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lunes, 20 de febrero de 2012

RESEÑA: John L. Phelan, El pueblo y el rey. Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1980


RESEÑA: John L. Phelan, El pueblo y el rey.  Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1980


Este libro desarrolla la problemática de la Revolución Comunera colombiana de 1781. Su autor reinterpreta algunos de los aspectos más relevantes a partir de fuentes primarias y de estudios que sobre el tema se han llevado a cabo.
El libro consta de tres grandes partes, además de una introducción en la que expone los medios y los fines de su estudio, así como trata de justificar, basándose en las evidencias por él recogidas, su punto de vista sobre el tema -que difiere en buena medida del de algunos autores colombianos que ven en esta revolución el germen del movimiento independentista de comienzos del siglo XIX.
La primera parte –titulada Carlos III-  se centra en las innovaciones que quiso llevar a cabo el monarca español en sus posesiones de ultramar.  A partir de la comparación entre las ganancias que daba a Francia su pequeña colonia caribeña y las que a España le brindaban las suyas –siendo las primeras enormemente superiores a las segundas en términos de proporción tamaño producción-, la monarquía borbónica decidió implantar medidas de corte mercantilista enfocadas a un aumento de la productividad de sus colonias, consistentes en una abolición de los monopolios ineficaces y una creación de monopolios lucrativos, un mayor control del fisco, así como una serie de estrategias que tenían como objetivo final el rescate del Nuevo Mundo de manos de los conquistadores mediante  la creación de la burocracia de las audiencias (p. 26). Pero lo innovador del reinado de Carlos III –monarca español de 1759 a 1788- no eran precisamente las medidas anteriormente mencionadas sino los medios políticos y constitucionales que pensaba usar para llevarlas a cabo. Así, se reorganizó la jerarquía de los representantes de la Corona en el Nuevo Mundo, disminuyendo de esta manera el número de criollos en los cargos gubernamentales. Teniendo como fin convertir los reinos de ultramar en verdaderas colonias que produjeran el máximo de ingresos para la metrópoli, el rey, a través de sus ministros y sus enviados a América, impuso el monopolio del tabaco y el aguardiente, aumentó la alcabala un 2%, y desarrolló otra serie de medidas que generaron un descontento generalizado en la población de las colonias. Pero este descontento, arguye el autor, no surgió tanto de los nuevos impuestos y monopolios sino, y en esto hace hincapié, en la alteración del pacto tácito entre dominadores y dominados. En el caso de Colombia, aunque no únicamente en éste, las medidas iban en contra de lo que Phelan denomina la “constitución no escrita”, una serie de arreglos informales cuya importancia radicaba en que le daba a los súbditos del rey una cierta participación a la hora de imponer nuevas medidas económicas que los afectaran. Entonces, concluye el autor, no eran las medidas en sí las que exacerbaban los ánimos de la población sino la forma como habían sido impuestas. De esta manera, la responsabilidad no recaía en el rey –quien seguía recibiendo manifestaciones de fidelidad y lealtad- sino en sus ministros y representantes –en especial el regente Gutiérrez de Piñeres.
La segunda parte –titulada Juan Francisco de Berbeo- desarrolla el tema del movimiento popular que dio origen a la Revolución Comunera de 1781, encabezado por Berbeo. Describe las condiciones sociales, económicas y políticas del Socorro (villa que actúo como centro del movimiento), de los miembros de la jefatura del movimiento –y su relación con los círculos patricios de Bogotá-, y las causas y significado de la crisis de 1781. Sobre este último punto, Phelan enfantiza al decir que ésta representó el comienzo de una coalición de diversos grupos sociales y étnicos, aunque de manera muy precaria, en torno a un programa político. Menciona de igual forma la importancia y significado de “Nuestra real cédula” –docu-mento que circuló en las poblaciones descontentas al norte de Bogotá y que tenía como objetivo irritar a la población civil para que marchara sobre la capital y exigiera una respuesta a sus demandas-, y el significado que para cada grupo étnico y social tenía la promesa de un mejoramiento de las condiciones a partir de una revolución armada contra el mal gobierno.
Una vez describe y explica lo anteriormente mencionado, pasa a narra los sucesos  que se desarrollaron en 1781 entre Socorro y Zipaquirá, intentando brindar una explicación a la decisión de Berbeo y sus capitanes de volver a Socorro y aceptar las cláusulas de las Capitulaciones de Zipaquirá. Phelan defiende a Berbeo y analiza su comportamiento partiendo de una contextualización de él dentro de su tiempo y de sus necesidades y miedos, mediante la cual concluye que este líder popular no fue un pusilánime ni un estulto por haber hecho lo que hizo sino que respondió más a sus condiciones de clase y las metas que inicialmente se había propuesto.
Termina esta segunda parte analizando minuciosa y sistemáticamente las Capitulaciones de Zipaquirá, sus alcances y beneficiarios, y su justificación para denominarla como la primera constitución escrita de Nueva Granada.
La tercera parte –titulada Antonio Caballero y Góngora- comienza con un relato de lo acontecido a y acometido por José Antonio Galán –su campaña junto al Magdalena, su relación con Berbeo, su persecución, captura, juicio y execrable ejecución- mediante el cual lo muestra como un táctico pragmático que nunca desarrolló ninguna de las ideologías de igualdad y lucha que algunos de sus apologistas quisieron adjudicarle.
Termina esta última parte, y el libro, explicando detalladamente la forma como el Arzobispo y Virrey Caballero y Góngora logró invalidar las Capitulaciones, al mismo tiempo que se ganaba a la población antes insatisfecha y exacerbada, mediante la colaboración y el trabajo de los monjes capuchinos y de su misma capacidad para manejar y  mezclar un tono paternalista con uno fuerte e inflexible. Pero Phelan también se detiene a mostrar los logros en otros campos de Caballero: la introducción de la ciencia y tecnología al interior de las aulas de educación superior, el refuerzo del establecimiento militar, entre otras.
Culmina su libro exponiendo una reflexión acerca del papel y la influencia de las medidas desarrolladas por Caballero –caracterizadas por introducir innovaciones fiscales y económicas de Carlos III con tácticas paternalistas que evocaban a los Habsburgo, además de permitir el acceso de la Ilustración y la ciencia natural al país- en lo que después sería el proceso de independencia colombiano. Así, desde su punto de vista, fue mucho más relevante su labor que la acometida por Berbeo o Galán.

