la victoria y avance de los aliados por el oeste y la derrota de las tropas alemanas en Rusia definían un cuadro que dejaba como resultado mi­llones de cuerpos muertos esparcidos entre campos de batalla, ciudades, campos de concentración y ghe­ttos, más de cuarenta millones de refugiados de guerra repartidos por todo lo ancho del globo y rui­nas por doquier, escombros de lo que alguna vez habían sido ciudades, puertos y enclaves comerciales. Y, lo más grave de todo, la certeza de la capacidad de destrucción y autodestrucción que posee el ser hu­ma­no; el afán por el exterminio del otro, de la racionalidad puesta al servicio de los asesinatos en masa, de la tecnología bélica cada vez más avanzada  y más potente, más asesina. Con razón explicaría Günter Grass años después del final de la guerra, expresando esa zozobra que había dejado la guerra en el ser hu­mano, la opción que le quedaba: “Borrarás la Marina / los cerezos, adorm­i­de­ras y hemorragias na­sa­les, / borrarás también esa bandera / y esparcirás sobre los geranios cenizas”[5].
La Alemania de los años inmediatamente posteriores a la posguerra se caracteriza por ser una nación dominada por los vencedores aliados de la guerra. Alemania se encontraba de nuevo ante un giro de su trayectoria histórica, y en lo hondo de una crisis más grave que todas las anteriores. En esta ocasión podía decirse de ella que no era ni siquiera un concepto geográfico. Incluso los límites que se le habían señalado en Versalles eran totalmente inciertos. Nadie podía predecir cuando cesaría la ola de refugia­dos del Este, qué territorios determinaría el vencedor para ulteriores expulsiones, y ni siquiera si los occidentales pensaban disminuir también el territorio habitado por alemanes. Como símbolo de que Alemania había perdido todo derecho a continuar existiendo en el sentido del Derecho Internacional, el “Gobierno Dönitz” fue encarcelado en la Alemania Oriental pocas semanas después de la capitulación. Se ordenó el cese de toda actividad económica que no fuera útil a los Aliados. Inmediatamente comenzó el desmonte de la industria alemana. La mayoría de los hombres alemanes habían caído prisioneros de guerra o estaban en las cárceles, las mujeres y los niños vegetaban de manera precaria con los ahorros que habían logrado salvar de la guerra o lo poco que conseguían con su trabajo. Cierto que habían muerto las grandes frases que se habían martillado durante doce años sobre el pueblo alemán, pero también había muerto toda esperanza.
De esta manera encontramos una Alemania deshecha, fragmentada, hecha ruinas a la que vuelve Bor­chert tras su experiencia como soldado y que plasmará en su más famosa obra, Draussen vor der Tür, en la que narra el regreso de un soldado alemán a su Hamburgo natal después de permanecer tres largos años en el frente oriental (Rusia). Las problemáticas tratadas por este autor se restringirán a la guerra, a su experiencia personal como opositor de aquello a lo que lo habían obligado a participar; y es, por eso mismo, cómo sus escritos adquieren una gran relevancia en el ámbito histórico, ya que funcionan como documentos cuya intencionalidad, más que apoyar a alguno de los bandos en conflicto, expresan la tragedia humana, su naturaleza, su dureza y su pequeña esperanza; son relatos escritos desde el ojo mismo del huracán que la mayoría de las fuentes sólo nos permite ver desde afuera.


