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domingo, 11 de marzo de 2012

RESEÑA: Braun, H., Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia


RESEÑA: Braun, H., Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1987. 385 Págs.

 
El libro del que se encarga la presente reseña tiene como objetivo hacer un recorrido por la vida de Jor­ge Eliécer Gaitán, tomando como hilo conductor de la narración la cultura política colombiana –vis­ta ésta en perspectiva histórica-, siguiendo las pautas que ofrece la diferenciación entre lo público y lo privado, y entre el “país nacional” y el “país político”.
Para esto, Herbert Braun arranca desde una contextualización de la que se vale no sólo para describir el escenario histórico a través del cual se va desenvolviendo la vida del protagonista del libro, sino que tam­bién lo aprovecha para dar claridad sobre los conceptos de público y privado, y la importancia que im­plica su separación o unión. En el caso colombiano, explica el autor, en el que el orden político he­re­dado “estaba construido sobre un ethos precapitalista” (p. 44) y donde “la base de la vida social era más moral que económica” (p. 44), se planteaba como constante la existencia de una polarización  que era sostenida por una clara diferenciación social, una cultura católica jerarquizante y por el carácter de la economía nacional (que distinguía muy bien a campesinos-productores de industriales-expor­ta­do­res); polarización que puso de un lado a “los políticos” –todo un grupo socioeconómico que buscaba en el ámbito público su reconocimiento y su espacio  de acción- y, en el otro, al “pueblo” –to­dos aque­llos que “estaban fuera del ámbito público” (p. 58).
Con el ascenso de los liberales en 1930, Olaya Herrera buscó formar un gobierno de coalición, al que de­­nominó como Concentración Nacional, y dio inicio a lo que Braun llama un pacto de “convivencia”, en el que los jefes liberales y conservadores se comprometían con una determinada forma de hacer vi­da pública y con un trato más amable entre ellos, a manera de superar los violentos choques par­tidistas del siglo XIX. Esta convivencia, según Braun, experimentó tres fases: (1) De 1930 a 1938, que destacó por la oposición a las propuestas de reforma de Olaya y López, y un acercamiento entre los dirigentes y los dirigidos; (2) 1938-1945, que significó un enfriamiento en las relaciones entre gobernantes y go­ber­­na­dos y (3) la crisis, en la que se conjugaron, por un lado, un endurecimiento de la represión guber­na­mental a las iniciativas sindicales y, por el otro, el crecimiento y consolidación de Gaitán como fi­gu­ra imprescindible dentro del panorama político colombiano.
Tras el capítulo inicial en el que explica lo anteriormente mencionado, se adentra en la vida de Gaitán; divide ésta según etapas de formación y comportamiento dentro de diversos ámbitos, y caracteriza cada una de ellas con apelativos sobre los que se apoya para describir el Gaitán de cada momento. De esta manera encontramos a un Gaitán combativo, teórico, equilibrador y clasista en su primera parte de la vida que abarca desde su nacimiento hasta su formación universitaria; “hombre de en medio”, lo llama Braun en esta etapa, peculiaridad que no sólo sería propia de este comienzo sino que determinaría mucho del significado político y social del caudillo liberal. Luego aparece un Gaitán en buena medida ecléctico, ambivalente, de izquierda y derecha, estadista y jerárquico, que logra conseguir sus primeras posiciones políticas importantes, perfilándose cada vez más como la figura que encarnará los intereses de la pequeña burguesía, de aquella clase media baja con la que el autor identifica su origen, y que jugará un preponderante papel en las elecciones de 1944.
Será ya dentro de la vida pública en la que hará gala de su ambigüedad, en la que usará su cuer­po como arma simbólica de oposición al pacto convivialista, a través de su oratoria y su campaña pro­pa­gandista. Irá acuñando sus frases célebres, convocando a grandes masas al brindarles la oportunidad de sentirse escuchados y representados. Destacará por su búsqueda de un efecto dramático, más que por una consistencia intelectual; y esto conllevará a una redefinición de la dinámica de la vida pública en la que lo privado, lo íntimo, será sacado a relucir como parte de la propuesta política, pero ya no co­mo comportamiento ejemplar o actitud moralizadora, sino como vínculo de unión entre el candidato y los electores.
En la última etapa que Braun define en la vida de Gaitán (1944-1948), se ve que el accionar del caudillo liberal, tras la derrota en las elecciones del ’44, busca nuevos impulsos desde la oposición –aprovechando la división que sufre el partido liberal en ese momento- y, luego de la victoria en las elecciones de 1946, cómo logra ganar adeptos entre los que alguna vez fueron sus enemigos políticos. De esta manera, la base popular se mantiene, aunque ahora acompañada por una serie de políticos aristócratas que ven en el caudillo la única salida para el retorno de su partido al poder.
Puede verse a lo largo de esta descripción de la vida de Gaitán, que Braun centra su atención en el comportamiento de su personaje y lo inscribe en una dinámica histórica más larga que sus años de vida. Muestra de una manera clara y explicativa por qué la figura de este líder con características po­pu­listas causó tanto revuelo en su tiempo, qué significado tuvo dentro de la cultura política colombiana y qué implicaciones trajo en años posteriores.
El libro cuenta con tres capítulos finales en los que el autor se detiene a describir los eventos acaecidos tras la muerte de Gaitán. No centra su interés tanto en los móviles y autores del asesinato, como sí en la reacción del pueblo, al que tratar de identificar y distinguir a partir de los indicios que le proveen su amplio trabajo con fuente oral.
Por último, encontramos en el libro una conclusión en la que habla un poco del significado histórico del bogotazo, sus implicaciones políticas y sociológicas dentro de la sociedad colombiana, así como explica por qué considera que la muerte de Gaitán significó el tiro de gracia que dejó agonizante aquel pacto de convivencia entre los partidos políticos tradicionales.