Este libro es de fácil lectura y, a pesar de ser en algunas ocasiones un poco repetitivo, logra dar al lector una imagen clara de su versión de lo sucedido. Debo aceptar que me convencieron su análisis y sus interpretaciones.

Reseña: Mesa Darío, “La vida política después de Panamá. 1903-1922”. En: Manual de Historia de Colombia III. Bogotá, Procultura S.A., Instituto Colombiano de Cultura. Pp. 81-176


RESEÑA:  Mesa Darío, “La vida política después de Panamá. 1903-1922”. En: Manual de Historia de Colombia III. Bogotá, Procultura S.A., Instituto Colombiano de Cultura. Pp. 81-176

El texto de Darío Mesa, que se incluye en el tercer tomo del Manual de Historia de Colombia, se cen­­tra básicamente en la emergencia y consolidación de lo que se puede denominar un primer Es­ta­do moderno colombiano, en el periodo comprendido entre la pérdida de Panamá y el gobierno de M. F. Suárez. Subdivide este periodo a su vez en varias fases: la primera va desde la indepen­den­cia de Panamá al comienzo del gobierno de Reyes; la segunda es el Quinquenio de Reyes. Las fases si­guien­tes concuerdan con los diferentes periodos presidenciales de los mandatarios que es­tu­vieron en el poder hasta 1922. A continuación haré una breve presentación de cada una de las fases, llamando la atención sobre los puntos que Mesa destaca en cada una de ellas.
La primera de las fases –que, como se dijo, va desde la pérdida de Panamá hasta el comienzo del gobierno de Reyes- se destaca por la precaria situación colombiana en diversos ámbitos: Dificultad en los transportes y las comunicaciones, inexistencia de un mercado nacional, subdesarrollo industrial, carencia de una fuerza económica, política o militar que pudiera garantizar seguridad en la frontera, etc. Al mismo tiempo, la amenaza de un imperialismo salvaje norteamericano se cernía sobre un país bucólico, de caudillos regionales cuyas inversiones públicas en obras productivas se encontraban casi paralizadas por la estrechez del mercado.
Con el ascenso de Reyes a la presidencia –y el comienzo de lo que se podría denominar una segunda fase en el periodo trabajado por Mesa- se hacen más patentes las necesidades y falencias de un país maltrecho, que desea la fuerza y la producción para “construir un Estado nacional moderno sobre las ruinas de Estado territorial anterior, con su poder disperso en los señoríos regionales, con su técnica y su cultura espiritual retrasadas en un siglo” (p. 93). Con Rafael Reyes y su espíritu de empresa se empiezan a desarrollar los primeros puntos de una agenda que apunta hacia una idea de progreso; se afronta el problema de la moneda, se trata de establecer un proteccionismo racional, se crea el Banco Central, se apoya a las primeras industrias del país. En resumidas cuentas, afirma Mesa, “es el capitalismo” (p. 99);  nuevos barcos provenientes del norte atracan en nuestras costas.
¿Pero qué caracteriza a este capitalismo colombiano de los demás capitalismos de más allá de sus fron­teras? Mesa lo explica en términos de idea de razón  en el sentido del cálculo: “La calculabilidad va introduciéndose por los planos del aparato estatal rudimentario y fundamenta las empresas nuevas, igual­mente endebles pero asidas a esa racionalidad que les asegura el predominio” (p. 100). Se habla ya de burguesía emergente, de choque de intereses económicos y de infraestructura nacional. Se busca adap­tar al país a las nuevas condiciones económicas y al nuevo panorama mundial, construyendo los fun­damentos materiales del Estado nacional y, al mismo tiempo, ejercitando el grado de soberanía es­ta­tal que esas bases permiten.
Es una transición la que se vive en la Colombia de comienzos de siglo XX. Reyes huye y se convoca a una Asamblea Constituyente y Legislativa. La Unión Republicana disfruta su corto apogeo; se impulsa al país por los “cauces jurídicos, políticos, económicos y culturales del capitalismo industrial” (p. 129). Con las reformas de 1910 se hace explícita la voluntad de construcción de un Estado moderno.
Con la asunción de Carlos E. Restrepo, se llena el ambiente con las ideas claves de las revoluciones burguesas: la libertad de prensa, el pensamiento jurídico burgués y la observancia de las leyes escritas hacen que el derecho prime sobre el privilegio. Al firmarse el tratado sobre Panamá con Estados Unidos –y las implicaciones económicas e intervencionistas que éste acarrea- se desemboca en una nueva conciencia sobre el papel del gigante del norte en el subcontinente latinoamericano. Las minas y el petróleo atraen a los inversionistas extranjeros como el dulce a las moscas.
Ya para el periodo de José V. Concha, la racionalidad del capitalismo industrial empieza a “desarro­llar­se por todos los resquicios de la economía y la cultura” (pp. 144-145). Pero Concha no experimentaba ni expresaba ni reflejaba la vida nueva de los negocios; tenía una arraigada idea de moral como fuerza cohesiva. Pero esto no impide que la cultura campesina empiece a declinar, mientras el desarrollo de una  industrial nacional cada vez se hace más patente. Por el lado de las relaciones internacionales, se plantea una tajante neutralidad en la primera guerra mundial.
La razón, el número, la ciencia y la técnica, que habían empezado a remplazar las gramáticas y las lecciones en latín, sufren un retroceso durante el gobierno de M. F. Suárez. Hombre de educación clásica, no logró subirse al tren en el que andaba ahora el país que gobernaba. No obstante, logró darse cuenta de la importancia de Estados Unidos dentro del mercado mundial, tanto como comprador como proveedor.
De esta manera, tras un comienzo lleno de resquemor hacia Estados Unidos, Colombia había experimentado un proceso que la había conducido a enfilar sus intereses hacía el norte. Un Estado-nación en formación, un capitalismo industrial embrionario y, lo más importante, un espíritu capitalista había logrado entrar y asentarse durante las dos décadas que siguieron a la humillación de Panamá.

