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sábado, 22 de febrero de 2014

SOBRE GEORGES DUBY Y LA TERCERA GENERACIÓN DE LOS ANNALES.


En esta entrada hablaré de los principales puntos desarrollados en dos textos: un fragmento de La historia continúa, de Georges Duby y el capítulo correspondiente a la tercera generación de los Annales del libro de Bourde y Martín, Las Escuelas Históricas. Comenzaré con este segundo texto, como una manera de contextualizar un poco el “momento historiográfico”, para después adentrarme en los planteamientos de Duby.

Con el desarrollo y la consolidación de la escuela de los Annales, empieza ésta a convertirse en una poderosa institución que apoya sus pilares, primero, en una sólida base universitaria, en la que se conjugan enseñanza e investigación; y, segundo, en un posicionamiento en diversos medios masivos de comunicación que funcionan como puentes de comunicación entre las investigaciones y una mayor gama de lectores.

La escuela de los Annales centra su atención prioritariamente en la Europa occidental y sus dependencias en un periodo que va desde la Edad Media hasta el Sigo de las Luces. Esto lo hace siguiendo las pautas ya establecidas por sus fundadores, alimentando lo que Bourde y Martin denominan “hegemonía de la reputación”. Esta hegemonía también implica un culto a los antepasados; es decir, un respeto y enaltecimiento de figuras como Marc Bloch y L. Febvre, fundadores de la escuela.


Siguiendo su ejemplo, se abandona la inclinación a la sistematización, proclamándose la primacía de la investigación científica sobre las opciones filosóficas. Esto conlleva a un desarrollo de nuevas técnicas de investigación e interpretación de documentos y fuentes y abre el espacio a una historia comparada que se encarga de valorar los documentos por su relación entre sí, constituyendo series documentales de datos comparables. Asimismo, implica una nueva elasticidad de las fuentes históricas, en tanto la relación entre historiador y documento cambia, y aparece la posibilidad y la justificación para llevar a cabo extensos ejercicios de relectura de fuentes ya conocidas.

Hay que sumarle a estas nuevas dimensiones, la cuestión relativa al tiempo histórico. Desde su “redefinición” , con los trabajos de F. Braudel, se busca ahora llevar a cabo análisis de periodos muy amplios, coherentes en su organización social y económica, coronado por un sistema homogéneo de representaciones.

Entonces, se tiene que esta nueva historia, heredada de los Annales, se caracteriza por un (re)aprovechamiento y “reciclaje” de diversas fuentes, que lleva consigo una redefinición de la relación entre historiador y fuente histórica; de igual forma, prevalece la idea de una larga duración de los fenómenos históricos estudiados. No obstante, y creo que esto no es lo más saludable, es una historia que, al no poderse desprender lo suficiente de la sociedad en la que se desarrolla, cae también en la tentación del capital; es decir, se somete ante las leyes del mercado, estudiando aquello por lo que puede ser mejor remunerada. Bourde y Martín denominan esto como una caída en el show bussiness.

Es muy interesante ver el contraste entre el panorama que dan Bourde y Martin y aquél que brinda un historiador como Georges Duby. Frente a una imagen ciertamente crítica de los dos primeros autores, Duby antepone una llena de vida, de fronteras trascendidas y metas a realizar.



Es posible que Duby no sea el “paradigma” de los historiadores de la tercera generación de los Annales;  pero sí es importante en tanto su ejemplo ha trascendido las fronteras francesas y su amplísima producción no se ha quedado en las exclusivistas bibliotecas de los especialistas y científicos sociales.