Es un libro claro, ameno y de fácil lectura que aporta valiosos elementos no sólo a la temática que trabaja, sino también a la forma de enfocar los estudios históricos colombianos acerca de la Colombia de los dos últimos siglos.

BOLIVIA Y LA PLATA. 1825-1895



Introducción

 Durante poco más de tres siglos, los países latinoamericanos compartieron un sistema colonial controlado por España. Este sistema desde el primer cuarto del siglo XIX sufrió notables cambios (debido a las guerras de Independencia), pero que en ciertos países, como Bolivia y Perú, fue más una sustitución del poder controlador de España por el de una pequeña élite criolla. Todo el proceso de independencia tradujo el comportamiento de una minoría, profundamente débil, de españoles y criollos que intentaron mantener sus viejos privilegios bajo el nuevo manto liberal [1].
No es objeto de este trabajo realizar un estudio comparativo entre la situación de los países latinoamericanos antes y después de su independencia, con el fin de  comprender y explicar el impacto real que tuvo ésta [2]. Sin embargo, se considera necesario hacer mención de algunos de los factores que definieron y explicaron la organización social, política y económica de Bolivia después de su Independencia, muy ligados, a su vez, al pasado colonial de esta nación. Inicialmente, se mencionarán algunas características comunes en la mayoría de las naciones latinoamericanas en ese entonces, para pasar luego a una descripción, un poco más detallada, de la experiencia boliviana en sí.

Como ya se mencionó anteriormente, un factor que brindó cierta cohesión a los países latinoamericanos después de su Independencia fue el haber compartido tres siglos de pasado colonial. Esto no sólo implica todo un imaginario construido sobre la idea de emancipación, libertad e igualdad social, sino que significa también toda una serie de políticas sociales y económicas desde las que arrancaron las nuevas repúblicas (bien manteniéndolas, bien reformándolas) y que marcaron un punto de partida muy semejante entre todas ellas. Obviamente, cada uno de los espacios coloniales había desarrollado a lo largo de esos tres siglos ciertas especializaciones que le daban alguna especificidad frente a las demás pero, en términos generales, me atrevo a afirmar que tenían una serie de tradiciones y características que funcionaron como bagaje, herencia o memoria colectiva común a todas las repúblicas latinoamericanas independientes.
En toda Latinoamérica, la población era eminentemente rural y la fuerza laboral estaba enfocada básicamente en las actividades agrícolas y / o mineras. De igual forma, una vez independizados, todos estos países basaron sus nexos con el resto del mundo en la producción y exportación de materias primas y artículos primarios. No obstante, con la crisis que significó para las exportaciones latinoamericanas todo el proceso de Independencia (entre 1808 y 1820, principalmente), hubo cierto retroceso en el desarrollo de éstas, y que significó la necesidad de una fuerte inversión de capitales para la reconstrucción y reactivación de los espacios económicamente productivos. Estos capitales se consiguieron a través de préstamos, empréstitos e inversiones directas (tanto con nacionales como con extranjeros), así como a través del mantenimiento y la aparición de impuestos y gravámenes al comercio exterior, entre otros.