El autor, apoyándose en múltiples y a veces extensas citas, logra argumentar y convencer. Muestra, a partir de un análisis marxista de la realidad colombiana, cómo fue ingresando poco a poco aquel nuevo pensamiento económico que más de una centuria atrás había empezado a desarrollarse en Europa y Norteamérica, aunque de una manera muy diferente. Se detiene en la teoría y sabe complementar con el testimonio de los protagonistas de la época.
Es un texto claro, un poco sobrecargado de citas, pero que se nota que tiene una intencionalidad clara y unos objetivos bien planteados que el autor logra cumplir. Harían quizá falta algunas conclusiones generales de todo el periodo, pero eso ya es labor del lector.

viernes, 3 de febrero de 2012

EL ESCLAVO EN LA VIDA SEXUAL Y FAMILIAR DEL BRASILEÑO, V CAPÍTULO DEL LIBRO “CASA GRANDE E SENZALA” de G. FREYRE



Basándose en una multiplicidad de crónicas de extranjeros y nativos durante los siglos XVI y XIX, en algunas fuentes primarias (escrituras, documentos, etc.) y, sobre todo, de vivencias, opiniones e impresiones personales, el autor describe en este capítulo la participación del esclavo en la conformación y consolidación de las estructuras familiares en el Brasil.

El autor comienza hablando de cómo a los niños en el Brasil de los siglos XVII, XVIII y parte del XIX, desde temprana edad se les destruía cualquier intento de espontaneidad, convirtiéndolos en pequeños adultos. Este, según Freyre, se veía reflejado en las vestimentas, los comportamientos, así como en la precocidad que los niños desarrollaban.
Sin darle tiempo al lector de adentrarse mucho en el tema de los niños, el autor empieza a desarrollar otro tema: empieza a hablar de las primeras escuelas jesuíticas, donde ni los negros ni los muleques eran aceptados. De este punto salta al tema del sacerdocio en Brasil, al que se refiere como una especie de aristocracia blanca exclusivista y cerrada. Llenando las hojas de ejemplos, comenta que durante los siglos XVII y XVIII, el sacerdocio en Brasil era, como se mencionó anteriormente, un grupo social cerrado compuesto de blancos; no obstante esto no perduró y a partir de mediados del siglo XVIII, debido al aumento de las relaciones sexuales del clero con multiplicidad de mujeres de diversos orígenes, su clase aumentó y se permitió el acceso a otras razas.
En medio de todo esta sopa de comentarios, anécdotas, ejemplos, afirmaciones, etc., el autor menciona varias cosas que el autor de esta reseña considera de cierta relevancia: No hubo, sino hasta bien avanzado el siglo XVIII y comienzos del XIX una adaptación por parte de los brasileños blancos del traje al clima. Los negros fueron los músicos de la época colonial y de los tiempos del Imperio, trayendo consigo su “alegría característica”, su folclor, su cultura, parte de sus representaciones religiosas y su visión de la vida. Por otro lado, el autor menciona también que la mortandad de los niños de los ingenios fue muy alta debido a la poca o nula higiene existente en el medio en el que se desenvolvían, dando espacio para la difusión de enfermedades e infecciones.