3. Análisis del cuento

Para adentrarnos un poco en la estructura interna del cuento, voy a utilizar el cuadro semiótico a través del cual, siguiendo algunos patrones establecidos, intentaré discernir los polos al interior del texto.
A pesar de no ser muy largo, el cuento de Borhert permite una amplia gama de posibilidades para llevar a cabo un análisis a partir del cuadro semiótico; no obstante, para no hacer más largo este ensayo, sólo trabajaré aquí con dos categorías: la situación y el estado de las cosas después del bombardeo.
La primera hace alusión a los dos polos extremos dentro de una sociedad humana: la paz, por un lado, y la guerra, por el otro; sin embargo, no utilizaré aquí el término paz, sino que, recordando el texto del cuento, haré uso de la palabra paraíso (Paradies).
En cuanto a la segunda, el estado de las cosas después del bombardeo, define sus dos extremos como: lo que quedó (übriggeblieben) y lo que se fue/perdió (“weggegangen / verloren”[6]).
De manera implícitamente puede observarse en estas dos categorías la presencia del tiempo; es decir, en ambos casos –si se piensa en el cuento- aparece el antagonismo entre pasado y presente. A pesar de no trabajarlo desde un cuadro semiótico, este enfrentamiento / contrariedad la mantendré como trasfondo de mis reflexiones sobre los términos elegidos y de las conclusiones que éstos permitan sacar.
Antes de comenzar, quisiera mencionar que no es objeto de este análisis una interpretación de los símbolos presentes a lo largo del cuento ni, mucho menos, tratar de darle un sentido unívoco al texto; al ser una ficción, una creación literaria, me veo impedido a castrarla dándole un solo enfoque; es así como, desde este mismo punto, pongo de manifiesto la parcialidad de mi análisis y mi intencionalidad. De esta manera, dejo al lector la última palabra, la interpretación última, como una manera de liberarlo de la posible impostura que el autor pretenda realizar sobre él.
La situación



SITUACIÓN (S)

                        (S1) Paraíso                                                                           (S2) Guerra














 






                        (-S2) No-Guerra                                                                    (-S1) No-Paraíso


                                            ESQUEMA POSITIVO   ESQUEMA NEGATIVO





 
Arranco, para este análisis, de la contrariedad entre Paraíso y Guerra. A pesar de que este segundo término no aparece explícito en el texto, puede percibírsele a partir de su contrario; fue precisamente por eso que lleve a cabo una contextualización que permitiera entender al lector el porqué de esta contrarie­dad, cuando el pasado –ya desde el presente de la destrucción por la guerra- se ve como un recuerdo promisorio, una profunda añoranza, una nostalgia por tiempos pasados que me recuerda a las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre[7].
Viéndose así el pasado, el presente queda reducido a una tragedia a la que hay que conformarse. La guerra ya ha terminado, pero esto no implica que vuelva la paz sino, justamente, un estado de No-Paraíso (ver cuadro). En este punto se distorsiona la implicación de Paraíso a partir de la No-Guerra; el espacio para el Paraíso, tras la guerra, sólo se restringe al pequeño habitáculo de la memoria, una memoria frágil e idealista que observa el horizonte (o los zapatos, como en el caso del cuento) sin verlo, sin percatarse de éste, no habiendo ya en el mundo posibilidad de mejoría tras la gran hecatombe. En esto radica la importancia del texto que aquí se analiza: muestra con una crudeza, a una misma vez sencilla y supre­ma­mente dolorosa, la sensación de su tiempo; la No-Guerra se vuelve un estado de vegetación en el que se existe malamente y en donde, reitero, el Paraíso sólo tiene un lugar en la memoria.
Esa es la Alemania en la que vive Borchert los últimos años de su vida. Una nación sin esperanza, invadida, culpada y culpable, cuya mayor fortaleza es la añoranza. Un país en ruinas, que durante muchos años vivirá alimentándose de una nostalgia por el tiempo pasado, pero, al mismo tiempo, con la conciencia de cierto conformismo frente a la situación en la que se vive a diario debido a una guerra que ellos mismos comenzaron, llevados por la ambición, la inseguridad y la voluntad de poder que les supo prometer e inspirar un bastardo dictador.
El estado de las cosas después del bombardeo




El estado de las cosas después del bombardeo (E)


 


                        (E1) Lo que quedó                                                    (E2) Lo que se perdió
                                übriggeblieben                                                               weggegangen / verloren                                



 



                        (-E2) Lo que no se perdió                                        (-E1) Lo que no quedó
                                  nicht weggegangen / nicht verloren                                              nicht übriggeblieben               

 

                                               ESQUEMA POSITIVO        ESQUEMA NEGATIVO


 