Bolivia


La república de Bolivia se crea en 1825 a partir de los territorios de la antigua Audiencia de Charcas. Para ese momento, la explotación de las minas se había detenido casi completamente, por las guerras de Independencia, haciendo que el sector de la minería de la plata, de fundamental importancia para la economía de la naciente república, experimentara una fuerte decadencia. Inundaciones en la minas, escasez de mano de obra, inexistencia de herramientas y altos costos de transporte y combustible, eran algunas de las razones más importantes  por las cuales el trabajo en la mayoría de las minas se había detenido. No obstante, y a pesar de todos estos factores, como lo menciona Mitre, «el Departamento de Potosí, a pesar de su dramática decadencia, seguía siendo la región minera más importante del país»[3] . Ante esta preocupante  situación, y  ante la ilusoria expectativa del gobierno boliviano en una lluvia de capital inversor extranjero, se tomaron medida tendientes a proteger los intereses nacionales y los recursos minerales, de las compañías e inversionistas extranjeros. Pero esta esperada lluvia no llegó sino hasta la segunda mitad del siglo XIX, y las pocas “aventuras especulativas” fracasaron tan pronto como fueron comenzadas; así pues, no quedó otra alternativa para emprender las tareas de reconstrucción y reactivación de las minas y la minería que la del capital nacional.
¿Pero de dónde surgió este capital inicial con el que estas sociedades nacionales lograron  dar los primeros pasos para la recuperación de la minería? A pesar de existir múltiples hipótesis que responden esta cuestión, yo prefiero seguir la expuesta por Mitre[4] . Después de la Independencia hubo una clara tendencia a las especulaciones comerciales, lo que produjo una súbita pero efímera, expansión mercantil. Sin necesidad de realizar inversiones de capital por las facilidades de crédito que ofrecían las casas extranjeras, una parte de la población urbana de mediana posición económica pudo acumular algún capital a través de las ganancias derivadas de la renta de artículos importados. No obstante, y por lo efímero de este auge comercial y la recesión en la que estaba el sector minero, hubo una contracción del comercio de exportación / importación que favoreció el control del mercado por un grupo cada vez más pequeño de firmas comerciales. Así pues, los pequeños contingente de capital acumulado en el comercio empezaron a fluir hacia el sector minero ayudando, de esta forma, al primer desarrollo post-independentista de la minería en Bolivia.

LA PRODUCCIÓN DE PLATA EN BOLIVIA. 1825 - 1895


A lo largo del siglo XIX, pueden observarse en Bolivia dos grandes fases en la explotación y producción de la plata. La primera, y más extensa, va desde finales del periodo colonial hasta más o menos 1871; se caracterizó por una evolución en la minería aún sobre pautas y patrones coloniales, que logró articular un espacio regional de considerable importancia. De igual forma, en el ámbito internacional, se observó que los precios de la plata se mantuvieron altos y estables. Una de las características primordiales de este periodo fue el proteccionismo manifiesto en la política monetaria y fiscal (reflejado en gran medida en el monopolio estatal de la plata y en la acuñación de moneda feble; de esto se hablará más adelante).
La segunda fase, que va desde 1872-1873 hasta 1895, está definida por un auge en la explotación, producción y exportación de la plata, al mismo tiempo que por un descenso constante en el precio de este mineral.
Sería de suma irresponsabilidad contentarse con esta división en dos grandes fases del desarrollo de la minería de la plata en Bolivia, a pesar de ser éstas lo suficientemente generales y claras. Cada una de estas fases estuvo compuesta  a su vez por una serie de subfases a través de los cuales se puede seguir con menor inexactitud el desarrollo y evolución de la política económica exportadora de Bolivia. Así pues, se presenta a continuación este recorrido con el fin de darle al lector una visión menos incompleta de este proceso, además de buscar patrones generales de evolución que me permitan, una vez descritas todas y cada una de las fases y subfases, concluir, resumir y hacer un pequeño balance sobre la importancia de la plata en Bolivia y sobre los beneficios y perjuicios que ésta trajo consigo.