Ya refiriéndose a la mujer, Freyre (siguiendo su estilo de los muchos ejemplos, la multiplicidad de anécdotas, los comentarios de visitantes extranjeros, etc. en el que escribe mucho pero dice poco) dice que los principios que debían regirlas eran la castidad, el pudor, el recogimiento, la timidez, el encogimiento, la sesudez y la modestia. De tal forma, la mujer frente a su marido se veía relegada a un papel secundario, semejante al del esclavo y que también tuvo que compartir con sus hijos mientras éstos aún eran infantes. No obstante, las mujeres (y en este tema se detiene el autor con cierto gusto) lograban tener relaciones extramatrimoniales con otros hombres; a veces ayudadas por las celestinas, caracterizadas por Freyre casi siempre como negras viejas y experimentadas.
Volviendo al tema que enuncia el título del capítulo, el autor menciona ciertas cosas importantes acerca del papel del esclavo en la consolidación de la familia brasileña. Lo primero que menciona (y que reitera en más de una ocasión) es el papel del negro (o mejor dicho, la negra) como amante del blanco, como el grueso de las prostitutas y las concubinas y como razón por la cual las mujeres brasileñas no tuvieron que caer en la prostitución existiendo ya de por sí un grupo claramente definido dedicado a esa labor.
Por otra parte, y continuando con el tema de los esclavos, explica brevemente la relación directa entre el aumento de la producción de exportación y el número de esclavos africanos, deduciéndose de este punto que al no haber esclavos la producción era sumamente baja o inexistente.
Otra cosa que comenta el autor es el papel del esclavo como “hace – todo”; es decir, como encargado de todas y cada una de las responsabilidades existentes en su lugar de trabajo (en especial en las haciendas), permitiendo que su señor se pasase todo el día “echado” en su hamaca.
Otra de las tantas cosas que menciona el autor y en las que no profundiza más que con sus inacabables ejemplos, es la cuestión del clima: éste, a pesar de ser un elemento influyente no determinó el comportamiento de los colonos en el Brasil.
Saltando de este tema a otro, se introduce en la cuestión religiosa. Tanto colonos como esclavos profesaban un grandísimo respeto por la religión, imponiéndose incluso la costumbre de construir una capilla dentro de las haciendas. Del tema religioso, con cierto sutil placer, el autor se adentra en el tema del libertinaje de los frailes. Habla de las pecaminosas costumbres de muchos de estos pero, tratándolo como suma sutileza, habla de la eugenesia que este tipo de relaciones produjo, generando un “elemento social eugenéticamente superior” (cualquier parecido con los filósofos fascistas no creo que sea simple coincidencia), sacando a la luz una “superioridad ancestral” (el autor es reiterativo) que produjo en la sociedad brasileña, además de lo anteriormente mencionado, una dispersión de la riqueza debido a lo numeroso de la prole de los blancos adinerados y de las implicaciones de esto en el reparto posterior de la herencia.
En la parte final del capítulo, el autor se centra en la cocina y culinaria brasileñas (un tema supremamente interesante a la hora de conocer la colonización y emancipación del territorio brasileño). Freyre habla de la “competencia” entre los platos, manjares y postres preparados por blancas y esclavas; estas últimas mucho más loadas por el autor, debido a su exquisita sazón y toque al cocinar.
Finaliza con un comentario muy breve acerca de la emocionalidad de los colonos, los indios nativos y los esclavos africanos; estos últimos caracterizados por una alegría innata, expresada en sus cantos, en su forma de vivir y de enfrentar sus problemas.