Siguiendo el orden de ideas planteado sobre el cuadro semiótico de la página anterior, el que aquí se presenta reitera la imagen de un pasado completo, “paradisíaco”, y un presente lleno de carencias, entre ellas la que hace referencia a un futuro. No obstante, en este caso se trasciende un poco la dimensión mental para desembocar en una preocupación de orden material: se hace referencia a las cosas tras el bombardeo. Es un recuento de lo material para después, por supuesto, regresar a la idea de lo que se tiene y se ha perdido.
Este ir y venir de lo mental a lo material –apto también para un análisis a través de un cuadro semió­ti­co- jun­to con la idea-enfrentamiento entre lo pasado y lo presente, logra, desde mi punto de vista, abarcar el cen­tro de significación del texto literario con que aquí se trabaja.
El universo se polariza en torno a esos cuatro términos –dos a cada lado-, convirtiendo la realidad en un panorama blanco y negro debido al cual los puntos medios se vuelven inútiles o inexistentes. Es decir, lo que es pasado o perteneciente a él –en tanto objeto que no ha quedado- no puede ser del presente, sino que su lugar está en la memoria, entre las ruinas que ya no sirven para nada.
Y asimismo, todo aquello presente o perteneciente a él –en tanto objeto que sí ha quedado- conforma una realidad gris, cruda y trágica, que es sólo sobrellevable con una alta carga de conformismo y una fuerte esperanza (por pequeña que ésta sea) sostenida en el recuerdo. Pero ese recuerdo es precisamente tan importante porque es el opuesto de lo que se está viviendo. La añoranza a la madre que le servía la comida cada noche, la tibieza del hogar, etc., todo ello ha quedado sepultado, muerto e inerte, ajeno a la realidad cotidiana del protagonista del cuento.



4. Conclusiones

Como una forma de sintetizar la información brindada en los cuadros semióticos anteriores y en líneas previas, presento a continuación un resumen de lo realizado hasta el momento y algunas de las conclusiones que pueden extraerse de este trabajo.


Cuadro semiótico sintético



 


La realidad alemana después de la guerra (R)



 
                (R1) Lo pasado                                                         (R2) Lo presente              
                        Lo que se fue                                                            Lo que quedó
                        El Paraíso                                                                 La Realidad de la Guerra
                        El Recuerdo                                                             El Mundo Real                                                                               







 


             (-R2) Lo no-presente                                               (-R1) Lo no-pasado
                        Lo que no-quedó                                                     Lo que no-se-fue      
                        La no-Realidad de la Guerra                                               El no-Paraíso
                        El Mundo no-Real                                                   El no-recuerdo

 

                              ESQUEMA POSITIVO      ESQUEMA NEGATIVO




Ayudándonos de este tercer cuadro, podemos observar lo que, desde mi punto de vista, el cuento aporta para la comprensión de la realidad alemana de ese momento. Es claro que las posibilidades de interpre­tación y la multiplicidad de éstas es casi infinita; es por eso que resalto, una vez más, que este estudio no busca –ni ha buscado- dejar por sentada ningún tipo de conclusión definitiva en torno a aquel periodo histórico, sino que, por el contrario, sólo desea poner en práctica una metodología de estudio y análisis de textos. Lo que se ha llevado a cabo para desembocar en esta etapa ha sido lo siguiente:

1)      Aproximación a la fuente en sí; diferenciación de sus palabras claves, su contextualización dentro del texto mismo y, cuando era necesario, un corto análisis de su naturaleza polisémica a partir de la comparación con su semejante en alemán.
2)      Contextualización del periodo en que vivió y escribió el autor su obra; enfoque de las caracte­rís­ti­cas más relevantes, para subsumirlas a un fenómeno más amplio, como una forma de darles sen­ti­do[8].
3)      Utilización del cuadro semiótico para crear ideas y reflexiones en torno al tema. Es decir, se uso aquí esa herramienta como una forma de llamar la atención sobre ciertos términos que podrían brindar al lector una fuente de datos para sus reflexiones ulteriores y su mejor comprensión.
4)      Construcción de un cuadro semiótico sintético mediante el cual el lector pueda ver los extremos –a partir de términos constitutivos del texto- del escrito trabajado.