Es importante resaltar antes de comenzar con la descripción de estas subfases que las pautas utilizadas para diferenciarlas entre sí, están basadas en la política y los mecanismos del crecimiento liderado por las exportaciones.

 

El período regresivo. 1810 - 1830


Este periodo se caracterizó por un caos casi generalizado en el sector minero debido, en gran medida, a las guerras de Independencia y a la tendencia decadente que ya se observaba desde la última fase del periodo colonial. Las minas en servicio producen muy poco y más del 50% de la plata refinada proviene de la recolección de residuos acumulados en desmontes.
El proteccionismo estatal se hizo sentir desde la emancipación de la República de Bolivia; de igual forma, el acceso a las tierras y el sistema de tenencia de tierras se mantuvo con respecto al periodo colonial. Con el descenso de la mano de obra por los constantes reclutamientos a los que obligó la guerra de Independencia,  a la falta de quehacer en las minas (por inundaciones, falta de medios de explotación y capital, etc.) y al cada vez más débil sistema de la mita (abolido después de la Independencia), los pueblos de mineros desaparecieron casi por completo, generando una parálisis en el desarrollo demográfico y de comercio regional alrededor del sector minero.
Bonilla aclara un poco más este periodo con cifras por él citadas: «Entre 1820  y 1830, la producción de las minas del Alto Perú decayó un 30%, comparada con la de 1810-1820; en la década de 1820, la producción –algo inferior a 200.000 marcos anuales- era menos de la mitad conseguido en la última década del siglo XVIII. [...] La presencia de la economía boliviana en el mercado internacional, dada la fragilidad de su estructura productiva, fue muy precaria. En 1826, el valor de las exportaciones bolivianas ascendía a 722.750 libras esterlinas; el oro y la plata constituían su principal rubro de exportación. [...] En 1825-1826, el promedio anual de los ingresos del Estado fue de 400.000 libras esterlinas y en 1827 de 350.050. En los años que siguieron a la independencia, cerca del 60% de estos ingresos se destinaron a atender los gastos militares [...] Además, el estado boliviano independiente empezó debiendo 40.000 libras esterlinas al Perú más otras 140.000, que era lo que quedaba por pagar de 200.000 libras de una recompensa al ejército libertador». [5]

Fase de reconstrucción. 1830-1850


Durante este periodo se vieron los primeros intentos de rehabilitación de la industria minera, pero que, de igual forma, no alteraron fundamentalmente la estructura tradicional de su funcionamiento. El fracaso del gobierno republicano al tratar de atraer inversiones extranjeras hizo que fueran los capitales regionales los que iniciaran la reconstrucción de la industria minera. El esfuerzo estatal y privado se combinaron en una primera tentativa por encontrar solucione a los problemas básicos del sector minero.
Como se mencionó anteriormente, el capital acumulado en el comercio, al ser desplazado y no tener otra área de inversión alternativa se dirigió al sector minero: Así pues, el Estado promovió la formación de asociaciones mineras de capital nacional. No obstante, hubo un pequeño auge comercial, provocado artificialmente por el crédito inglés, pero que, en la práctica, no solucionó el fracaso de la inversión extranjera en el sector minero, haciendo así que la mayoría de las propiedades pasaran a manos de un grupo de comerciantes nacionales.
Pero estas nacientes asociaciones mineras nacionales tuvieron que enfrentar varios problemas bastante graves: El aumento de los costos de producción (al aumentar el precio del azogue o mercurio que se utilizaba para aumentar el rendimiento de los minerales), el bajo rendimiento de los minerales, la escasez de mano de obra y las fluctuaciones en su abastecimiento debidas a las condiciones precarias en las que se desenvolvió en ese entonces la minería, incapaz de mantener contingentes de trabajadores más o menos permanentes; la desaparición de pueblos mineros (que ya desde la fase anterior se había hecho notar), la naturaleza irregular de la producción, entre otros factores. Todo esto conllevó a una crisis laboral, en la que el más perjudicado era el minero que sufría una sobreexplotación (con jornadas de hasta veinticuatro horas seguidas, pagadas a precio de dos, siendo que equivalían a casi tres jornadas de nueve horas), gracias a la cual se lograron mantener en pie la gran mayoría de asociaciones mineras.