Personalmente considero que este libro no alcanza ni el grado de novela, siendo una sarta de comentarios personales y anécdotas, algunas jocosas, en las que el autor alimenta su ego patriótico y aporta, mientras, muy muy muy poco a la historiografía de su país. El manejo de fuentes no considero que sea el mejor: menciona una cantidad de autores, cronistas, etc., pero siempre dentro de lo que él necesita, siendo muy poco objetivo. Otra cosa que encuentro muy cuestionable en este capítulo es la sutil tendencia a tomar a la eugenesia como un verdadero principio científico. Es verdad que hay que entender que en su época eso estaba en pleno furor, pero entonces habría que pensar en elegir otro tipo de lecturas que no hayan sido escritas cuando influencias e ideas tan funestas para la humanidad estaban tan de moda.



HORKHEIMER Y SUS APORTES A UNA TEORÍA SOBRE EL ANÁLISIS CRÍTICO DEL DISCURSO




Este ensayo tiene como objetivo presentar una aproxima­ción a los vínculos teóricos existentes entre algunos de los planteamientos de M. Horkheimer y los criterios que Teun van Dijk define para el Análisis Crítico del Discurso[1] (en adelante: ACD).
Para ello, inicialmente, se ofrecerá una somera con­tex­tua­liza­ción que logre ubicar la obra de Horkheimer dentro de un marco histórico y teórico es­pecífico; luego, se dará sucinta cuenta de algunas ideas y planteamientos de este au­tor alemán. Se finaliza este texto con un ejercicio de contraste que permita poner en evidencia algunas de las semejanzas y vínculos teóricos existentes entre dichas ideas y planteamientos, y los criterios que cita van Dijk.