Una vez se ha llevado a cabo este análisis de la fuente escrita, el investigador puede disponer de ella para cuestiones más amplias que abarquen un tema histórico específico. Aquí simplemente he tratado de “dejar lista” la fuente y su análisis para, con base en ella, trabajar con fuentes analizadas de manera semejante y, de esta manera, construir un texto integral que brinde aportes significativos a su campo historiográfico. Este es sólo del comienzo de una investigación por hacer: qué quedó en la cabeza de los  alemanes después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.


Bibliografía

  • Borchert, Wolfgang, Die Hundeblume. Erzählungen. Hamburgo, Rowohlt Taschenbuch Verlag, 1996.
  • Borchert, Wolfgang, El diente de león y otros cuentos. Traducción de Yolanda Steffens, Claudia Lanza, Alejandro Bruzual y Luis Duno. Caracas, FUNDARTE – Alcaldía de Caracas, 1996.
  • Grass, Günter, Escribir después de Auschwitz. Reflexiones sobre Alemania: un escritor hace balance de 35 años. Barcelona, Paidós Asterisco, 1999.
  • Manrique, Jorge. Poesía completa. Barcelona, Planeta, 1988.
  • Tennbrock, R. H., Historia de Alemania. Padeborn, Max Hueber Verlag, 1968.












[1] sie hace referencia al pronombre personal ella con el que hace alusión al reloj, sustantivo que en alemán es femenino. Es importante destacar esto porque la imagen de algo femenino puede hacer alusión a algún otro sustantivo femenino implícito dentro de la idea que busca expresar el autor; por ejemplo: la esperanza (die Hoffnung), el tiempo (die Zeit), etc.
El término übriggeblieben hace referencia a lo que quedó sobrando después de algo; más que haberse salvado, como traduce Steffens, se podría pensar que es algo que quedó entre las ruinas, un resquicio del pasado, un recuerdo material.
[2] Volviendo a lo planteado en la nota al pie anterior, se ve que “ésa”(es decir, el objeto de género femenino al que se refiere el pronombre)  ha permanecido como recuerdo material tras los bombardeos, pero está rota por dentro.
[3] Esta expresión la traduciría yo como: “Inclinó su cabeza hacia el reloj, asintiendo”
[4] La frase original versa: Das war ganz selbstverständlich, fand ich, dass sie mir nachts um halb drei in der Küche das Essen machte. Ich fand das ganz selbstverständlich. Sie tat das ja immer. Yo la traduciría: Era completamente natural, me parecía, que por las noches, a las dos y media, ella me hiciera la comida. Me parecía completamente natural. Ella siempre lo hacía.
[5] Citado por el mismo G. G. en: Grass, G., Escribir después de Auschwitz. Reflexiones sobre Alemania: un escritor hace balance de 35 años. Barcelona, Paidós Asterisco, 1999. p. 23. El resaltado es mío.
[6] A pesar de que el participio weggegangen no aparece a lo largo del texto del cuento, pueden encontrarse sí dos formas seme­jan­tes: alles verloren  y alles ist weg, que son, respectivamente,  una forma de expresar una pérdida y algo que se fue; por eso, al traducirlo, pongo ambos verbos: perderse / irse = se perdió / se fue.
[7] Para no dejarlo en simple mención, los versos dicen así: “Recuerde [Despierte] el alma dormida, / abive [sic] el seso y despierte/ contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando; / cuán presto [pronto] se va el pla­zer [sic], / cómo después de acordado / da dolor, / cómo, a nuestro parescer [sic], / cualquiera tiempo pasado / fue mejor”.  Primera de las “Coplas que fizo don Jorge Manrique a la muerte del Maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, su padre”, en: Manrique, Jorge, Poesía completa. Barcelona, Planeta, 1988. p. 102
[8] Acepto aquí mi intención de llevar a cabo un análisis historicista –en términos rankeanos- de lo acaecido. No obstante, creo que es importante destacar que no fue objeto mío, en ningún momento,  hacer funcionar estos eventos –y las conclusiones que para el caso específico surgieron- como términos metonímicos; es decir, cada acontecimiento es en sí una totalidad pero no representa, en miniatura, la totalidad a la que pertenece, sino simplemente la suya propia.