Fase de transición. 1857-1872


En esta fase surge una nueva generación de mineros (conformada por personas dedicadas hasta entonces al comercio de productos europeos), que toma el control de las minas más importantes (Pulacayo, Guadalupe, Real Socavón de Potosí, etc.). A través de este nuevo grupo se traen de Europa equipos de ingenieros, mecánicos y administradores que logran una notable mejoría en la explotación y producción de plata (por ejemplo con el desarrollo de nuevos métodos de amalgamación, la construcción de un sistema sobre rieles en los socavones y el aumento de la potencia de los ingenios mejorando las obras de captación de agua). Así pues, se van preparando las condiciones para el posterior ingreso de capital extranjero a la economía boliviana; esto es claramente visible a través de los estudios pormenorizados que se hacen de las zonas mineras, como una forma de publicidad o propaganda que se presenta después a los inversionistas extranjeros con el fin de atraer sus capitales.
Al mismo tiempo, este período se caracteriza por la integración de las empresas de extracción y refinado. Esto trae consigo la construcción de caminos carreteros para unirlos centros de beneficio y las minas, el mejor aprovechamiento del recurso humano, la centralización de la administración y la concentración demográfico alrededor de estos centros que hizo posible el empleo de mano de obra adicional (mujeres y niños); este último punto ameritó también el resurgimiento de los pueblos mineros, lo que originó un nuevo proceso de urbanización alrededor de los centros de extracción y refinación de plata y una cierta reactivación de las economías regionales.
Sumado a todos los factores anteriormente mencionados, aparece la baja en el precio del azogue (debido al descubrimiento de yacimientos de mercurio en California, que aumentaron la disponibilidad de este mineral en el mercado internacional) y ya para la emergente burguesía minera sólo había que resolver dos problemas, que databan desde la Independencia misma, para vencer la capacidad limitada de sus centros de beneficio y de su comercio internacional. Estos dos problemas, mencionados superficialmente con anterioridad eran el monopolio fiscal que confería al estado la exclusividad en la compra de las pastas de la plata, y la acuñación de moneda feble (cuya emisión masiva había comenzado en 1841) que, además de representar para el minero un impuesto indirecto que fluctuaba entre el 15 y el 25 % del valor de la producción[6],  significa el mantenimiento de una política económica semejante a la colonial y que aislaba a Bolivia del mercado internacional. 

Fase de Auge. 1872 - 1895


A pesar que ya en los periodos comprendidos entre 1841-1847 y 1864-1871 había habido una cierta inversión extranjera en el sector minero boliviano, es en esta fase cuando comienza el primer ciclo importante de inversiones extranjeras.
El capital extranjero, proveniente de fuera del país, al ingresar en el sector minero siguió la ruta de la oligarquía boliviana, es decir, se concentró primero en un reducido número de minas notables por sus riquezas (Pulacayo, Real Socavón de la Virgen de Oruro, etc.), generando así una división interna dentro de la oligarquía boliviana (reflejada en el enfrentamiento de los intereses nacionales contra los intereses de la oligarquía). Ante esto, la oligarquía toma el control directo del gobierno, convirtiendo así sus intereses en intereses de la nación. De esta forma, el capital extranjero aumentó su dominio, quedando los sectores más importantes de la economía nacional en manos de particulares.