1. Breve contexto de la vida y la obra de Max Horkheimer
Max Horkheimer (Stuttgart, 1895- Berna 1973) es, junto con T. W. Adorno, la figura más impor­tan­te de la Escuela de Frankfurt del Institut für Sozialforschung (Instituto de Investigación Social). Un somero recorrido por su biografía nos permite ver que fue nombrado en 1930 profesor titular de filosofía social y director del Institut, cargo en el que sucedió a F. Pollock. En 1933 emigró a Génova, pasando luego a París (École Normale Supérieure), para más tarde desplazarse, en 1934, a la Universidad de Columbia, en Nueva York, universidad a la que el Institut había estado afiliado durante un tiempo. En 1950 regresó a Frankfurt, encargándose –poco más tarde- de la dirección del Institut.
Así, puede verse que su obra se desarrolló, principalmente, en dos espacios ciertamente disími­les: por una parte, en Alemania, país que lentamente iba cayendo en las garras del Nacional­so­cia­lis­mo de Hitler; y por otra, en los Estados Unidos, país que carecía de la tradición cultural y fi­lo­só­fica de su tierra natal, pero que demostraba un desarrollo socioeconómico y cultural que ya estaba marcando la pauta para el resto del mundo occidental.
Es importante llamar la atención sobre estos datos. Horkheimer formó parte de la ingente cantidad de intelectuales europeos que se vieron obligados a huir del viejo continente ante el ascenso del fascismo, y a establecerse en un lugar distante y distinto desde el que, ya como observadores externos, trataron de entender y explicar la situación por la que atravesaba el mun­do en general, y Europa en particular. Esto implicó que buena parte de su obra no sólo se vio in­fluen­ciada por su propia formación académica sino que también, y quizá más importante aún, por su propia experiencia vivida, que marcaría el carácter y el sentido de muchas de sus reflexiones.

Al hablarse de la obra de Horkheimer, no se la puede desprender –como ya se sugirió- de la Escuela de Frankfurt del Instituto  de Investigación Social, y de lo que ésta significó en el marco específico en el que se desarrolló.
El Instituto fue fundado en 1923, con una base económica autónoma y afiliación académica a la Universidad de Frankfurt. La principal publicación del Instituto fue el Zeitschrift für Sozialforschung, en el que colaboraron, además de Horkheimer, T. W. Adorno, Erich Fromm, Walter Benjamin, Herbert Marcuse, entre otros.
El Instituto se cerró  en 1933 y, con la diáspora  de intelectuales  alemanes, el exilio llegó para muchos miembros y colaboradores del Instituto. El establecimiento de ramas del Instituto permitió la continuación  de algunos de los trabajos de investigación. Con el tiempo, y ya terminada la Segunda Guerra Mundial, varios de los más destacados miembros del Instituto, que se reabrió en 1951, regresaron a Alemania.
En términos generales, puede decirse que lo característico de los “frankfurtianos” fue defender lo que llamaron Teoría Crítica, en oposición a la Teoría Tradicional.  De algún modo, la Escuela de Frankfurt y la Teoría Crítica son términos comúnmente entendidos como pertenecientes a una misma matriz teórica. Fue asimismo característico el haberse opuesto tanto a la mera especu­lación filosófico-sociológica, como al empirismo positivista y a la insistencia en la importancia capital de los métodos cuantitativos. Así, la filosofía y la sociología de los frankfurtianos es una muestra de “crítica concreta” dominada por la teoría, pero un tipo de teoría que aspira a comprender sus propias limitaciones porque trata de entender las raíces históricas que la mueven.

Éste es el panorama general en el que se escribe la obra de Horkheimer. El objeto de  esta sucinta descripción era, como se dijo ya, brindar un marco superficial de ubicación histórica y teórica que pudiera dar pistas sobre algunos de los planteamientos y de algunas de las ideas que pueden encontrarse en dicha obra.
Pasamos ahora a dar cuenta de los principales planteos teóricos de este autor alemán, llamando la atención sobre aquellos que pueden verse como precedentes –directos o indirectos- de algunos de los criterios del ACD que décadas más tarde expone T. van Dijk.


2. Principales planteamientos teóricos de Max Horkheimer

El presente apartado se limita a dar sucinta cuenta de los principales planteamientos que pueden encontrarse en dos libros de M. Horkeimer. El primero de ellos es Teoría Tradicional y Teoría Crítica, de 1937. El segundo, producido junto con T. W. Adorno, es Dialéctica del Iluminismo, versión traducida del italiano por H. Murena, en 1970.