No obstante, a pesar de sus propias especificidades, no puede negarse que Duby forma parte y define algunas de las características antes mencionadas sobre la tercera generación. Pero no considero que pueda vérselo como un “hijo” de Braudel, como un de sus pupilos directos; Duby es, más bien, un historiador criado bajo la tutela de las enseñanzas de Bloch y, en especial, de L. Febvre. Viéndolo así, parece como, tal cual como reza la segunda ley de Mendel, los caracteres que no aparecieron en la segunda generación aparecieron en la tercera. Puede comprobarse en buena medida esto que aquí planteo no sólo por el vínculo estrecho que Duby no niega haber tenido con los fundadores de los Annales; también, en ese empeño, en esa búsqueda de lo mental tras lo material que ya Febvre había esbozado a lo largo de su carrera, así como en la intención de sumar a la reflexión y a la erudición algo de imaginación que llenara los vacíos y lagunas que los documentos no podían llenar, y en su deseo de constituir en torno a la investigación también un lugar de enseñanza a través del cual lo aprendido con la experiencia no se perdiera y pudiera conocer nuevos horizontes y nuevas perspectivas de análisis.

Considero que el análisis de Bourde y Martín sobre la nueva historia heredera de los Annales flaquea al hablar sobre las innovaciones que ésta trajo consigo. Desde un punto de vista ciertamente sesgado, no dedican mayor atención a figuras como Duby que no sólo produjo una enorme cantidad de textos y libros de historia, sino que consiguió dar un nuevo impulso a la historia, al darle una dimensión geográfica, mental y narrativa que la hizo más asequible, menos aburrida y, en cierta medida, más completa.

Destaco, para finalizar, uno de los que, desde mi opinión, es de los mayores aportes de Duby al trabajo del historiador: ante la encrucijada entre la vida y la escritura de la historia, este historiador francés elige ambas; el historiador debe salir de su cuarto, no encerrarse en su burbuja de presunta objetividad. Caminar y conocer los lugares en los que acaecieron los hechos que se ha dado a estudiar, abriéndose a sí mismo la posibilidad de ser él también parte de esa extensa narración de los hechos que, de una u otra manera, también lo cubren. No es negar la vida con la abstracción, ni la abstracción con el placer de sentir la vida; es, sin caer en un eclecticismo barato, saber encontrar un punto medio en el que el historiador se sienta tan ser humano como los hombres y las mujeres sobre las que investiga y escribe.


Es para mí siempre un enorme placer leer a Duby. Su ejemplo, sus palabras, en más de una ocasión me han ayudado ha apaciguar angustias “históricas”, a desenredar profundos nudos, a enfrentar las dudas que, cada tanto, trae consigo este quehacer. A él le debo el seguir estudiando esta carrera, así como el hecho de saber que hay cosas que pueden ser cambiadas, llenándolas de vidas. Profunda gratitud y respeto, para los cuales las palabras de poco sirven si no se ven reflejadas con actos y hechos.

LECTURAS SOBRE BRAUDEL Y LA SEGUNDA GENERACIÓN DE LOS ANNALES.


En esta entrada me referiré concretamente a dos textos: La larga duración, de F. Braudel y un fragmento del libro de J. Casanova La Historia Social y los historiadores (pp. 48-70) en el que se alude al momento historiográfico en el que se puede incluir a Braudel.  Para esto, comentaré sucintamente el primero de los textos para después, haciendo un recorrido por lo que sugiere Casanova, insertar -dentro de la trayectoria que dibuja- la labor del historiador francés, sus repercusiones y posibles puntos frágiles.



Incluido en un compendio de diversos ensayos del mismo autor, La larga duración es quizá el texto más representativo y más fácil de vincular con la imagen de Fernand Braudel. Está compuesto por cuatro apartados, en cada uno de los cuales su autor expone y explica algunas de sus críticas a diversos manejos del tiempo en los estudios sociales, sugiere nuevas perspectivas de comprensión del acontecer humano a partir de una renovada visión del tiempo y hace un llamado a la discusión y al debate en torno a lo que él ha planteado.