Otro factor que define esta fase, además del auge de la producción y exportación, fue el fenómeno, cada vez mayor y más preocupante para los países productores de plata, de la caída del precio de la plata. Esto ya se había ido gestando, pero es precisamente en esta etapa cuando más se agudiza y lleva a que la sobre vivencia de las empresas dependa de su capacidad de reducción de los costos de producción.
Con esta necesidad latente de mejoramiento de la capacidad productiva y de la reducción de los costos de ésta, se tomaron varias medidas: la construcción de una serie de redes ferroviarias que comunicaran los centros de producción con los de refinamiento y con las puertas de salida  y entrada del comercio  internacional, y la modernización de la industria metalúrgica.
El ferrocarril hizo posible, por primera vez, la comercialización de toda la explotación de Pulacayo, logrando reducir el volumen anual de minerales acumulados en la cancha-mina de la empresa hasta cero. De igual forma, hizo que fueran lucrativas las exportaciones de desmontes cuyo beneficio no era antes considerado rentable. Pero el ferrocarril, antes de cualquier otro cambio en la esfera de la producción, fue el responsable del álgido crecimiento que se observa en la plata después de 1889. De igual forma, hizo que en medio de la crisis del precio internacional de la plata, la rentabilidad de la actividad minera se mantuviera. Sin embargo, y como lo anota Mitre, «el ferrocarril benefició a pocas empresas, notablemente a Huanchaca, al tiempo que acentuó el grado de dependencia de las empresas alejadas de la vía ferroviaria, las cuales quedaron al arbitrio de las casas comerciales rescatadoras de mineral »[7]. Este proceso contribuyó claramente a que los intereses extranjeros se expansionaran al iniciarse la era del estaño.
En cuanto a la modernización de la industria metalúrgica de Bolivia, la cual fue iniciada por la burguesía minera y luego continuada por el capital extranjero, fue efectiva mientras los precios de la plata permanecieron estables. No obstante, con la agudización de la crisis mundial alrededor de 1885, la revolución de las técnicas metalúrgicas sufrió una notoria detención, haciendo que Bolivia sufriera una desintegración de su industria de refinado, mientras que los métodos de extracción de minerales fueron objeto de notables innovaciones.

CONCLUSIONES


Después de este sucinto recorrido por la economía de la plata en Bolivia, son varios los puntos que pueden mencionarse, como una forma de resumir y extractar un poco lo anteriormente planteado:

  • El desarrollo en la explotación, producción y exportación de la plata muestra que la modernización de la estructura productiva afectó sólo a un pequeño círculo de empresas vinculadas estrechamente a capitales extranjeros. Al mismo tiempo, este desarrollo y modernización fortalecieron el circuito mina – puerto de exportación, provocando así la debacle del antiguo sistema regional  y de los grupos sociales vinculados a él (principalmente artesanos y dueños de obrajes).
  • La especialización en el sector minero ocasionó la decadencia de la industria metalúrgica, quebrando la antigua unidad del complejo mina – establecimiento de beneficio. Como resultado de este proceso, la economía boliviana fue cada vez más dependiente de las exportaciones de minerales para poder, de esta manera, lograr importar la gran mayoría de los productos de la industria.
  • El crecimiento de la economía boliviana desde la segunda mitad del siglo XIX, asociado como estaba a la actividad minera, no significó en ningún momento una articulación entre las economías no exportadoras y las exportadoras.
  • Siguiendo el modelo propuesto por Bulmer Thomas sobre la expansión de las exportaciones[8], se puede definir el modelo seguido por Bolivia como destructivo, ya que la expansión de las nuevas exportaciones se logró atrayendo recursos de actividades existentes en el resto de la economía (por ejemplo, las ganancias conseguidas en el comercio de bienes importados). El modelo destructivo implicó una desviación de recursos hacia factores de rendimientos más altos, aunque la mayor parte de la economía no exportadora no se vio afectada.


[1] Heraclio Bonilla. Perú y Bolivia. En: “Historia de América Latina. Siglo XIX”. Compilado por Leslie Bethell. ....
[2] Un texto que permite acercarse a esta problemática es el de John Lynch, Las Revoluciones Hispanoamericanas...
[3] Mitre, Los patriarcas de la plata. 1981:79
[4] Ibídem : 88-91
[5] Bonilla. Perú y Bolivia: 223. Ver también la fuentes utilizadas por él: J.B. Pentland, Informe sobre Bolivia, 1827, Potosí, 1975, William L. Lofstrom, “The promise and problem of reform. Attempted social and economic change in the first years of Bolivian independence”, tesis sin publicar, Universidad de Cornell, 1972
[6] Mitre, 1981
[7] Ibídem., p. 178
[8] Bulmer Thomas, V. La historia económica de América Latina desde la Independencia. FCE.

lunes, 20 de febrero de 2012

RESEÑA: Medardo Rivas, Los trabajadores de tierra caliente.