A pesar de la amplia gama de ideas y planteamientos presentes en la obra de Horkheimer, puede decirse que buena parte de ellos se enmarcan en lo que se denominaría como estudios sociológicos y sociológicos-filosóficos, que opusieron feroz resistencia a la sociología positivista nacida en el siglo XIX.
Junto con la formulación de la Teoría Crítica, Horkheimer examinó en detalle la naturaleza y las consecuencias de lo que podría denominarse como “ataques contra la metafísica”, en particular el último, llevado a cabo por el positivismo. Según Horkheimer, estos ataques ocultan, bajo su velo progresista, el fenómeno de un eclipse de la razón, evidente en el proceso de conversión de la razón en mera razón instrumental, al servicio del dominio de la naturaleza y de la explotación de los hombres.
La razón instrumental crea también mitos o llega incluso a convertirse en una serie de mitos, falaces en sí mismos en tanto ofrecen un aspecto de liberación. De esta manera, lo que en un principio debía funcionar como el motor de la emancipación se fue convirtiendo en la sujeción del espíritu humano. Así, pues, puede entenderse cómo ciertas actitudes metafísicas, que son contrarias al progreso positivista, pueden llegar a representar una liberación y constituir una de las formas del espíritu y de la razón críticos.
Horkheimer también ataca la negación de sí mismo en aras de un ideal considerado “superior”; esto no significa que el individuo sea, o deba ser, puramente egoísta y en conflicto permanente con otros individuos y el colectivismo.

Centrándonos en lo referente a la Teoría Crítica, puede decirse, para arrancar, que se opone a la Teoría Tradicional, la cual, desde Descartes a los positivistas lógicos, presupone que una teoría es un conjunto de enunciados unidos entre sí de modo que ciertos enunciados, estimados básicos, den lugar, por derivación lógica, a otros enunciados que, para ser aceptados, deben ser comprobados por los hechos. Teniendo esto presente, se puede afirmar –en resumen- que tanto el racionalismo como el empirismo coinciden en el modo tradicional de concebir la teoría. Estos dos modos de pensar, incapaces de trascender estos límites, se convierten en órganos reproductores del sistema y la sociedad existentes.
El espíritu crítico, lejos de armonizar con el estado de la sociedad y con los problemas e ideales por ésta engendrados, se halla en tensión con respecto a la sociedad. Pero ello no ha de conducir simplemente, según Horkheimer, a una sociología del conocimiento, la cual termina por encajar dentro de los cánones de la Teoría Tradicional. En el espíritu de la Teoría Crítica no hay sólo un cambio de objetos, sino también de sujetos. La teoría crítica es una manifestación del espíritu crítico, el cual aspira a ir más allá de la tensión antes aludida y a suprimir la oposición entre los propósitos, la espontaneidad y la racionalidad del individuo y las relaciones que afectan a los procesos de trabajo sobre las cuales la sociedad se halla edificada. La teoría tradicional, aun en sus formas más empiristas, tiende a la abstracción; en rigor, toda teoría tradicional pasa de lado el hecho básico en que insiste la teoría crítica, es decir, el de que  su sujeto es un individuo real relacionado con otros individuos, miembro de una clase y en conflicto con otras. Esto no quiere decir que la teoría crítica se limite a ser la formulación de las ideas y sentimientos de una clase social en un determinado momento de la historia; si así fuera, la teoría crítica no diferiría de cualquier otra rama científica fundad  en el modelo de la teoría tradicional. Podría concluirse entonces que la teoría crítica no es, propiamente, teoría, pero ello equivaldría, según Horkheimer, a olvidar dos cosas: una es que la teoría crítica no es arbitraria y azarosa; otra, que la teoría crítica es constructiva.
Lo que importa, para la teoría crítica, en último término, es la no aceptación de un status quo social (o histórico social) y la consiguiente formulación de una especie de esquema dentro del cual puedan insertarse a la vez un pensamiento acerca del futuro y el pensamiento futuro. Así, la teoría crítica es la expresión en el presente de una actitud que se proyecta hacia el porvenir.