Viéndolo más de cerca, se observa en el primer apartado del ensayo un ataque a la historia regida por la corta duración, más aún si se entiende ésta como “la más caprichosa, la más engañosa de las duraciones”. Sugiere la pluralidad de tiempos y la historia como la suma de las historias de cada uno de esos tiempos. Para el segundo apartado  reitera su inconformidad frente a estudios que manejen un tiempo corto; cita el caso del trabajo de algunos economistas que niegan la diacronía y la duración en sus investigaciones, poniéndose al servicio solamente de intereses del momento en el que viven, y de los gobiernos a quienes sirven. Es el pasado, para Braudel, un camino que puede ser recorrido y que ayuda a la comprensión de los pasos del presente; un punto de comparación, de contraste, mediante el cual se puede percibir el cambio y también, por qué no, las continuidades.
Para el tercer apartado, se introduce en la cuestión de confrontar los modelos con la idea de duración. Para esto, clava su atención sobre las matemáticas sociales que, a través de un modelo estructural basado en un análisis cuantitativo  de las realidades sociales, la clasificación de los hechos según tres lenguajes (el de la necesidad, el aleatorio y el condicionado) y la muy larga duración, fundamentan su explicación de lo social. A pesar de que no desvirtúa totalmente los resultados que esta manera de enfrentar los datos implica, Braudel pone en duda la eficacia del método por tratarse de un enfoque demasiado centrado en un duración excesivamente larga que obliga a trasegar uno solo de los tantos caminos posibles dentro de la historia; es decir, al tomar una sola dimensión a lo largo de un lapso de tiempo muy amplio, se cae en una univocidad de sentido que restringe y pasa por alto acontecimientos y realidades que no se pueden soslayar.

En el cuarto y último apartado, el autor destina sus esfuerzos en proponer la larga duración como una “posibilidad de lenguaje común en aras de una confrontación de las ciencias sociales”; es decir, que la dimensión temporal sirva de basamento y común denominador dentro de las ciencias sociales, convirtiéndose de esta manera en un eje común sobre el cual permitir que los múltiples aportes y avances de cada una de las disciplinas y ciencias sociales autónomas hagan desde su saber, puedan comunicarse, compartirse y probarse en estudios afines. De esta manera, buscar convergencias e investigación colectiva, que despierte la discusión y el debate y enriquezca los múltiples estudios sociales.



Casanova hilvana su texto siguiendo las historias de amor y odio entre la historia, la sociología y la antropología. Desde un feliz comienzo, en el que la sociología apenas dejaba escapar sus primeros vagidos, las relaciones entre ésta y la historia no presentaron mayores malquerencias ni odios enconados.  Pero con el final del siglo XIX y el arranque del XX, figuras como Durkheim o Comte, desde una postura que podría catalogarse de exclusivista o, sencillamente, de arrogante-pueril, desvirtuaron la labor de los historiadores al verlos como investigadores empíricos carentes de método científico, de complejos conceptos elaborados y de rigurosidad y capacidad de abstracción suficiente para trascender los límites que les imponía la subjetividad.

Con el surgimiento de la escuela de los Annales, en la década de los 30’s, nace desde la historia un intento renovado por hacer una tregua y trabajar colectiva y mancomunadamente en un miso objetivo, la comprensión y explicación de las realidades sociales.  Pero para que esto ocurriera, tuvo que haber un rompimiento dentro del ámbito de los historiadores: una pugna, una lucha cazada entre la agónica escuela metódica y los Annales, que implicaron una búsqueda de “aliados” y de nuevas perspectivas que abrieran el campo de acción e influencia.


Es en la segunda generación de los Annales en la que se inscriben los trabajos de Braudel. Él, siguiendo las enseñanzas de Bloch y Febvre, busca mantener una alianza, establecer un punto común de reunión y, es por esto, que defiende tan febrilmente su idea de la larga duración. Como se escribía en renglones previos, la temporalidad extensa era la matriz que permitía el acceso a diversas ciencias humanas, implicando, de paso, el carácter imprescindible de la historia, al servir ésta como punto de apoyo y base para el estudio de las realidades sociales siguiendo una dimensión diacrónica de lo acaecido.