Medardo Rivas, Los trabajadores de tierra caliente. Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, 1946. 364 páginas

El libro del que se ocupa la presente reseña se puede definir como un intento de recoger y describir algunas de las características más importantes –desde el punto de vista de su autor- de la tierra caliente y de la gente que la comenzó a colonizar durante el siglo XIX. Al mismo tiempo, aprovecha el espacio para legitimar las doctrinas liberales imperantes y las guerras civiles acaecidas durante el tercer cuarto de siglo XIX, contar algunas anécdotas que él considera relevantes, y hacer un recorrido por toda una serie de nombres y lugares que brindan una idea bastante detallada (aunque sesgada, debido al punto de vista del narrador) de la situación y el periodo que abarca el libro (en especial 1840’s a 1890’s).
El libro, a pesar de contar con quince capítulos, puede ser dividido en dos grandes partes: la primera (capítulos I al XI) que se detiene a describir las características físicas de la tierra caliente y de sus gentes, al mismo tiempo que trata de hacer un análisis de la industria en esa región a partir de casos ajenos al suyo propio. La segunda parte (capítulos XII al XV) está escrita de una manera que permite descubrir con mayor claridad la intencionalidad del autor: a lo largo de las líneas Rivas trata de explicar el porqué de su comportamiento, de las doctrinas que sigue, de los personajes que admira y del desarrollo de la industria del tabaco, el añil y el café, a partir de su vivencia propia.
Todo el libro está atravesado por una constante comparación con algunos cánones europeos (que van desde los principios morales que expone de La Rochefoucauld, en el capítulo V hasta la reinterpretación de la figura histórica de Gonzalo Jiménez de Quesada, en el capítulo XIII) que tiene como objetivos -desde mi punto de vista-, primero, el de exaltar los valores del Viejo  Continente y, segundo, aprovechando esto, equipararlos con  ciertas actitudes de determinados personajes (compañeros suyos de partido, compañeros de trabajo, familiares, etc) para así lograr legitimarlos y hacerlos admirables desde el ejemplo europeo.
Entre los puntos que también se reiteran con cierta frecuencia a lo largo del libro –y que aquí menciono sólo sucintamente- se encuentran: un profundo aprecio y respeto a la belleza de la naturaleza y su significado; la admiración a Santander, Manuel Murillo Toro y Tomás Cipriano de Mosquera –entre otros- por su carácter de hitos políticos de la historia colombiana; la creencia absoluta en las bondades del progreso, la ciencia y la tecnología, ligadas éstas a su vez no sólo con la ideología positivista de la época sino también con  conceptos como orden, libertad, moral, evolución y superioridad; la importancia de los nombres, tanto de personas como de parajes, mediante los cuales construye todo un mapa geográfico – genealógico muy útil para aquéllos interesados en el tema de la propiedad de tierras y su relación con las familias que empezaron con las colonizaciones de tierras baldías o selváticas en la región circundante a la sabana de Bogotá.
El estilo de Rivas suelo caer en la apología que limpia toda culpa o falta de quien es objeto el reconocimiento. Por ejemplo: para el caso de Jiménez de Quesada, el autor omite una serie de eventos y apocopa algunos otros con el fin de hacer resaltar, en la mayor medida posible, a su elegido. Aunque para este caso específico, y esto lo considero de suma importancia, no creo que esto tenga como único fin llamar la atención sobre un hombre que alguna vez estuvo en el mismo lugar donde el autor poseyó una hacienda, sino que implica una cuestión mucho más compleja y profunda: la sempiterna orfandad del pueblo colombiano. Es bastante notorio que este intento por enaltecer la memoria de aquel conquistador busca definirlo como Padre Fundador (ya no de todo el territorio sino sólo de la ciudad de Bogotá); imagen, que una vez limpia de todo hecho que pueda oscurecerla, es perfecta para ser puesta como símbolo de un pueblo noble y trabajador digno de un antepasado grande y heroico.