Es desde la Dialektik der Aufklärung. Philosophische Fragmente (Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos), el libro con el que –junto con T. W. Adorno- Horkheimer amplía su crítica a la ciencia burguesa a todo ámbito de la sociedad. Una vez más, llama la atención sobre la perversión intrínseca a la razón instrumental; perversión que implicó la cosificación (reificación) de la Ilustración-Iluminismo. Y es precisamente este proceso el que tratan de analizar ambos autores, intentando entender las contradicciones inherentes al mismo: de movimiento liberador a instrumento de sujeción de los hombres, de feroz oponente de mitos y magias a convertirse en un mito en sí mismo, etc.
Puede verse entonces cómo la teoría crítica pasó de una crítica a una esfera determinada de la sociedad burguesa a un enfrentamiento abierto contra la dominación en todos los ámbitos. Esto implicó, a su vez, la lucha contra todo tipo de ingenuidad o complacencia teórica, desarrollando una crítica permanente a una razón que tiende por inercia a la autoconservación, a autoinstalarse a costa de lo excluido de ella, de lo “no idéntico”.

Puede verse como se van perfilando una serie de planteamientos y principios que serán reto­mados por el ACD décadas más tarde. Damos paso, entonces, a nuestro último apartado, para referirnos sucintamente al carácter de los criterios del ACD.


3. Aproximación a los vínculos teóricos Horkheimer – criterios del ACD

En su libro Racismo y análisis crítico de los medios, Teun van Dijk reeconoce una serie de criterios dentro de los cuales pueden reconocerse algunos de los vínculos que unen el ACD que él define con algunas de las premisas de la Teoría Crítica desarrollada por M. Horkheimer.
Destacan dentro de estos criterios, siguiendo los parámetros de este ensayo, los siguientes:
-          El ACD se dirige más hacia los problemas o los temas que hacia los paradigmas.
-          El ACD es un planteamiento, posicionamiento o postura explícitamente crítico para estudiar el texto y el habla.
-          El ACD se centra particularmente en las relaciones de poder, dominación y desigualdad, así como en la manera en que los integrantes de un grupo social los reproducen o les oponen resistencia a través del texto y del habla.
-          Una gran parte de la labor del ACD se dirige a subrayar las ideologías que desempeñan un papel en la reproducción de o la resistencia a la dominación y la desigualdad.
-           El ACD adopta una postura crítica y de oposición contra los que ocupan el poder y las élites, particularmente contra aquellos que abusan de su poder.
-          Los estudios del ACD se esfuerzan en formular o mantener una perspectiva global de solidaridad para con los grupos dominados.

Entonces, ya teniendo presentes estos criterios, es posible realizar un somero ejercicio de contraste que nos permita vislumbrar los puntos de contacto entre la Teoría Crítica y el ACD.
Por una parte, ambos tienen en común una actitud crítica; no obstante, para la Teoría Crítica (sobre todo en los planteamientos que se pueden encontrar en Horkheimer en la Dialéctica) esta actitud mantiene aún ese cariz revolucionario, de transformación profunda que no se encuentra en el ACD; este último se limita a plantear un mejoramiento de las condiciones y un ataque a los abusos del poder y no a sus usos mismos. Por otra parte, tanto para una como para otro, la dominación se convierte en un elemento imprescindible en la comprensión y en el análisis de la sociedad.

Otro punto en común es que ambas constituyen matrices teóricas difícilmente clasificables como teorías;  la Teoría Crítica, por su talante crítico y por su diferenciación de la Teoría Tradicional. El segundo, más que todo, por opción propia, es decir, porque adopta como principio una actitud y no un paradigma crítico.

Así mismo, ambos centran parte de su atención en los mecanismos de reproducción de la dominación. La primera en una dimensión más teórica, mientras que el segundo pone mayor énfasis a este proceso en un marco del lenguaje y el habla, desde una perspectiva ciertamente más práctica.

Por último, se percibe en ambas una comunión con los intereses de los dominados, de aquellos que por diversas razones que tiene la posibilidad de acceder a los diversos instrumentos de los que se sirve el poder para ejecutar su dominación; y al mismo tiempo, y en esta misma dirección, critican y se oponen al galopante proceso de reificación del ser humano.



[1] Al no estar puesto el acento de este ensayo en el ACD en sí mismo sino, por el contrario, en la base teórica que aporta, en mayor o menor medida, M. Horkheimer a ésta, hemos decidido limitarnos a trabajar sólo con los criterios que expone Teun van Dijk para el ACD en: Van Dijk, Teun. Racismo y análisis crítico de los medios. Barcelona, Paidós, 1997 [1987]. pp. 15-17.