En general, considero que es un libro que se ajusta muy bien a la época en que fue escrito (finales del siglo XIX), y que muestra el pensamiento de un liberal creyente del mito de la imitación de lo europeo como forma de civilizarse y progresar; trabajador, culto y que no pierde el tiempo a la hora de tratar, desde diversas voces, de convencer al lector que él (y sus allegados y simpatizantes) son personas de bien en quien se debe confiar; eso con el claro objetivo de denigrar por antagonismo a sus rivales, los conservadores.

RESEÑA: Arturo C. Laguado D, “La formación del Estado y la nación colombiana”.


RESEÑA: Arturo C. Laguado D, “La formación del Estado y la nación colombiana”. En: Memoria y Sociedad. Revista del Departamento de Historia y Geografía.  Volumen 6, Número 11. Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Abril de 2002.  pp. 101-116

El artículo que aquí se reseña tiene como objetivo estudiar la formación del Estado y la nación colombiana –con todo lo que esto amerita- durante el periodo de la Regeneración (1886-1910). Escoge el autor este periodo de la historia colombiana ya que en él encuentra tres rasgos que definen su importancia histórica: (1) La relevancia que adquiere en ese lapso de tiempo la herencia colonial, es decir, la preeminencia de rasgos y características españolas, y su significado como tronco común y origen de una cultura de clase dominante; (2) las peculiaridades políticas, sociales y económicas que se encuentran en ese momento de la historia colombiana; y (3) la fuerte influencia que este periodo realizó sobre el Estado colombiano a lo largo del siglo XX.
Laguado, partiendo de un concepto weberiano de nación, Estado y nacionalidad, llega a la cuestión de la memoria colectiva la cual ‘permite la construcción de la creencia en un destino político común’. De esta manera confluye lo político y lo cultural en los Estados nacionales. Entre los aspectos culturales que este autor franco-argentino  encuentra se hallan lo nacionalitario (definido como los rasgos que preceden a la nación: lengua, religión, etc.), el referente espacial y político (que sirve como antagonista de lo extranjero) y la identidad nacional. Así, siguiendo este orden de ideas, desemboca en lo que él denomina la cultura pública común, elemento que articula los tres factores antes menciona­dos y que se relaciona con nociones formadas en torno a la comunidad política.
Una vez culmina esta introducción teórica al tema, Laguado se introduce en el ‘caso colombiano’; al interior de éste, hace hincapié en la importancia de la herencia colonial, de la construcción de mitos laicos, símbolos nacionales, etc.,  y de los intentos de construir instituciones adecuadas que recogieran los elementos nacionales preexistentes. Todo esto con el fin de resaltar que la existencia del Estado nacional se fundaba, de hecho, en ‘el reconocimiento externo de su soberanía política’.
No fue sino hasta la caída de la Constitución de Río Negro y el ascenso de los conservadores, que se logró una centralización en el poder que se expresó en tres instituciones: (1) la formación de un ejército profesional permanente, (2) un aparato burocrático encabezado por el gobierno y (3) el desa­rro­llo de un sistema institucional encargado de administrar la justicia. Con esto, se llevó a cabo lo que el autor denomina como una modernización conservadora.
El periodo de la Regeneración, entonces, se caracterizó por lograr una unión en torno a la religión católica y por la construcción de un Estado fuerte que era, según diversas opiniones, requisito para el progreso del país.
Laguado concluye su artículo, mencionando lo que podría verse como una serie de características que definieron aquel periodo y que en sí significaron mucho para décadas posteriores, durante el siglo XX. Éstas fueron la consolidación de una identidad partidista, que hizo que se mantuviera el enfrentamiento bipartidista colombiano; el consenso elitista, en tanto arreglo tácito entre las élites con el fin de lograr un mejoramiento de sus condiciones políticas, sociales y económicas. Y la construc­ción de una identidad caracterizada por una fuerte sensación de diferencia con el resto del continente. De esta manera, el autor logra aportar nuevos puntos de reflexión sobre la cuestión referente a la for­ma­ción del Estado y la nación colombiana.

Este es un texto que a pesar de lo corto, cuenta con una argumentación clara y suficiente y que permite discernir nuevas dimensión a la hora de pensar en este tema. Es un buen punto de arranque para nuevas investigaciones y una lectura obligada para todos aquellos que se interesan por el periodo de la Regeneración.